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La incuestionabilidad de la cultura.
La desidia mental del sin sentido de los hábitos está dispuesta a llenarse de júbilo tras la repetición de ritos sin base ideológica emocional ni racional. No hay sentido, no hay ideología, no hay creencias, ni hay Dios. Todo parece tan irreal como irrelevante.
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La sociedad del control digital y su uso intensivo de la libertad.
Catalina Mellado Diciembre 26, 2015. A mediados de Universidad, a eso del tercer año más o menos, después de haber perdido mi celular tomé dos decisiones: no volver a comprar otro celular y cerrar mi cuenta de Facebook. En un principio sentí una sensación de libertad, quizá porque descubrí el poco apego que tenía hacia los nuevos medios de comunicación, o quizá porque ya no estaba tan asequible a la comunicación instantánea, lo que me liberaba de ciertas responsabilidades. Lo cierto es que conforme al tiempo y mis actividades principalmente académicas, esa libertad se empezó a transformar en todo lo contrario. En un estar pendiente de los medios, del mail por tener que realizar trabajos grupales, de depender de un teléfono público para notificar a mi madre sobre mi paradero ,y un sinfín de cambios de conductas que me amarraban en un espacio - tiempo. Vino entonces mi decisión de volver al Facebook y al celular. Inmediatamente volví a sentir esa sensación de libertad, ya que podía desplazarme con mayor tranquilidad sin depender de un lugar que me abasteciera de un medio para informar e informarme. Sin embargo, debido a este nuevo aparato celular, al poco tiempo me vi consumida en un encierro sin límites palpables, un control por mí misma, sobre mi misma y hacia los demás a través de una pantalla. Entonces, ¿estaba siendo realmente libre?
Marx define la libertad como una concepción relacional, como una coexistencia satisfactoria: “Solamente dentro de la comunidad con otros todo individuo tiene los medios necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos; solamente dentro de la comunidad es posible, por tanto, la libertad personal.”¹ Tomando estas palabras, Byung-Chul Han define el ser libre como un realizarse mutuamente. Por lo que se comprende que el estar comunicado y conectado, como las nuevas tecnologías ofrecen, podría propiciar la libertad. Pero, ¿qué es lo que ocurre cuando llegamos a un punto de hiperconectividad? Desde el nacimiento de la imprenta, todas las tecnologías sucesoras han tenido la vocación de fomentar el consumo privado y domiciliario, automatizando las viviendas para el trabajo, la enseñanza y el ocio, desde el sistema de agua corriente a la canalización de gas para alumbrado eléctrico, luego a la red eléctrica, la llegada de internet y con ello el diseño y rediseño de aparatos tecnológicos en función de la conexión a internet, convirtiendo así al hogar en polo de recepción únicamente.
Es así como Roman Gubern nos ilustra el concepto de claustrofilia, en donde el hogar no solo representa el encuentro de toda las actividades necesarias para el cotidiano, si no que un nuevo modelo de hogar telematizado: “En este nuevo modelo de hogar telematizado puede efectuarse desde el domicilio, en una palabra, cualquier trabajo que implique transferencia de información, con la única condición de que no implique también manipulación de materiales físicos o contacto con otra persona.”²
Es lo que llama Roman Gubern una comunidad sin proximidad física, desarrollada por una tecnología cultural interfacial, debido a la interacción a través de intermediarios tecnológicos. La invención del computador permitió un desarrollo domiciliario de educación y ocio. Luego el celular, una relación permanente con el otro sin la necesidad de verlo y por último, la llegada del internet móvil y los mensajes instantáneos permitieron una relación mucho más contínua en el tiempo, pero que ahora omitía no solo la relación cara a cara, si no que culmina en una interacción muda, carente de las ceremonias propias de las relaciones. Esta forma de relación comienza a darnos la costumbre de la comunicación constante, la dependencia de notificación al otro sobre los hechos más insignificantes por el mero hecho de saber que el otro está y estará on-line para atender nuestros comunicados, o la dependencia del saber en qué está el otro, no por preocupación al