"Escribo por el placer de contradecir y por la felicidad de estar solo contra todos".
Milan Kundera

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"Escribo por el placer de contradecir y por la felicidad de estar solo contra todos".
Milan Kundera
Caerá el sol
Pasó la tormenta…
¿Qué hare?
Repararé el umbral de los puertazos que has dado. Con paciencia y una sonrisa en la cara pasaré horas de rodillas dejando la vida para que todo vuelva a ser como antes. ¿Será en vano?
¿Qué harás?
Entrarás a la habitación como una fiera enfurecida destruyendo todo lo que se interponga entre vos y el abismo que se abre en mi ventana. Correrás y caerás por el barranco de la nada, donde dormirás por la eternidad.
¿Qué soñaré?
Con tu vestido azul de flores blancas.
¿Qué soñarás?
Nada, vos no podrás. En el abismo está prohibido.
Y el cielo tomará un tono grisáceo carente de nubes y de sol…
Vanos intentos del no escritor
Cómo escribir sobre una época en la que no viví. Qué sé yo de todo lo que sucedió. Por qué mirar hacia atrás y no hacia el frente. Tendrá sentido contar una historia que no fue la mía para imitar las voces de personas que no conocí.
La forma más sencilla es ceñirse a los hechos comparando el peso de uno y otro para catalogarlos como causas o consecuencias. Clavar clavos en una pared blanca de donde colgar carteles y alejarse hasta ver el plano completo. Pero, seguramente la vista me fallará y el plano se desdibujará. Una vez más regresaré a la incomprensión.
Entonces contaré una sola historia de ese aquel entonces. Al azar o por interés elegiré a un personaje de ellos y relataré su vida. Hablaré con los hermanos, sus vecinos, amigos y enemigos por horas. Cada uno de ellos me regalará una anécdota o un gesto de este personaje que iré volcando sobre las hojas en blanco. Hasta conformar una historia pero esa historia no será la época. Esa historia será la de un testigo de esa época, una única visión y experiencia. No sabré de la gente que no haya compartido siquiera un segundo con él y la época seguirá siendo indescifrable para mí. Aunque haya ganado un amigo lo escrito no tendrá valor.
Así que cerraré la puerta a mi curiosidad. Regresaré a la oscuridad de la ignorancia para buscar luz, los débiles solo podemos ver la que brilla frente a nuestros ojos. Mientras mis ojos se aclimatan caerán lágrimas frías. Cuando la congoja me abandone escribiré y esta vez será sobre mí. Maldito egocentrismo y cobarde soledad.
Unos años después
Éramos chicos, las mujeres nos enloquecían las hormonas y se hacía difícil conseguir algo de ellas. Hasta que conocí una mujer realmente, las consideré culpables y egoistas. Yo deseaba con fervor dar un beso, rozar un culo o alcanzar la gloria envolviendo una goma con mi mano. Pero nada, era imposible. Ahora comprendo que la culpa fue compartida.
Algunos lo podían lograr pero eran los menos, los ganadores de siempre. Pero es tan plano ostentar el porte de un ganador que yo como tantos otros no lo buscamos y así como una jauria moríamos en la puerta aullando a las chicas.
Creo que en la actualidad las cosas entre chicos y chicas son más sencillas para la gente que ronda los 15 años. Hay mayor comunicación entre los géneros, en consecuencia, los pibes no son tan obsesivos y las minas un poco más abiertas. Ni hace falta remarcar que gracias a esto sí pasan cosas entre ellos.
Si rememoro mis salidas de aquellos años me embarga una mezcla de hunor y patetismo. Pero, de todas ellas hubo excepciones. ¿De dónde venían? Principalmente de la clase media porteña a quien tildábamos de grasa y desubicada. Una vez que estas pibas de barrio nos entregaban la fruta que tanto deseábamos al instante las despachábamos. Si nos preguntaban podíamos llegar al extremo de negarlas. Pero ellas eran nuestro verdadero alimento, las otras un trofeo para mirar y no tocar.
