“Con el cuerpo desnudo, los ojos cerrados y los oídos abiertos, escuché cómo tus gemidos caracoleaban en mi oreja. Tus suspiros bailaban profundos sobre mi abdomen y se perdían en un lacónico quejido que del alma provenía. El sudor ceñía los cabellos a tu piel mientras la gota fría y salada se deslizaba por tu espalda cuan niño en un tobogán. Entonces, mis dedos les seguían por aquella perversa escalinata descendente de tu columna vertebral hasta perderse en el vacío al caer por los carnales riscos de tus nalgas azotadas por mi mano. Al abrir mis ojos, tu mirada me buscaba estupefacta y un tanto descarada, y tus labios mordían con ese amor al pecado que buscan los amantes condenados que realmente se aman.”
— Noctámbulo del Arte(¿Condenados?).












