Este meme es de febrero. Aplica para cada semana, por poco, desde hace casi tres años. Hay otro meme de la misma época ~cuando empezó esa guerra que sigue su curso pero ya no nos escandaliza~ que decía: no estamos viviendo eventos históricos, estamos consumiendo su hipermediatización espectacularizada.
El atentado contra Cristina, que todas en estas tierras guachas vivimos como un momento bisagra de la historia reciente, da cuenta de un montón de cosas: los discursos de odio generan esas expresiones sociales de violencia física; el movimiento neonazi está bastante más aceitado y organizado de lo que la izquierda y el progresismo flashaban; la disputa interburguesa no parece poder, más allá de su voluntad o no, resolverse en ese viejo animal extinto que llamamos "debates parlamentarios"; y el ajuste económico ~no sólo estatal, sino sistémico~ sobre la clase trabajadora genera peligrosas frustraciones mal dirigidas.
Pero todos estos fenómenos, a su vez, son síntoma y expresión de algo más grande: el capitalismo, por sus propias contradicciones, se dirige hacia la barbarie ~y sin una fuerza social antagónica, perfectamente puede sobrevivirla y seguir reinando en la distopía. Si, en tanto clase trabajadora, no aceleramos o potenciamos nuestras maneras de organizarnos hacia un horizonte de posibilidad por fuera del capitalismo, probablemente este sea el año más tranquilo del resto de nuestras vidas.
En este tren, quiero decir, de revolucionar nuestra organización, creo que nos convendría forzar los márgenes cada vez más estrechos de la democracia burguesa, ya en nítida descomposición. El surgimiento en todo el mundo de derechas radicalizadas y neofascismos no es un accidente, tampoco una mera conspiración. Es lisa y llanamente la erosión de los vientos de la historia, que nunca dejaron ni dejan de soplar, por más de que hace tres décadas se viene repitiendo que sí.
Acá vale recordar el diagnóstico, allá lejos y hace tiempo, de Guy Debord alrededor de la sociedad del espectáculo, en la que todo se proyecta hacia una masa atomizada de espectadores como un fogonazo mediático, sin vínculos ni memoria. Hay toda una industria cultural y semiótica (noticieros y otros programas de radio y televisión, géneros musicales, series y películas, redes sociales digitales, etc. etc.) voluntaria o involuntariamente orientada a esa construcción de la sociedad. Con eso nos referimos a que los hitos están comunicados mediáticamente de manera espectacular: quienes hoy son interpeladas por el hito del atentado, en dos semanas, cuanto mucho, se vuelven a desmovilizar para reconcentrarse en el trabajo y en la próxima noticia encandilante: esas son las condiciones impuestas. Por eso es tan importante que como clase tengamos siempre presente nuestra historicidad.
Sin embargo ~antes de que me vaya por las ramas del meme~, esa industria cultural, que opera como todas bajo las lógicas generales del capital, también se barbariza y contribuye a la descomposición de los viejos valores. Esto no parece ser procesable o regulable desde un Estado cada vez más vaciado de poder (político y económico) "mediador". Porque lo que está de fondo es la crisis de acumulación signada por la ruptura del metabolismo entre la matriz de producción y el ambiente, pero también una desconcientización masiva de cómo funciona el mundo. Esta combinación genera una cantidad de disforias y enajenaciones en el grueso de la sociedad que, de nuevo, nos arrastran hacia el abismo como como si fueran fantasmas. El Estado del capital deja de garantizar la reproducción de la sociedad, para garantizar solamente la explotación de plusvalor, y allí donde nosotras sufrimos crisis, ellos encuentran ganancias que fortalecen su tiranía. Esto lo acuerpamos, sobre todo, en estos tiempos en que la represión político-ecomómica de nuestras bases descuelga cada vez más contingentes humanos de la (promesa de) civilización, generando napas sociales subterráneas eruptivas.
Por eso pienso que esos viejos valores, particularmente alrededor de la democracia liberal en la que nacimos y crecimos y empobrecimos, en términos fácticos no pueden ser defendidos. Pero en términos políticos tampoco: no solo porque esa democracia es un asimétrico "pacto social" sellado con la Constitución del 94 en el auge del neoliberalismo argentino después del genocidio político de los 70s, sino además porque son precisamente esas las condiciones que nos han traído hasta este punto, en el que de ninguna manera se van estancar. Querer conservarlas es un imposible nostálgico, falseado y contra-estratégico.
Lo que habría que perseguir, entonces, para pegar el volantazo antes de sumirnos en las peores pesadillas de la ciencia ficción (se me perdone el fatalismo descriptivo), es la ampliación/potenciación/revolución de la democracia trabajadora en todas sus formas. Nuestro despliegue político, si quiere avanzar y sobre todo competir con en despliegue político del capital, tiene que darse tanto adentro como afuera de los marcos que establece una democracia burguesa moribunda. Porque solo queremos ser felices, ¿pero cómo vamos a serlo sin superar colectivamente la degradación permanente a la que nos condena la barbarie de la sociedad capitalista?





















