Acordarse
Muchas veces escribir es acordarse de lo que nunca existió. ¿Cómo lograré saber lo que ni siquiera sé? Así, como si me acordarse. Con un esfuerzo de "memoria", como si yo nunca hubiera nacido. Nunca nací, nunca viví; y el recuerdo es en carne viva. Clarise Linspector
La Unión Cafetería La primera y última información que encuentro sobre este bar es que echará el cierre en cuanto aparezca alguien que quiera comprarlo. No solo el bar, porque lo que se encuentra en venta es el lote en su totalidad. Local y vivienda con su espacio aéreo propio. El cartel anuncia que se podrá edificar hasta seis pisos.
Dicen en la zona que alguien que supo dejarse ver por este sitio fue el Polaco Goyeneche en su época, y también, que si bien nunca fue declarado Bar Notable, cuenta con la condición de ser Bar Distinguido. ¿Importa esto?; ¿cuenta para algo?, ¿ayuda en algo? y sobre todo y ante todo, ¿impide algo?
En el salón puedo ver bicicletas y algunos juegos de niños, e incluso a ellos dando vueltas y correteando entre las mesas. Apilada en el al fondo, y junto a una pared, descansa una heladera Siam y varias cajas que contienen juegos de mesa. Parece como si estuvieran preparados para irse definitivamente de allí, pero en ese último descanso que se toman antes de marchar, se me antoja, quieren ser observados. No se trata de admirar algo, no, es más bien una arrogancia en esa quietud. Ellos son presente y cualquiera que los observe, como lo estoy haciendo en este momento, somos pasado o en ello nos transformamos irremediablemente.
Inmediatamente comienzo a acordarme de lo que creo nunca existió, aunque fue real el bar La Nación en el barrio de Almagro, aquél que quedaba exactamente entre la escuela a la que concurría y la casa donde vivía. Y esos tres sitios tan significativos en la vida de un niño, o en mi vida de niño, se situaban en un tramo de exactamente cien metros.
También lo fueron Julio y Enrique, que habían nacido en Uruguay y vivían en Buenos hacía mucho tiempo. Julio era pintor y Enrique se dedicaba a la mecánica de Taxis.
Formaban parte de la población estable del bar y se los podía encontrar temprano por la mañana, y a partir de allí, en distintas visitas que hacían en diversos horarios. Éstas podían durar escasos minutos o extenderse por largas horas. A la noche también solían estar, pero la duración de la estadía en esta parte del día dependía de la hora en que llegara alguno de ellos, puesto que el negocio siempre cerraba a la medianoche.
Lo último que supe de ellos (¿lo último que me acuerdo?) es una noche de verano, estoy convencido que era un sábado. El salón estaba con todas sus mesas repletas y el movimiento era incesante. Como siempre por aquella época, yo iba y venía por las mesas jugando o paseando. La disposición de éstas las asumía al igual que las intersecciones de las calles de una gran ciudad. Esa noche, la última noche (¿la última que me acuerdo?), tenía en mis manos un globo excesivamente inflado, el cual soltaba y volvía a tomar entre mis manos antes de cruzar alguna de las intersecciones de esa gran ciudad.
Quiso el destino, más bien el abrirse la puerta del bar, con su pequeño ingreso de aire al salón, que el globo se vaya más allá del control de mis manos. Y que éste, con su absoluta libertad, siguiera un rumbo desordenado, a merced de una voluntad, que aún a día de hoy, no consigo comprender.
En una de las mesas más cercanas a la cocina estaban cenando Julio y Enrique. Recién les habían servido sus pedidos, ambos había elegido la misma minuta aquella noche; Bife de costilla con un tomate al medio cada uno. El humo que desprendía la carne se percibía desde lejos, lo mismo la textura del aceite junto con el orégano por encima del tomate.
Verlos a ellos, ver sus platos recién servidos, y ver cómo el globo explotó encima del bife humeante de Enrique fue todo uno. Luego de esto continúo la risa imparable de Julio, la mirada de Enrique que parecía decirme con ella: "no pienso convidarte", y un llanto que en ese momento supe esconder con dignidad, y que ahora, me asalta de repente.










