Nadie vive en cuerpo ajeno
Velandia Mora, Manuel Antonio PhD
Las personas Trans no estamos en ningún cuerpo ajeno, vivimos y habitamos nuestros propios cuerpos. Laura Weinstein
Uno de los principales cambios que las personas trans han luchado y esperado por algo más de una década, ha sido la supresión del denominado “trastorno de identidad de género” de la lista de enfermedades mentales de la OMS en la que sería la nueva Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE).
En lo referente a la nueva clasificación de las identidades trans* como una “incongruencia de género” dentro del capítulo relativo a las “condiciones relativas a la salud sexual”, no podemos darnos por satisfechos, porque deja entrever la idea básica binarista de la sexualidad que ubica a las personas ante la disyuntiva de ser un “el” o una “ella”.
Las sexualidades y sus componentes son fluidos, dinámicos, en continua construcción; de ahí que yo utilice el verbo Ser en un presente continuo y me refiera al “estar siendo” como una forma de reafirmar en la palabra ese ejercicio de continua construcción.
Creo que seguir con la idea del “cuerpo equivocado”, el “cuerpo ajeno” o el “género equivocado” reafirman un “deber ser” en el que la “no equivocación” es seguir con la antagonista posibilidad de ser macho o hembra, mujer u hombre, masculino o femenino, olvidando las múltiples opciones que posibilita el amplio espectro de las diversidades.
Cada sociedad responde a sus propios modelos religiosos, de salud y jurídicos. Tres perspectivas que a lo largo de la historia se basan en el deber ser socializado, y en nuestra cultura con un marcado corte judeocristiano, de tal imaginario surgen pues la ideas de enfermo, antisocial y pecador. El problema es que los tres parámetros se interrelacionan, se interafectan y son interdependientes y tod* aqu*l que transgrede el patrón bio-psico-socio-cultural que emerge de tales relaciones entonces se comprende como patológico y debe ser sanado, rehabilitado y absuelto; llevado al redil de la “normalidad”.
La sociedad no está preparada para comprender que el dinamismo social, cultural, político, legislativo y de atención en salud se basa en la aceptación de lo diferente; que son precisamente las bifurcaciones del camino “correcto” las que crean seres plenos, felices e íntegros, porque nadie responde al deber ser, sino que tod*s de alguna manera somos trasgresores a partir de la aceptación que hagamos de nuestro querer ser y nos acerquemos a él en nuestra experiencia cotidiana de estar siendo.
La normalidad, en última instancia no sería el cumplimiento de la norma sino sería entonces el cumplir consigo mismo. Pero los equipos de salud, que se rigen en un modelo lineal de salud nunca podrán aceptar ese otro concepto de normalidad, que corroe el sistema, no dañándolo sino haciéndolo más coherente con las necesidades de tod*s l*s ciudadan*s.
Por otra parte, cabe aquí la discusión del cuerpo como el recipiente del ser (cuerpo y alma, dos esencias distintas, por ejemplo) versus el cuerpo como lo que somos, o más correctamente lo que decidimos construir para estar siendo autentic*s. Desde la dicotomía cuerpo-espíritu pareciera que el ejercicio del tránsitos obra en el cuerpo; desde la otra perspectiva se obra en la unidad que somos nosotr*s mism*s, como cuerpo que es más pleno y autentico en cuanto se vivencia como ejercicio de autodeterminación, libertad y conciencia de sí.
Señalar, separar, enfermar, patologizar, señalar, cuestionar son formas del sistema de autoperpetuarse en el poder y sus agentes de salud, religiosos y legales no pueden ni deben permitirse la posibilidad de asumir la diversidad en la existencia, porque estarían corroyendo sus propias bases; de ahí que la respuesta sea la normalización, incluso la normalización y adecuación social del sujet* patologizado y normalizado porque se ha ajustado a uno de los patrones, ya sea macho o hembra. Para la sociedad y su cultura la fluidez de los cuerpos y las sexualidades se considera una violencia porque le obliga a mirarse en el espejo y a descubrir su propia máscara.