Relato un caso paradigmático que se prolongó por lo menos durante tres años. Recién surgían los chats y con ICQ a la cabeza empezamos a charlar con ellas. Hubo un usuario de sexo femenino cuyo nickname hacía referencia al cuadro River Plate, que era compartido por muchos usuarios del chat, en su mayoría imberbes estudantes de colegios privados y católicos. Los viernes y sábados de esta fanática de River eran intensos. No pasaba una noche sin que alguien masticara la fruta del deseo que ella escondía. De a poco su nombre se hizo popular hasta alcanzar niveles irrisorios y para colmo según los cánones de belleza la chica dejaba mucho que desear. La cantidad de mentiras que estos católicos le dijeron, solo para sacársela de encima ocuparía varios tomos de la Enciclopedia Británica.
Quiero destacar una, que ilustra magistralmente lo que intento decir y que me contó ella misma una noche en La trastienda. Aparentemente, un compañero del secundario que había probado su cuerpo le había contado que no se podían ver más porque estaba por entrar al seminario a ordenarse de cura. Por azar del destino, o porque todos transitábamos los mismo lugares, esa noche ella lo encontró enroscadísimo con otra en uno de los pasillos del boliche. Mientras la hincha de River lo recriminaba el muchacho sonreía maliciosamente como el sádico Guasón.
Debo admitir que éste es el mejor chamuyo que escuché en mi vida. También es una cristalización de lo que sucedía en aquel entonces. Hoy, quiero creer que las cosas son distintas y que atrás quedarán los años de semén en las sábanas y mentiras a la cara.
You may say that I am a dreamer but I´m not the only one.
Ser como era antes
Sigue la desidia en materia de lectura. Muchas cosas han pasado desde la útlima vez que leí un libro de principio a fin. Estuve leyendo algo de poesía, sobre todo una antología de Trakl traducida al español por Aldo Pellegrini. Me hace sentir vacío.
Desde la web tampoco estoy leyendo mucho, apenas unos artículos en diarios nacionales. Una noticia que me llamó mucho la atención fue el nombramiento del nuevo papa argentino. Del resto poco me importa.
Algo que sí hice fue mirar fútbol pero nada de las hazañas de Messi sino que estuve más atento al regreso de Bianchi y Riquelme a Boca. O sea que me pegué un lindo embole los últimos domingos.
Ando medio distraido y un poco indiferente. Asimimso estoy tan corto de guita que me cuesta sentarme en un café a leer un rato.
Extraño ser como era antes.
Literatura al acecho
Escribo solamente para recordar que todavía tengo ganas de hacerlo. En estas semanas intenté terminar tres libros pero no hubo caso, dos de ellos ya encontraron lugar en mi biblioteca y el tercero, con más probabilidades, me espera sobre la mesa del living hace una semana.
Los tres son novelas. Ayer me pasé un rato hojeando la edición de poesía completa de A. Pizarnik. La maldita está acaparando toda mi atención pero afortunadamente no me deprime ya que mi atención está dirigida al estilo del verso y al valor de las metáforas en vez de sopesar la carga emocional de las palabras. Calculo que es un indicio de que ando fuerte de ánimo.
Decía que los tres libros son novelas un poco largas especialmente la que ahora mismo está a varias cuadras de distancia sobre mi mesa de luz. Fue escrita por un uruguayo (adoro ese país) y la publicaron después de su muerte. Las 200 páginas que leí enturbiaron mi humor. El tipo es gracioso pero demasiado incisivo, de una manera que no comprendo me atrae y repele al mismo tiempo. Debería indagar, frente a mí yacen 500 hojas que tal vez me lo expliquen.
Las otras dos novelas, una de un argentino y otra de un norteamericano, me aburrieron al instante. Por suerte no pagué por ninguna. Quise devolverlas a su dueño pero él me insistió en que reintentara. "Ya te vas a a enganchar", dijo con un tono conciliador.
Enganchar, ese verbo ya no es sinónimo de leer para mí. No busco engancharme con una novela, estoy buscando algo distinto cuando arranco las primeras hojas. Algo que en esas dos novelas yo no encontré. Debería sacarlas de mi casa para que duerman fuera por que yo hospedaje no les pienso dar.
Las despedidas pueden ser tristes o liberadoras como con estas dos novelas pero también pueden disfrazar un intento inútil de escapar como pasa con la del charrua. Por más que te alejés esas hojas van a estar esperándote. Podrá ser sobre una mesa de luz o en el anaquel de una biblioteca para J.L.B, quién sabe. Lo que es sí es real es el continuo acecho.