prójimo, si no que por una imperiosa curiosidad que nos transforma en vigilantes del movimiento social. De esta forma es como la claustrofilia, la afición por el encierro hogareño, pasa a mutar a una afición por un espacio - tiempo no delimitados. Desaparecen las cuatro paredes, el sujeto se desplaza por la ciudad, pero se inserta en una sumisión tecnológica que evidencia aún más su condición de sujeto, dominado por una sociedad neoliberal en donde la libertad de decisión, el poder hacer da lugar a coacciones. “El sujeto del rendimiento, que se pretende libre, es en realidad un esclavo. Es un esclavo absoluto, en la medida en que sin amo alguno se explota a sí mismo de forma voluntaria.”³
El sujeto se transforma de topo a serpiente, pasando de un sistema de reclusión cerrado a un sistema de reclusión que responde a las formas de producción inmateriales y en red, convirtiéndose en un sistema deslimitado y abierto. Deleuze define estos dos tipos de sujeto como topo y serpiente en vista de que el topo se mueve en un sistema cerrado, mientras que la serpiente delimita su propio espacio. La serpiente propicia las sociedades de control, en donde los avances tecnológicos nos van dando el poder de vigilancia: “No es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal.”⁴
Hoy en día, la vigilancia ya no ocurre de parte de la institución, si no que de las tecnologías, funcionando como panópticos que se construyen a través de la participación activa del ser social.
Los avances tecnológicos nos otorgan una conectividad permanente, el poder relacionarnos constantemente favoreciendo la construcción de relaciones satisfactorias, lo que según Marx, no es más que sinónimo de una libertad lograda. Sin embargo, el control y la vigilancia nacen de la libertad y de la comunicación ilimitadas. Se explota lo social sin opresiones, el sujeto se desnuda de forma voluntaria. El concepto de claustrofilia, del deseo de encierro muta a encierros deslimitados, ya no hay cuatro paredes, ni sometimientos del sujeto para el control y la vigilancia. Entonces, el concepto de libertad va también mutando mientras muta el sujeto y sus sistemas de comportamiento, sin embargo, con cada transformación se crea a la vez una nueva barrera que hace ver a la libertad como un concepto remoto e inasequible. Y más ahora, que pareciese que siempre estaremos bajo el control del panóptico digital.
¹ K. Marx, Ideología alemana, Montevideo, Pueblos Unidos, 1958, p.82. ² Gubern, R. Claustrofilia versus agorafilia en la sociedad postindustrial. p.181 ³ Han, B. Psicopolítica. p.12 ⁴ Deleuze, G. Posdata sobre las sociedades de control.
Night Watch by offermoord
Hay cosas peores que estar solo pero a menudo toma décadas darse cuenta de ello y más a menudo cuando esto ocurre es demasiado tarde y no hay nada peor que un demasiado tarde.
Charles Bukowski
ESTROBOSCOPIO
27 de Agosto Ocurrió lo que siempre ocurre al entrar a un lugar cerrado, la reacción natural de los más puntuales que responde a una imperiosa necesidad de saber quiénes son los impuntuales. Y yo, que nunca fallo, era a quien miraban esos ojos sentenciadores. Cerré la puerta y me senté al lado de Gonzalo, el único rostro familiar. El lugar era un témpano, puro vidrio, metal y concreto, además del espacio sobre escalado verticalmente. Eso de los cielos muy altos me hacen sentir más lejos de las nubes que el propio cielo natural, me dan esa sensación de enajenación, de lejos, de estar-noestar. Agradecí que la altura se redujera en la sala que me tocó para esa clase. Observé un poco el recinto e intenté adivinar la intención de la pared de vidrio del costado. Si me dijeran “dígame, ¿cuál fue el concepto del diseñador?” solo se me ocurriría “pecera”, y puede que una pecera sea atractiva para el espectador, pero para el pez es mera distracción. Para mí lo es al menos, que divago con facilidad en lo que sea. A pesar de que el edificio es totalmente nuevo, me pareció que se siguieron repitiendo los errores de sus precursores: esos terribles asientos mata-columna, ya que su altura no corresponde a la altura propicia para esas gigantes mesas rectangulares que de nada nos sirven para ramos teóricos. Pero bueno, me permitían esparcir mi desorden con generosidad, así que no me quejo tanto. Y así hice. Entre tanto buscar mi cuaderno, terminé por sacar todo contenido del bolso, dejándolo disperso sobre la mesa.
