Dejadme que presuma de padre, ahora que se cumplen algo más de dos años de su partida. Mi padre, militar, entregado a la patria, que se jugaba la vida en cada salto paracaidista o en cada jornada de maniobras; o en algún conflicto al que tuvo que asistir durante su vida en activo. Mi padre, entregado al trabajo, a su vocación, al cuidado de los demás; acostumbrado a una disciplina y a un sentido del deber poco comunes; con un amor al prójimo y una gran sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, hacia las injusticias sociales y la miseria; con una gran curiosidad y ganas por seguir aprendiendo toda la vida, hasta el final de sus días: era un filósofo, en gran medida lo era, aunque no de boquilla, sino de verdad. Para algunas personas simples, por el hecho de ser militar, sería un “facha”. Pero mi padre, a pesar de tener que mirar debajo del coche durante los tiempos más oscuros de la ETA, a pesar de haber perdido amigos en atentados o de haber tenido que cambiar sus rutinas por seguridad; a pesar de amar a su país y de dar todo por España (como, por otro lado, hace cualquier persona entregada de cualquier profesión u oficio), a pesar de todo eso, jamás me transmitió una pizca de odio hacia catalanes o vascos; jamás me educó en un patriotismo irracional o en un odio visceral hacia nadie, jamás le vi hacer ostentación de su amor a la patria, ni exagerar lo más mínimo. “Obras son amores, que no buenas razones”: en cuestiones de amores, conviene dar pruebas al objeto amado del afecto que se siente. El amor a la patria se demuestra trabajando por ella, no odiando. Quería recordarlo por aquí.
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