Punto de partida
Ayer llegó de visita un amigo que vive en otro país hace más de un año. Me contó muchas cosas, tanto suyas como de otras personas que ambos conocemos. Este amigo es hijo de dos porteños que se exiliaron a una ciudad del interior argentino hace unos treinta años. Él a los 18 años se mudó a Buenos Aires para estudiar en la universidad.
Aquí entabló amistades con otros que estaban en su misma situación. La vida universitaria fue muy diferente a la mia. Autonomía, lejanía de los padres, Paseo del Sol fueron cosas habituales en su paso por la ciudad. Mientras yo recalaba en cosas sostenidas por una familia y un grupo de amigos local él se vio obligado a crear rutinas, encontrar puntos de encuentro y hacerse amigos desde cero con ya dieciocho años de vida. Él era un nómade en mi sedentaria ciudad.
Este muchacho tiene impresa en su cabeza (bastante grande por cierto) la sed del movimiento. Si se halla en un lugar donde siente estar estático, metafísicamente hablando, se va, físicamente hablando. Lisa y llanamente, empaca y se busca un nuevo escenario en el cual operar.
Si investigamos su ascendencia encontramos la historia de su abuelo, quien también fue un aventurero. Nació en Italia por el 20´, le dio el tiro de gracia a los fascistas para después escaparse del hambre post II Guerra Mundial a la capital más austral del mundo. Antes de partir contrajo matrimonio con quien, argumentan fiables fuentes, fue una gran mujer. Se instalaron en Buenos Aires, donde tuvieron dos hijas, una de ellas es la madre de mi amigo. Como expliqué en el primer párrafo ella tampoco se quedó parsimoniosa viviendo frente a la orilla del Río de la Plata y cuando se casó también partió. El destino era menos radical y más cercano pero aún así se fue. Fiel al estilo familiar su hermana también se tomó el palo de Buenos Aires, en realidad de la Argentina y terminó en un penthouse de Manhattan.
Corre algo por las venas de esta familia que se podría denominar sed de aventura. Ese afán del que ya he escrito otras veces. Ayer mientras charlabamos le dije una frase, que en mi humilde opinión vale la pena twittear, y es que "yo he aprendido más con el regreso de un viaje que con la partida" ¿Será para ellos lo mismo? Calculo que no.
Al final de cuentas yo soy uno de esos hombres que pasa la vida encadenado a su lugar de origen. Lo sufro y no logro romper la fuerza que me ata a este pedazo de tierra. Si lo pienso, entiendo que jamás crucé una frontera por que al igual que Sabato experimento los viajes como un distanciamiento para reflexionar sobre mi lugar de origen. Una conclusión válida (casi digna de ser twitteada) sería: ellos eligen su lugar en el mundo en cambio a mí el lugar me elige.
El sueño de un entusiasta
C´est fini: se me acabaron las vacaciones. ¿Hay algo más triste para decir en la vida de un joven ejecutivo de Buenos Aires? Claro que extrañaba la selva porteña pero en realidad no sé bien por qué. En enero el combo calor más humedad te asfixia y a ese caldo sumale la demencia de la gente que te arranca la serenidad que cosechaste durante la ausencia.
Qué se la va hacer che, la vida del obrero es así. Todos los caminos conducen a la fábrica. Pero no todo está perdido por que casi por milagro encontré un sentido al hecho de estar confinado un año más a la existencia en esta ciudad. Luego de pasarme catorce días tirado panza arriba al sol, llegué a una conclusión. En 2013 deseo embarcarme en la creación de algo concreto y tangible. Quiero trabajar para construir algo. No tengo la más remota idea de qué pero bueno al menos soy dueño de una intención. ¿Valdrá como primer paso?
Tal vez este afán sea el resultado de que mi trabajo diario hace ya varios años es virtual. La finalización de las tareas en mi tan exitosa carrera profesional es arbitraria. Otra persona es quien decide que yo he terminado algo. De este modo siento que vivo dentro de uno de los interminables párrafos de Marcel Proust en el cual un narrador en tercera persona decide a su gusto cuando estampar un punto final. No se puede negar que es realmente lamentable.