Habían muchas más sillas que alumnos, no soy buena dimensionando nada, ni situaciones, ni distancias, ni cantidades, pero me arriesgaré a decir que éramos unos 12; todos evitando la proximidad entre quienes no nos conocíamos, logrando distribuirnos -inconscientemente- de forma pareja por la sala. Paseé la mirada por aquel espacio contenido por cuatro paredes (que parecían 3 por la pared de vidrio) para distinguir a mis compañeros. Los reconocí a casi todos, creo que menos a uno. Estaba sentado al otro lado de Gonzalo, un poco moreno, delgado, rostro duro, como una madera tallada, pero sin lijar, sin suavizar ningún borde, estatura media, inexpresivo, buen vestir, buen sentar, buen vivir. Sacó un estuche de cuero, muy fino, muy elegante para mi gusto, muy ordenado. Entonces comencé a divagar entre mis prejuicios: si es chileno es gay, si no es gay es europeo, probablemente francés. Salí de mis divagaciones solo cuando el profesor pidió con amabilidad que alguien apagara la luz para poder proyectar unas diapositivas. Fue solo entonces cuando miré al profesor. Lo había visto ya en la Universidad, pero esta vez lo tenía más cerca. Si nunca hubiese visto un retrato de Edgar Allan Poe y me hubiesen pedido retratarlo según sus poemas, lo hubiese dibujado parecido a este profesor, si es que no igual. Vestía prendas oscuras, lo que en conjunto con su cabello negro y sus ojeras, contrastaban el blanco de su piel. No es que dé un aire de oscuridad y misterio, por una parte sí, pero su semblante lo contrarrestaban. Hablaba con mucha seguridad, su voz era algo profunda, no muy grave, pero intensa, abarcaba toda la sala y podría abarcar mucho más. Se explayaba con mucha naturalidad, como si fuese una presentación ya presentada muchas veces y claro que así lo era, se trata de un curso semestral. Entonces distintas preguntas me asaltaron: ¿qué tanto innovará su clase semestre tras semestre?, ¿utilizará siempre las mismas palabras, el mismo temario, el mismo entusiasmo?
Nos otorgaba nuevos significados; ¿qué es una imagen?, ¿qué es el arte?, ¿qué es el espacio?, ¿qué es lo público? El constructo social de nuestros pensamientos y creencias... muchas reflexiones que de forma vaga había tenido con un antiguo amigo, pero esta vez eran reflexiones con nombre y apellido. Cuando se nombra algo se hace todo más claro, porque se vuelve una definición; es esto y no lo otro. El profesor se paseaba frente a la proyección de sus diapositivas mientras verbalizaba sus ideas, se acercó a la mesa más próxima y la golpeó con suavidad al realizar una sentencia, »la imagen es - hizo una pausa como retomando aire que le faltaba- es el lugar de los síntomas de una sociedad.« Me confundí. Nos mostró un video sobre la accidental destrucción de una imagen venerada por la iglesia y sus creyentes. En efecto, la adoración de la representación de un Cristo como un síntoma social de la necesidad de dar presencia a la ausencia de un ser divino. Lo comprendí... creo que lo comprendí. El video causó un par de risas y tomando aquella reacción el profesor hizo una pregunta. No recuerdo cual fue, pero un rusio sentado frente mío dio su respuesta en base a su opinión. No dijo nada muy disparatado y me sorprendió, lo prejuzgué por su apariencia de hijito de papi. Entonces me di cuenta de lo prejuiciosa que suelo ser, sin embargo acierto un par de veces.
La clase se desplegó en un debate poco participativo por parte de los alumnos, fue salvado por el rusio y un compañero ya más adulto que mencionó que ya estaba casado y todo eso. Sentí el agrado por parte del profesor hacia aquel compañero, supuse que era por sus aportes. A mi también me agradó. Podría decir que el rusio también aportaba, pero no me agradó.
