De los olvidados días de antaño, a las generaciones actuales sólo nos quedan los recuerdos glorificados de la mitología; que por cada cultura antigua, concentra la cosmogonía y las tradiciones orales que fundamentaron las bases sociales y culturales antes de convertirse en algunas de las más grandes civilizaciones de la antigüedad. Las mitologías, en todas sus presentaciones; son un conjunto de saberes magníficos que en su tiempo daban explicación al espacio, daban sentido al diario vivir humano; desde el por qué y hasta el para qué existimos, desde el inicio de las cosas hasta el posible fin de las mismas. Siempre existe una mitología contemporánea a la altura de las pretensiones del progreso histórico, que recopila conceptos, eventos y arquetipos modernos; en nuestros intentos por dar explicación al universo que nos rodea y tolerar la incertidumbre. Mitos sometidos a la interpretación, más allá de lo que es inverosímil y de las visiones subjetivas autorizadas, como aquello que comprueba la ciencia o como la intención moral de las religiones. Es en su mismo carácter mítico donde reposa la verdadera fe de la humanidad, donde yace desapercibida su relevancia para las costumbres y creencias que alimentan al sistema global que construimos, para encontrar respuestas a nuestras preguntas. Es la mitología de un planeta, cuyos habitantes en constante cuestionamiento; están todos conectados por los mismos interrogantes.