Como arranca un nuevo año, otra clasificación arbitraria, me animo a embarcarme en esta intención de construir algo, repito algo concreto y tangible. Mientras escribo este texto proyecto algunas ideas. Veremos si en estos doce meses que se avecinan soy yo quien de una vez por todas le pone el punto final a uno de los párrafos de mi vida. Desenme suerte.
Partir para volver
Volver, volver, pero no con la frente marchita como dice la canción. La humanidad está cargada de cientos de millones de historias que alguien recuerda, vive o incluso sueña. Sepamos que en el hemisferio occidental del planeta hace unos cuantos siglos un hombre analfabeto reunió mitos y leyendas de tal manera que compuso dos clases de historias. A saber, la primera habla de un hombre que sale a buscar su destino lejos de casa; la segunda narra el arduo retorno al hogar de un hombre que una vez partió en busca de su destino.
Hay algo de cierto en considerar que la literatura occidental ha dedicado más de dos milenios en repetir mediante distintos personajes y escenarios esas dos historias. Algunas veces las historias que leemos en los libros están cubiertas por velos que esconden ese fondo y dudamos de su existencia.
Hurgando en la biblioteca de mi antigua casa me reencontré con uno de esos cuentos en los cuales partir y volver son los verbos más importantes. Ya lo había leído e incluso vi varias veces la trilogía de películas que cuentan esta monumental historia. Sin embargo con mayor profundidad que la primera vez me embarga el suspenso, la emoción y la sed de aventura. Sin dudas es la misma que cada ser humano experimenta un segundo antes de partir hacia algo que tal vez llegue a ser su destino.
Al libro lo abrí ayer, ya llevo leídas doscientas hojas y en lo único que puedo pensar es en cerrar esta computadora para ponerme a leer. He vuelto a esa historia que un analfabeto contó hace cientos de años sentado sobre una roca griega y que alguien muchísimos lustros después volvió a contar.
Un día en la vida de un ¿indiferente?
¿Tiene algo de sentido sumar otro texto al mundo online acerca del 8N? El caudal de información (en imágenes, textos y videos) de ese día es improcesable. Creo que somos tantos en el mundo que resulta imposible llevar la cuenta de los hechos y mucho menos analizarlos. Por ende se inventan lógicas como la del periodismo que intentan exhibir aquellos sucesos que sostienen el peso de ser noticias.
Pero yo no puedo recurrir a esta lógica para dirigir mis escasos textos, en realidad por que no soy periodista. Entonces, voy a describir lo que yo vi y percibí durante el 8 de noviembre de 2012.
Como todos los jueves me levanté a eso de las 9 de la mañana un poco cansado porque la noche anterior había ido al cine a sufrir una de las peores películas del año. Caminé hasta el trabajo, en consecuencia ingresé a la oficina empapado de sudor. Es que hace tanto calor.
Evité leer presagios en los medios sobre la movilización que habría esa tarde. Le presté más atención a las críticas del estreno de la última película de Cronenberg que si tengo suerte voy a ver esta noche. De pronto dejé de leer como hago todas las mañanas y me puse a trabajar. Lo bueno de trabajar es que te saca de tu lugar obligándote a pensar en cosas que la mayoría de las veces no tienen nada que ver con vos. Obviamente que el trabajo posee una importante cuota en el grado de felicidad/tristeza en nuestras vidas pero si hilamos fino nos damos cuenta que nada puede ser tan ajeno a uno mismo como la tarea de rellenar una tabla de Excel con números. Así que de a poco me fui de mí mismo para asumir el rol de trabajador.
Por suerte almorcé solo en un bar con un libro en la mano. Fue inconsciente pero de alguna manera ignoré todas esas charlas que merodeaban al 8N. Mientras estaba leyendo el primer capítulo de la Biblia de neón de Kennedy Toole, los porteños debatían sobre políticas públicas, inseguridad, corrupción, del Fútbol para todos, entre otras cosas.
Cuando estaba a punto de arrancar el tercer capítulo de la novela sonó mi celular. Tuve que volver a la oficina. Seguí trabajando, no podía entrar a los medios online así que ni sabía lo que se estaba gestando para esa noche. A eso de las cinco de la tarde, una hora antes del horario de salida, los capos de la oficina informaron que ya nos podíamos ir para evitar la bola de tráfico que se armaría esa tarde.
