Meella era la encargada de cuidar a los más jóvenes y, cuando la suerte parecía estar de su lado, daba alguna que otra clase (obviamente como suplente, era demasiado “joven” como para ser titular). Si bien muchas se quejaban del puesto en el que habían sido colocadas, la rubia lo adoraba y agradecía completamente. Aquella mañana le tocaba cuidar a un par de niños (un grupo con el que ya había trabajado, en realidad) y tras preparar un par de juegos, en los cuales también participó, decidió tomar un respiro, alejándose un par de pasos. Contó cinco pasos antes de escuchar aquel sonido, el que la puso alerta y obligó a voltearse hacia el reducido grupo de niños–. Que alivio –dijo para sí misma al ver que era solo una de las niñas más pequeñas que acababa de caerse mientras jugaba y se dirigió rápidamente hacia ella–. Tranquila –le dijo suavemente, con aquel tono que sabía tranquilizaba a cualquiera. Meella revisó el pequeño raspón mientras comentaba alguna que otra frase, con el motivo de hacerla reír (y que fue cumplido)–. No es nada, pero ojalá tuviera un poco de desinfectante –miró a la niña con una sonrisa y luego, al notar que alguien se les acercaba, elevó la mirada hacia el tercero–. ¿Necesita algo? –preguntó con amabilidad.
Acababa de llegar del mercado cuando vio como un par de pequeños niños jugaban alegremente. Almas puras e inocentes, las cuales ignoraban todo a su alrededor como si nada sucediera, como si todo estuviese perfecto; eso le sorprendía. Y quisiera admitirlo o no, una pequeña parte de sí misma lo envidiaba. Envidiaba esa facilidad con la cual todos ellos lograban vivir su día a día sin apoyarse en el pasado ni pensar en el incierto futuro. Estaba tan ensimismada en sus pensamientos, que cuando la niña cayó, tardó demasiado en reaccionar. Dos segundos y una cabellera rubia apareció velozmente a ayudar. Una casi inexistente sonrisa asomó en sus labios al notar de quien se trataba. Con sus brazos cruzados se acercó hasta la custodia. —Debo decirte que aún no entiendo la paciencia que tienes para ayudarles —comentó observando a su compañera humana. —¿No te cansas a veces, Meella? Yo que tu me tomaría un par de días libres —comentó ladeando su rostro ligeramente.













