Observó desde una esquina el movimiento que había en el Gran Comedor, la gente iba y venía con cuerpos sin vida, heridos, mortífagos que tenían listos para ser llevados a Azkabán. Estaba cansada, sin duda, esos habían sido sus peores meses, había pasado por tanto que aún no podía hacerse a la idea de que por fin había terminado. Veía en la mayoría esa sensación, otros continuaban con el delirio de persecución o la paranoia.
Cerró los ojos unos segundos, después alzó la vista hacia el techo, éste ya no tenía el característico cielo estrellado, estaba nublado y se podían notar unas gotas de lluvia. El castillo está triste, pensó. Abrazó sus piernas, no se imaginaba regresar a casa, sus padres no la recordarían y ella no sabría cómo explicarles todo sin que se alteraran. Había considerado incluso no volver a verlos, pero era la mayor estupidez que había pasado por su mente en años. Ese miedo no se comparaba para nada al que había experimentado el día anterior, no le llegaba ni a una cuarta parte.
Se levantó rápidamente, sintiendo un ligero mareo, caminó entre las personas con la mirada agachada. La sangre y los cuerpos pálidos comenzaban a hacerla sentir peor, tantas vidas que terminaron, quizá los demás los veía como héroes, pero ella no, para Hermione eran estrellas que se apagaban. Caminó sin rumbo hasta que escuchó la voz de la profesora McGonagall.
Le preguntó que si podía ayudar en otra cosa, se sentía hasta de cierto modo inútil, no había durado ni diez minutos sentada después de ayudar al profesor Slughorn a preparar pociones para sanar. La profesora le pidió que anotara en un pergamino los nombres de los fallecidos y que buscara más en el castillo. No le gustó para nada, pero se quedó callada, asintió con la cabeza e hizo lo que se le pidió.
Salió del Gran Comedor una vez que anotó los nombres de los que se encontraban ahí, los pasillos estaban tan solos que la hicieron sentir un escalofrío, había escombros y polvo por todos lados, no era nada agradable a la vista. Vio a alguien de espaldas en una esquina, dudosa se acercó, respiró profundo para armarse de valor para hablar.
—Disculpa—murmuró, no sabía siquiera cómo preguntar algo tan difícil como eso—, ¿puedes ayudarme? Estoy anotando el nombre de los fallecidos—su voz se fue apagando, tragó saliva. Le mostró la lista—. Te agradecería si me dices si hace falta alguien.