Se sentaba en el mismo lugar todos los días, en completa oscuridad empezaba a escuchar el bombeo de la sangre y se le dibujaba media sonrisa, cada vez le resultaba más fácil, disfrutaba callarlos, el último suspiro siempre era su favorito, significaba que el ritual diario de 5 minutos había terminado y estaba listo para reanudar su vida.
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G.












