A veces siento como poco a poco voy desapareciendo de este mundo.
Al principio, cada vez me recordabas menos. Hasta que llegó el momento en el que me olvidaste.
Luego dejé de dormir por pensar constantemente en por qué lo habías hecho. ¿Por qué no fui lo suficientemente importante para recordarme? Para saludarme, para saber cómo estoy, para simplemente decirme: Hola. Pero ya no ocurrió. Simplemente me esfumé de tu mente.
Después dejé de comer. Entre la falta de sueño y las exigencias, simplemente dejé de hacerlo. Ni siquiera quería y eso era lo más triste.Podían pasar días y ni siquiera me daba cuenta. Todavía pensaba en cómo puedo dejar de existir tan fácilmente.
De lo que no me estaba dando cuenta era de que realmente me estaba yendo, la ropa cada vez estaba más holgada, los pantalones se me caían, mi piel se había vuelto cada vez más frágil. Mis manos se cansaron de escribir. De escribirte. De buscarte.Mi cara ya no era la misma. Mi esencia se había borrado. Quizás nunca me hubieses reconocido.¿Qué importaba si ya me habías olvidado? Mis ojos estaban rojos, tan rojos como si sangraran, parecían los de una persona que no ha puesto su cabeza en la almohada en años, mis párpados se cansaron, se cansaron de permanecer abiertos para ver la realidad en la que estaba, llegó un punto en el que ya no podían abrirse y ahí, en ese momento, creí haber encontrado la paz. Creí haberme ido.
Pero la alarme que te obliga a seguir, suena cada mañana. Hasta que, quizá, con suerte, algún día espero no pueda escucharla.