El profesor siguió su paseo por frente a la proyección, se quejó porque el interruptor de la luz no estaba a su alcance y comenzó un ir y venir entre su computador y la mesa más próxima. Entonces me percaté de la huincha aisladora gris que crucificaba la manzana de la carcasa del computador, ocultando lo que evidenciaba que se trataba de un Mac. Me pregunté si acaso eso era parte de su discurso dado esa clase sobre lo que es la imagen. Si algo quería expresar con la negación de todo lo que conlleva el portar una ícono tan distintivo, tan venerado como aquella representación de Cristo, ¿era acaso algún tipo de revelación?, ¿o quizá solo le era molesta la luz de la manzana?
Se acercaba la hora de término. El profesor le dio la palabra a una joven de lentes sentada muy próxima a la pared de vidrio. Comenzó a dar una serie de aclaraciones. Supuse que se trataba de la ayudante debido a su desplante y por el tipo de puntos que aclaraba con tanta propiedad. En eso me enteré de que esa era la segunda clase, que falté a la primera por confiar en terceros con el comunicado de que los seminarios empezaban esa semana y no la pasada. Me enteré de que había que leerse unos textos que nunca me llegaron por no haber ido a la primera clase que nunca supe que hubo. Y finalmente me enteré de que el compañero pulcro era francés y quizá también gay. Escribí en mi cuaderno ‘el arte privado mata al arte’, digiriendo la última sentencia que me quedó grabada por medio del comprendimiento de la función social, cultural y política del arte, siendo éste un elemento de diálogo que al ser privado, priva todo lo social que le es atingente. Con eso recordé a mi madre pintando flores los Domingos. ‘Mi madre mata el arte’, escribí. Guardé mis cosas, me paré… detuve todos mis movimientos, luego me senté, saqué mi cuaderno con un lápiz y escribí ‘¿arte funcional?’, ‘arte funcional = ¿diseño?’. ¿Puede ser el arte funcional y seguir llamándose arte? Lo reflexioné hasta recordar que debía ir hacia el profesor para que me pusiera presente. »Mellado« dije. El profesor, con su poco desplante de Edgar Allan Poe repitió »Mellado«, registrando mi existencia en la clase con un lápiz pasta azul. Agarré mi bolso junto a todo mi desorden y me fui.
por qué has dejado de escribir?
no he dejado de escribir, me da pajita transcribirlo al tumblr
Textile sample with design of cherry tree and suspended curtain for “flower viewing” (hana-mi) in white, pink, purple, green, blue, brown and gray, created by the yûzen technique. 19th century, Japan. William Sturgis Bigelow Collection; gift of William Sturgis Bigelow to the MFA in August, 1898
William Sturgis Bigelow Collection
stgo
Santiago no es tan feo cuando el lamento nocturno se ve comprendido por sus callejas oscuras, sus luces rotas y el tropiezo citadino. Santiago, en realidad, es el cobijo más dulce del alma precaria.
Classical Paintings in Modern World
Ukrainian artist Alekey Kendokov, well-known for his surprising insertions of classical paintings characters in modern settings. Here, masterpieces’ characters find themselves in the streets of Kiev, to discover.
26
Cada 26 de Octubre sentí que era peor que el anterior, porque cada año me volvía más antisocial, porque cada año mi madre creía que resultaba una gran idea hacerme un cumpleaños sorpresa con esas compañeras que nunca me agradaron. Creo que para ese entonces no había cosa que me desagradara más que hubiesen personas en mi casa, en mi pieza, en mi hogar. Fuese quien fuese, que no me agradaran lo hacía peor. Solo cuando fui capaz de decirle a mi madre que no me interesaba hacer ningún tipo celebración, tuve un poco de tranquilidad para esa fecha. Pero para este 26 de Octubre todo cambió. Independiente del significado del día (al cual en realidad no le otorgo significado alguno), nunca había querido tanto estar con alguien y no haber podido. Esta ausencia me está ahogando. Ignoro por qué registro esto, quizá solo porque me siento rota y no quiero olvidarlo.
the house from Wes Anderson’s ‘Moonrise Kingdom’