Dejar ir, lección de un perro.
Nunca he sido de esas personas que creen que las cosas pasan por algo; me resisto a pensar que Dios o que el destino tienen que ver con las cosas que me pasan. Siempre me pongo por delante de todo lo que me sucede y me asumo como el primer y último responsable de mi suerte. Sin embargo, hasta el más fiero racionalista debe aceptar que hay cosas fuera de su alcance y su control, que ciertas cosas son casualidades, que, si bien no podemos aceptar del todo que las cosas pasan por algo, sí parecieran existir ciertos eventos de la suerte que ponen a prueba lo que somos.
¿Qué mensaje oculto quiere darte la vida cuando un día cualquiera sales en tu bicicleta a comprar pollo para la hora de la comida y te topas a un perro en la esquina de tu casa, jugueteando con unos adolescentes que vienen saliendo de la secundaria, que no le hacen mucho caso, y ves la expresión del perro entre decepcionada y añorante, como inseguro del camino que tiene delante? Eso me pasó el otro día. No supe bien qué hacer, pero mi primer impulso fue animarlo a entrar a la privada. Después de que quedó del otro lado de la reja, el perro al que nunca pude ponerle un nombre fue a refugiarse a un rincón formado entre las raíces de un árbol y la pared de una casa. Desde ahí me veía con dos ojos enormes que no se animaban a estar seguros de que podían confiar en mí. Después de algunos acercamientos, el perro ya tenía una correa amarrada a su collar verde de cuero desgastado sin placa de identificación. Desde ese momento supe que estaba en un lío.
Nunca pude escrutarle su cara tierna, peluda, afable, blanquísima si no fuera por los días en la calle, para ponerle un nombre. No sé si no quise o no pude, pero creo que mi inhabilidad para encontrarle un nombre que fuera un reflejo de su personalidad, era una señal clara que el perro nunca fue mío ni era para mí. Temeroso, demasiado tímido para su tamaño grande, en cuanto entró a mi casa se fue a refugiar a un rincón frío y húmedo de la jardinera. Mis dos perros lo medían con algo de curiosidad y un poco de molestia ante la intrusión a su cotidianidad y la disrupción de su comodidad. No hubo pleitos porque el visitante no se oponía ni se imponía. Creo que en el fondo él sabía que sólo estaba de paso, en una parada para descansar y ser alimentado.
Nunca me había pasado que un perro fuera tan reacio a ser querido y a ser ayudado. Nunca pudimos establecer un vínculo real. En los dos días que pasó en mi casa, me acompañó a trabajar echándose a los pies de mi escritorio una tarde que aprovechó para dormir. No pedía mucho cariño, era como si desconfiara del afecto, como si fuera a estorbarle en algún momento cuando fuera hora de emprender el camino de nuevo. Durante el día parecía feliz, curioso y relajado; hasta podría decir que bajaba un poco la guardia. Sus angustias llegaban de noche cuando lloraba y aullaba con especial sentimiento, como si tuviera alguien perdido, como si estuviera llamando a alguien que sólo podría escucharlo en el silencio de la noche. Detestaba las puertas cerradas; prefería la lluvia a sentirse encerrado.
Su murmullo llenaba la noche entera, era un sollozo de singular tristeza, como cuando se busca desesperadamente una salida. En la segunda noche bajé las escaleras entre la oscuridad y abajo estaba él, esperándome. Prendí la luz, vi sus ojos y supe lo que me estaba pidiendo: por favor déjame salir. Caminamos juntos a la puerta, no pude decirle nada, tenía una prisa fabulosa por irse. Abrí la puerta y al llegar a la última reja, me echó un último vistazo que nunca olvidaré y tomó rumbo. Parecía completamente seguro de que la única forma de no estar perdido es seguir andando, que buscar es una forma de la esperanza y del amor.
Pensar en aquel perro todavía me pone triste y me llena de dudas y remordimientos. El corazón se me apachurra y su ausencia se hace real cada vez que mi perro va a buscarlo a su rincón de la jardinera por si acaso ha vuelto. En el fondo de mi corazón estoy seguro de que abrir la puerta, uno de los actos más bajos que se le puede hacer a un perro, fue lo correcto. Repaso en mi memoria su mirada y lo que veo es un ser indefenso ante mi cariño y mis buenas intenciones. Tengo un vacío que me provoca la terquedad del cariño, la arrogancia del amor nos susurra que somos lo mejor siempre para alguien, que no hay estación mejor que nuestro corazón bienintencionado. Este perro me enseñó que el amor también es una estación de paso, un momento que dura para siempre aunque exista durante un minuto, que en serio hay que dejar ir, que hay mucho del amor y de los animales que no hemos entendido, que en nuestro más primitivo corazón todos los seres compartimos las primeras partículas del universo y que hemos acumulado el mismo polvo en nuestros corazones, que el amor es escuchar, cuidar, soltar y que no hay acto de amor más profundo que dejar que alguien encuentre su camino sin nosotros.




















