Domingo. Anochece en Monserrat y las puertas de los edificios que rodean la plaza del Congreso se abren para dar paso a una caravana de andaluces que van copando las veredas al compás de sus gritos. Son gitanos. “De la raza Calé”, aclaran, para que no los confundan con los otros, los húngaros “que están en el negocio de los autos”. Pero más allá de esa aclaración, es poco lo que de ellos puede saberse por sus propias bocas. “Hace más de treinta años que llegaron al barrio” asegura José, un diarero que desde que tiene memoria maneja uno de los puestos que rodean la plaza, “Y nunca hablé con ninguno de ellos. Los veo, si, pero no me hablan. Viven como en un mundo aparte”.
El mundo al que hace referencia José existe: está habitado por unas cuarenta familias que viven según sus propias costumbres, que hablan su propio dialecto, y que, aunque la apariencia sea la de una convivencia armoniosa, trazan una barrera de indiferencia entre ellos y el mundo -argentino, occidental y globalizado- que los rodea.
De cuando el tiempo se detuvo en unas palmas y un zapateo
Francisco es dueño de un kiosco que tiene cabinas de teléfono y máquinas con acceso a Internet. Todas las tardes su negocio se convierte en el lugar de reunión de la fracción masculina de la comunidad. Él y su esposa, Claudia, son payos (no gitanos) pero son casi los únicos vecinos del barrio que tienen relación personal con los calé. Conocen cada una de sus casas y son invitados a sus fiestas. Francisco coincide en que son una excepción a la regla: “No se relacionan con nadie, nosotros hace años que trabajamos con ellos. Por las noches, por ejemplo, vendemos comida y la condimentamos a su gusto (tortillas, empanadas) pero así y todo, cuando yo visito alguno de sus departamentos, si está la mujer de la casa no me mira, agacha la cabeza. Sólo las ancianas me saludan. Es una cultura totalmente diferente”
Francisco cuenta las anécdotas como si fuesen secretos, habla en voz baja y vigila la puerta atento a que no entre alguno y lo descubra en falta. “Son muy herméticos” explica “y acatan sus propias reglas. No se rigen por nuestro sistema de justicia, tienen leyes propias y si se sienten agraviados por un payo, no van a dudar en ajusticiarlo a su manera”.
Su manera de hacer justicia es con cuchillo. “No usan armas de fuego” aclara Francisco, “pero cuando surge algún problema enseguida los vas a ver cargar con las sevillanas”. El hombre no habla metafóricamente: estos gitanos parecen vivir el tiempo de los malevos borgeanos donde justicia es sinónimo de pagar con sangre y en el que el temor por una entidad mayor que tome represalias no existe porque no hay reconocimiento hacia el Estado.
Estos gitanos no votan, no van a la Escuela, no participan de organizaciones de ningún tipo y no se sienten argentinos. La mayoría de ellos nació en Buenos Aires, pero conservan el acento como si recién hubiesen llegado de España. A levantar le dicen “coger” y le llaman “perrito” al pancho. No saben de fútbol ni de política. “Una vez sola uno de ellos me preguntó sobre política: me pidió que le explicara sobre los partidos del país. Yo le conté que estaba el peronismo por un lado y el radicalismo por el otro. Que esos eran los dos históricos. La verdad es que quedé sorprendido por su interés porque no son de hablar de esos temas”
¿De qué habla una comunidad desconectada del devenir social mundial, que no se relaciona más que entre sus familias y que cumple con un autoaislamiento voluntario?
“¿Cómo explicarte?” dice Francisco, “Uno de ellos se hace un arito, por ejemplo, y bueno, pasan el día hablando uno con otro del arito. ¡Y luego van y se lo hacen todos! Sus conversaciones giran en torno a ese tipo de cosas, a anécdotas cotidianas”
Tal vez sea esta práctica mimética la que los vuelve identificables a la vista de los vecinos. Porque no es sólo el acento andaluz lo que destaca al gitano. Es también su manera elegante de vestir, sus camisas oscuras, sus zapatos siempre lustrados, sus mujeres siempre ausentes. Y es también la indiferencia hacia el observador, claro. Esto último divide las aguas entre los vecinos: hay quienes decodifican esa actitud como un “no molestan” y hay quienes ven en esa indiferencia un desprecio y una falta de educación. “Si uno de ellos llega al kiosco no les importa que yo esté atendiendo a otra persona” explica Francisco. “Piden en el momento y pretenden que los atiendas a ellos. No tienen conciencia de que pueden agraviar al que estaba primero. Igual pasa con los gritos y el zapateo. A veces tengo que andar retándolos, sobre todo a los chicos, porque se ponen a palmear y zapatear como si el kiosco fuera un tablado y no se dan cuenta de que pueden estar molestando a mis otros clientes. Los reto y al rato están palmeando de nuevo. Es su naturaleza”.
Las mujeres son las grandes bailadoras en la comunidad. Pero no son muchas las ocasiones en que se les permite lucir su talento (y muchos menos los ojos que alcanzan a apreciarlo).
“En las fiestas pueden bailar”, cuenta Francisco. “Y cuando salen todas, se nota claramente si hay alguna entre ellas que sea de origen payo porque nunca alcanza el grado de sensualidad de las `puras´ digamos, por más que haya vivido toda su vida entre gitanos”.
La raza calé no es de las que pagan dotes por la novia, pero sí existen acuerdos entre las familias, que casan a sus hijos antes de que cumplan los quince años. “Hay como una creencia entre ellos de que esa es la edad en que la mujer comienza a `querer experimentar´ con su sexualidad” cuenta Claudia, que desde hace años es confidente de las gitanas del barrio. “La mujer debe llegar virgen al matrimonio, entonces antes de que sienta necesidad de experimentar la casan con un gitano, previo acuerdo entre los padres”.
Claudia y Francisco han visto nacer muchos romances gitanos: por la edad en que se casan, muchos de los chicos comienzan “a gustarse” entre los pasillos del ciber, mientras juegan en la computadora (como no saben leer, Claudia tiene preparada una lista con los códigos de acceso a cada juego y ellos los visualizan y se los aprenden de memoria).”El sistema es así”, explica Francisco, “si un chico y una nena se gustan, las primeras que se enteran son las madres. Luego de saberlo, la familia del que va a ser el novio hace un pedido formal por la chica. Durante ese tiempo a la chica no se le permite andar sola”. Una vez establecido el compromiso ya no se puede romper. No es frecuente que la familia de la chica no la quiera entregar porque los riesgos son grandes: “Por más que a la madre no le guste ese chico para su hija, se la tiene que entregar igual. Porque si no, suele pasar que el novio la rapta. Y una vez que estuvo a solas con él, se considera que su honra está perdida, y ya no se la puede casar nunca más con ningún otro gitano”.
Claudia cuenta también que si bien a los hombres les está permitido casarse con “payas”, para las mujeres eso es imposible. “Esa es la razón por la que no los mandan al colegio, para que no se fijen en chicos que no son gitanos”. El respeto por los muertos que demuestra la comunidad calé también juega una mala pasada con sus mujeres: si su marido muere, así la mujer tenga 30 años, está obligada a guardar luto de por vida y se le veda el derecho a salir sola. “Para los hombres es diferente”, reconoce Miguel: “ellos pueden salir solos y hasta ser infieles es un hecho que se les perdona con más facilidad. A las mujeres no. Y sufren, se les nota en las caras… aunque las agachen”.