Este escrito va para tí, no sé quién seas, ni dónde estés Pero quiero que sepas que te estoy esperando paciente y con un montón cosas que quisiera contarte.
Tal vez cuando leas esto ya nos habremos encontrado o tal vez no. Pero me gusta pensar que, de alguna forma, nuestras historias ya vienen caminando hacia el mismo lugar.
Han pasado casi cuatro años desde que me separé fue un proceso largo, complicado y doloroso. Me tomó tiempo entender que algunas despedidas no terminan cuando una persona se va, sino cuando por fin dejas de cargarla contigo. Creo que finalmente terminé mi terapia de choque con esa historia. No cerré ese capítulo desde el enojo ni desde el rencor, sino desde la angustia, los apegos, los miedos y una autoestima tan pequeña que a veces ni siquiera podía reconocerme pero seguí avanzando, y con el tiempo aprendí que sanar también es volver a elegirme cada día.
¡Ey que crees! que por fin volví al gimnasio y, aunque todavía intento retomar el hábito de salir a correr, no he logrado encontrarle espacio entre tantas responsabilidades. Aun así, sigo cuidándome y aunque hay días en que el progreso se ve en kilos levantados y otros en los que simplemente consiste en no abandonar el camino.
Hace ya un tiempo comencé a subir cerro, lo que empezó como "vamos hija vas a estar mejor" desde la ruptura, se fue haciendo una curiosidad y terminó convirtiéndose en una forma de encontrarme conmigo misma y no me lo vas a creer pero... Hace alrededor de dos años alcancé mi primera cumbre, en el Cofre de Perote. Recuerdo la emoción de llegar arriba y descubrir que, a veces, somos capaces de mucho más de lo que creemos.
Un año después llegó mi segunda cumbre: La Malinche una montaña imprecionante y se que cada una es distinta, pero todas me han enseñado algo sobre la paciencia, la constancia y la importancia de seguir avanzando, incluso cuando el camino parece demasiado empinado.
Sabes quizá no eran las montañas más altas del mundo, pero para mí significaron muchísimo. Hay victorias que sólo entienden quienes estuvieron presentes durante todas las veces que quisiste rendirte.
También construí algo que durante mucho tiempo fue un sueño compartido y que hoy es solamente mío: mi propia escuela de música.
Hace ya dos años que abrió sus puertas. Han sido años llenos de aprendizajes, alegrías, alumnos que llegan con ilusión, recitales, proyectos, risas y momentos que me recuerdan por qué decidí dedicar mi vida a la enseñanza. No voy a mentirte, también ha habido estrés, preocupaciones, números que no cuadran, días agotadores y más de una noche preguntándome si voy por el camino correcto. Pero aquí seguimos.
Y eso ya es una victoria.
Durante mucho tiempo me dediqué a cuidar los sueños de otros, apenas hace unos años empecé a cuidar los míos.
Con el tiempo aprendí algo que durante muchos años me costó entender: mi vida sí tiene valor.
Hubo épocas en las que veía más mis defectos que mis virtudes, más mis errores que mis logros. Ya no pienso tanto en lo poco que vale mi vida, ahora intento recordar, cada vez con más frecuencia, todo lo que vale.
Aprendí a hablarme con más cariño. Aprendí a reconocer mi esfuerzo. Aprendí a amarme un poco más.
Por cierto he conocido a alguien...
Y es bueno bueno. A decir verdad, muy bueno. Pero él no eres tú.
La verdad creo que lo único que vino a enseñarme es que, después de todo, no he aprendido nada y sigo siendo la misma persona que ama sin reservas.
La misma que entrega lo mejor de sí.
La misma que siempre intenta dar un poco más de lo que puede, no sólo en el amor, sino en cada aspecto de su vida.
Y aunque una parte de mí quisiera que fuera él, tal vez él no quiere que sea yo y por primera vez eso no me rompe.
Me entristece algunas veces, claro. Pero ya no me define.
Porque entendí que el amor no siempre consiste en que dos personas se elijan al mismo tiempo. A veces consiste en agradecer lo que alguien despertó en ti y seguir caminando.
Creyendo que algún día llegará la persona indicada para mí (o sea tú).
Y cuando llegues, espero recibirte con una versión más libre, más fuerte y más feliz de quien soy hoy.
Sigo escribiendo, sigo creando, sigo soñando proyectos que muchas veces parecen imposibles y que, para mi sorpresa, terminan haciéndose realidad. Dirijo una escuela de música que nació de un sueño y de muchas horas de trabajo. También participo en proyectos educativos, creo materiales para niños y sigo creyendo profundamente que el arte, la educación y la música pueden cambiar la vida de una persona.
También sigo aprendiendo.
Porque crecer no termina cuando te vuelves adulto. Crecer es entender que todavía puedes sorprenderte.
He conocido pérdidas, despedidas y cambios que jamás imaginé. He visto personas llegar y personas partir. He aprendido que algunas historias duran para siempre y otras sólo el tiempo suficiente para enseñarnos algo. Y aun así, la vida siempre encuentra la manera de florecer entre las grietas.
Quizá eso es lo que más me gustaría que supieras de mí.
No soy la misma persona que era hace algunos años.
Lloro cuando lo necesito.
Y celebro las pequeñas cosas: una clase que salió bien, un recital que emocionó a una familia, una canción que acompaña un día difícil, una caminata en la montaña, una tarde tranquila o un alumno que descubre que puede hacer algo que creía imposible.
La vida sigue siendo extraña. A veces confusa. A veces maravillosa.
Pero ya no estoy intentando sobrevivirla. Ahora intento vivirla.
Y si algún día llegas a leer esto, espero poder contarte todo lo que ocurrió después de estas líneas.
Porque todavía me quedan muchos caminos por recorrer, muchas montañas por subir, muchos sueños por construir y muchas canciones por escuchar.
Tal vez alguna de ellas la escuche contigo.