1. Tu padre habla de su juventud con rebeldía; derrama su vida en la mesa como si fuese una bebida: por todas partes. Tu madre no habla. Toda historia de su vida pre marital viene de la boca de tu padre. Habla de cómo la domó, la salvó de una vida de imprudente abandono, de cómo cortó sus alas para evitar que volara demasiado cerca del sol, pero Ícaro se hubiese ahogado y quemado pronto, y el silencio en la boca de tu madre es agua salada y oscura. Ella no habla para defenderse. Incluso ahora, años después de su divorcio la voz de tu padre puede llenar una habitación y tu madre haría espacio para él. Cuando tu madre te enseña a no ser consumida ya está sentada en el estómago de la bestia que alguna vez supo amar. Te preguntas si creció para amar la oscuridad como alguna vez amó al hombre.
2. El día que aprendes la importancia de las salidas de emergencia es el día que el latido de tu corazón deja de sonarte familiar. Es una lengua que tartamudea, un corazón tembloroso. Tu corazón late como cerrando puertas, late como los pasos de tu padre desapareciendo, late como cada súplica que aprenderás a tragar; no te vayas, no te vayas, no te vayas, no. Tu padre te enseña cómo ser la primera en irse, dejarlos antes de que se den cuenta de que no vale la pena quedarse por ti.
3. Cuando tu madre te dice que no tengas miedo de enamorarte, no te pierdes la forma en que sus manos tiemblan, te preguntas si extrañan el peso aprisionador del anillo que solía descansar ese dedo, te preguntas si tú también te enamorarás de un hombre con candado. Comienzas a tener cuidado con los chicos cuyas manos parecen jaulas; tienen la boca como el océano y tu madre aún está quitando agua de sus huesos.
4. Dominas el arte de escabullirte comenzando con algo pequeño. Manejas tu reloj biológico para despertar siempre primero, dibujas la ruta de escape como pasatiempo, fuerzas los latidos de tu corazón; solo vete, solo vete, solo… Practica en aquellos que amas más, de ese modo nada puede herirte. No se puede destruir algo que ya está roto y tú no recuerdas la última vez que tu corazón sonó como un corazón.
5. Él te dice que comes como un pájaro. Tú le dices que su madre le enseño bien. Él ríe y busca tu mano, tú sonríes y comienzas a resbalarte en la jaula entre sus dedos.
6. Cuando los chicos comienzan a buscar por corazones como cuartos de hospital, les adviertes que el tuyo es una botella rota. No les importa, o no te escuchan. Se cortan a sí mismos en lenguas afiladas e intentan pintar con la sangre en sus dedos, lo hacen sonar tan hermoso que casi crees en lo que dicen. Casi. Pronto sabes que van a despertar con cicatrices y van a culparte por ello, entonces dejas una venda en la oscuridad y no miras atrás. Déjalos antes de que se den cuenta que no vale la pena acabar con heridos por ti.
7. Ves todas las manos abiertas como si intentaran ahogarte, así que te sumerges más profundo en el agua e ignoras el ardor en tu pecho. Pasas tus dedos sobre cada nombre que ha dejado tu boca por última vez y te dices a ti misma que has hecho lo correcto.