Hay un momento preciso de la noche en que nos encontramos, triangularmente, un vecino, una vecina y yo.
La ventana de mi habitación da a la calle. Al frente del nuestro, se ubica un edificio que no hará unos 20 años. Poligonal, gris, modernillo. Tiene ventanas de suelo a techo que enmarcan las escenas en su interior como planos verticales delimitados por rectángulos de pizarra o un material por el estilo.
Cada tanto, me dan las 10 de la noche en mi habitación. Suelo creer que estamos solo mi cena, yo y la serie de turno que se reproduce en mi iPad, pero no tardo mucho en darme cuenta de que no es así. Levanto la mirada para encontrarme con una mirada que me mira.
Una encima de la otra, las ventanas del dispositivo del otro lado de la calle me presentan una imagen simultánea. En el marco superior, mi vecina cena a solas con su computador portátil sobre la mesa. Me mira mientras yo me hago la que no mira, la que no sabe que la están mirando. Es una gran distancia para saber a ciencia cierta, pero juraría que no desvía la mirada cuando me armo de valentía momentánea y la miro de vuelta. En el marco inferior, en cambio, mi vecino cena a solas concentradísimo en su plato. Como a nuestra vecina, le veo de perfil, pero él no se ocupa en miradas telescópicas. Su comida está justo en frente suyo; a veces lo está un periódico, o lo mismo el correo. A veces, creo, su esposa.
Veo este juego óptico como una especie de pádel de rayos escópicos. Aunque, claro, no sé qué es esa cosa burguesa del pádel –ni me interesa saber–, tengo la sensación de que es algo así. En este triángulo extraño yo soy el ángulo más pequeño. Entre mi vecino y yo, un cateto –el adyacente–. Entre mi vecina y yo, la hipotenusa. ¿Quién me iba a decir que el cateto opuesto son dos miradas que nunca se cruzan?
En la escena aparece una tercera ventana, al interior de mi habitación. La pantalla de mi celular se ilumina y me encuentro con la mirada de mi mamá. Aquí es verano y allá son las tres de la tarde. Se le hizo tarde y ella también come. Ambas volteamos la mirada pero este rayo –justo este– nos atraviesa.
Tendida en mi cama, me quedo cada vez sin mucho que decir. Eventualmente no nos queda de otra que colgar.
El triángulo ha desaparecido. Todos los otros ángulos se apagaron.
De frente al mar, he lanzado mi rayo de mirada a donde apunta el dedo de la estatua de Colón. Mirando a mi madre he dicho “amá, me duele”. En mi cabeza me responde “¿dónde? ¿dónde te duele?”, “en ninguna parte”, le digo “esto que me duele –como yo– no tiene lugar”.