Levanté la cabeza para ver al que decía todo esto. Todavía me faltaban llenar varias columnas de números en la tabla de Excel. Por lo tanto la notificación me pasó desapercibida y me metí de nuevo a ver lo que pasaba en la pantalla de la computadora.
Concentrado en el trabajo no observé el proceso de vaciamiento de la oficina. Hasta que el dueño de la compañía me dijo que debía irme porque tenía que cerrar. Guardé el archivo de Excel y me fui.
Tal vez por que estaba quemado de tanto laburo o porque ya estoy acostumbrado a ver miles de personas caminar por las calles de esta ciudad en medio de un caos de tráfico, seguí hasta casa sin prestarle atención a la movilización. Cuando llegué me tiré en la cama a escuchar música. Puse la alarma para acordarme de la clase de guitarra y me olvidé de todos y todas.
Jig saw puzzle es una canción que te arrastra al abandono, así que ahí me quedé por unos minutos. Volví a ponerme de pie, me colgué la guitarra al hombro y salí para la clase. Mi profesor me recibió con la misma buena onda de siempre. Me preguntó cómo iban las cosas y yo le respondí con mucha naturalidad que todo estaba bien.
Nos pasamos una hora tocando la guitarra. Incluso llegamos a grabar bases de bajo para que yo improvisara cuando estuviese en casa. Salí a la calle. Al subir por el ascensor, en el espejo que cuelga de esa habitáculo descubrí que tenía la cara desfigurada por el cansancio. El departamento estaba vacío, lo cual me pareció un poco inusual, aunque no indagué por qué pasaba.
Comí un sandwich y me volví a tirar en la cama. Ahora que lo pienso, creo que estoy pasando demasiado tiempo en la cama. Abrí la novela y empecé a leer el tercer capítulo. En algún momento me quedé dormido por que me desperté a la madrugada completamente vestido, ni las zapatillas me había sacado. Fui a tomar algo a la cocina.
Regresé a la cama pero no me podía dormir así que intenté leer pero tampoco me enganché. Encendí la computadora y tipié en el navegador la url de un medio nacional. Las fotos del 8N eran imponentes y los títulos ampulosos. Estuve un buen rato leyendo las crónicas de medios tanto de los que estaban a favor como en contra de la movilización.
Ahora me doy cuenta de que los sucesos importantes para el periodismo o la historia política de un país pueden pasarte por al lado sin siquiera rozarte. Es extraño, reconozco que puede sonar a indiferente pero yo no soy indiferente. Incluso resulta egoísta de mi parte este ostracismo urbano pero tampoco me considero egoísta y mucho menos cínico.
Cientos de miles de personas hablan de este gran suceso, no me interesa sopesar si son seres calificados o no por que el número es grande y eso indica que hay que prestarle atención al suceso. Pero ¿prestarle atención? ¿En serio? Yo me pregunto: porqué tengo que darle importancia a los sucesos históricos o periodísticos de mis tiempos.
Ya llegará
El acelere del mundo se fue al carajo. Todo pasa demasiado rápido. Te llegan mails con un caudal tan grande de información que resulta imposible procesarlos, la gente te habla a mil por hora de sus innumerables quilombos y por si fuera poco hay tantas pantallas que te roban la atención que ya ni sabes hacia dónde mirar.
Es así. No se puede negar. Si no, analicemos la caducidad de las modas a lo largo de la historia. No nos vayamos a siglos lejanos, rememoremos el XX y percibiremos que las modas solían durar al menos una década. Por eso se dice que el movimiento hippie fue en los 70, el swing allá por el 30, el auge del tango en el 20 y así sucesivamente podremos diseccionar esos 100 años en 10 partes. Hoy sería imposible realizar esta clasificación por que todo se agota tan deprisa que da cagazo.
Facebook, Twitter, la Tv, los medios online devoran minutos como si nada. Mientras tanto, acá estamos nosotros impulsando el tempo del mundo y padeciéndolo de manera simultánea. Es paradójico, pero así somos.
Sin embargo, el hombre encuentra formas de escapar a sus propias trampas. Una ida al campo para embadurnarse de naturaleza, una caminata nocturna por la ciudad que gracias a Dios está vacía durante la noche; son algunos remedios útiles para eludir el frenesí del siglo XXI. A la distancia, somos otras personas, un poco menos ansiosos. Pero después regresamos y lo más gracioso es que con mayor energía para ser más inmediatos y eficientes.
Menos mal que hay otra gran incorporación a la bolsa de trucos que nos remueven del frensí y que no implica una inversión de tiempo y dinero o una caminata en medio de la ciudad que pueda terminar en un robo. La marihuana. A diferencia de las drogas químicas el cannabis produce en el consumidor una sensación de relajamiento. El faso te lleva a otro estado, no en un sentido radical más bien el viaje es leve y discreto. No te descoloca ni desdibuja tu personalidad, quien fuma marihuana sigue siendo el mismo pero a otra velocidad. Es parecida a la sensación de cambiarte de asiento en una cena familiar, el resto de los comensales sigue siendo el mismo y vos también pero las cosas te llegan desde otro ángulo.
Por estas razones no es de extrañar que cada día sean más quienes consumen flores, paraguayos y pinillos. No es de extrañar que cada vez más gente la cultive y no solamente para evitar los nefastos dealers sino para ser los artesanos que con delicadeza acondicionan el vehículo antes de emprender el viaje.
Por como viene la mano la concatenación de los hechos será cada vez más abrupta, se multiplicarán las redes sociales y las pantallas. En consecuencia, ya llegará el día en que al salir de una reunión trascendental (por ejemplo en un estudio de abogados) se podrá ir al balcón a fumar un porro para descontraturarse sin miedo a las represiones.
Ya llegará.
Hay un energümeno suelto
En la oficina vive un energümeno, un ser que no es hombre ni cucaracha. En realidad nadie puede decir qué es. ¿Tendrá sentimientos? me pregunté ayer mientras volvía a casa caminando. Por suerte, se cruzó conmigo una panadería y las ganas de comer una medialuna de manteca hicieron que se rompa el hilo de pensamientos.
Hoy vuelvo a pensar en él porque recibí un mail suyo. Estaba dando una orden pero no de forma directa sino que la escondía detrás de una razón carente de sustento. El energümeno que habita en nuestra oficina no sabe hablar claro.
Su peor enemigo es él mismo. Es extraño, no sé cuál es la conducta de los energümenos en general pero el nuestro se autoflagela. Cuando se lanza a dar uno de sus discursos las palabras que emite de manera indirecta terminan perjudicándolo.
Otro rasgo sobresaliente de este ser que no es hombre ni elefante es su seseo constante. Aparentemente nunca logró dominar el habla oral. Cuando se te acerca por la espalda uno debe esforzarse para comprender qué palabras está pronunciando.
Por estas y otras razones, en la oficina hemos dejado de prestarle atención al energümeno. Dejamos que se pasee por los pasillos seseando y dando órdenes carentes de sentido. Cada tanto te lo encontrás debajo de un escritorio o mirando un monitor vacío con esa cara sin forma ni identidad. Imagino que algún día abandonará nuestra oficina y nadie lo notará.
Daido por la ruta.
Es mejor hablar de ciertas cosas
Desde hace años que me pregunto qué es escribir. He transitado varias teorías y posturas. En la facultad me explicaron que era la transmisión de un mensaje por vía escrita, pero eso no me convenció. Una noche en mi casa leyendo el prólogo de una antología de Cortázar lei que la literatura es un juego en el que participan los personajes, el autor y los lectores. En un bar de Madrid, un amigo dramaturgo me dijo que escribir es tirar una piedra a un pozo sin fondo. Ya de vuelta en Buenos Aires un escritor que también desconoce la respueta me aseguró que escribir alivia.
Hace poco le mostré a alguien un texto mío que en cierta medida ella había inspirado. En su descarga me dijo que escribir es: "dejar entrar luz, en miles de cientos orificios propios. Es enseñar esas filtraciones y brindarse en cada palabra, en cada coma, en cada espacio."
Que la escritura es una entrega no me quedan dudas. Sartre decía que las palabras en la narrativa son símbolos sin embargo me resulta un tanto simplificadora la definición. Las palabras arrastran, son ambiguas y dejan ver nuestra luz interior. El error es creer que esa luz es bondadosa o peor aún bella. ¿Quien sabe si detrás de un texto se esconde un monstruo luminoso? Pasa.
Orificios propios, esta imagen me deslumbró. Algo en lo que nunca creí es en el control absoluto de una persona sobre su texto. Al escribir uno pierde el dominio y si realmente estás en eso expresás cosas de tu subconsciente que jamás viste en la superficie. Hay que confiar y seguir. Claro que da miedo, pero como ella dice escribir es mostrar esas filtraciones, en ese limbo el texto construye su alma y vive.
En cada espacio, otra gran imagen. Cuando leía la respuesta de ella, no me quedaron dudas que ella lleva consigo la maldición eterna de la poesía interna. Yo comparto con ella la noción de que un texto es un espacio. Se camina, se muere, se odia, se escupe y se putea por estar en ese lugar metafísico llamado texto. Y cuando salís de él para ingresar al mundo real percibìs ese salto.
En cada palabra, en cada coma; escribir es un trabajo arduo. Hay que cuidar los detalles. Scott Futzgerald lo hacía magistralmente. Esta frase de ella me remite a que no se trata únicamente de inspiración ni espontaneidad pura. Al escribir hay que pensar, esforzarse y dedicarse a pasar un buen rato con el culito pegado a la silla.
Amén de todo lo escrito (¿?) continúo preguntándome qué es escribir.
Lo hacés por que yo te lo digo
¿Hay gente que nació para dar órdenes? Es una interrogante que me interesa. Siempre hallé un atisbo de arrogancia (disfrazada en seguridad o confianza) en los jefes que he obedecido. A mí, cumplir órdenes me cuesta aunque debo admitir que muchas veces que te digan lo que tenés que hacer te simplifica la existencia.
Hay veces cuando esa persona me está diciendo qué debo hacer yo lo o la miro y me pregunto si habrá estado alguna vez en mi lugar. Lo más probable es que sí, jamás trabajé en una empresa familiar así que con hijos de dueños no he lidiado. Mientras recorro el camino de regreso a mi triste escritorio pienso.
En todos los trabajos que tuve viví situaciones en las cuales mis jefes casi como un regalo me decían que yo debía comandar a un grupo de personas para realizar una acción o estategia determinada. Me costaba compartir con ellos esa sensación de alegría ya que el papel de líder no me atrae. En serio lo digo, no sé la razón exacta y probablemente negar este rol no sea algo positivo en aras de mi desarrollo profesional y personal. Y que me joda no quererlo, a mi modo de ver, se debe a que la sociedad me enseña que el éxito proviene en gran medida del liderazgo. Sería muy sencillo demostrar este vínculo en el plano corporativo, militar, político, institucional, sindical, incluso en lo educacional. Hay tantas nomenclaturas para definir los sistemas de jerarquías.
Volviendo a la pregunta que dio incio a este discursito, creo que no hay personas que nacieron para ser jefes. Sí hay personas ambiciosas y capaces que cuando son súbditos se abocan a complacer, observar y asimilar los gestos de sus jefes (los más inteligentes descartan las falencias). También hay otra cuestión en estos jefes en potencia y es su grado de obediencia: los jefes son las personas que más órdenes cumplieron cuando eran jóvenes. Supieron ignorar la frustración de obedecer por que sí ya que tenían en su cabeza un plan a largo plazo en el cual cada acción cuajaba.
En cambio, hay personas que no se interesan o no pueden establecer ese plan a largo plazo. Suele sucederle a la gente sensible a quienes la lógica no los gobierna, aquellos que sufren cuando los maltratan con una mirada, aquellos que por principio trabajan por su vocación o por que les gusta lo que hhacen y no para complacer a sus jefes. También están los que por falta de inteligencia no logran implantar su estrategia en la realidad. Estos últimos son los más tristes.
Planear es necesario y muy útil para crear una obra de arte, escribir un libro, grabar un disco o fundar una empresa pero vivir en estado de planeamiento constante es tener una actitud avara hacia la vida. En definitiva le quita el misterio y la sorpresa a todo lo que hacemos. Por si fuera poco, la vida es mucho más poderosa que cualquier estrategia. Cuando, sin esfuerzo, destruye los planes de los jefes quienes pagan los platos rotos somos nosotros: los que obedecemos.
A veces levanto la mirada en el colectivo o en la oficina y contemplo a estos seres que de lunes a viernes obedecen a otros y me pregunto cuál de ellos estará en plan de convertirse un jefe. Aunque honestamente, ¿no estaremos todos? y ¿quién lo conseguirá?
I just had to let it go.