¡Qué hay, gente!
¿Alguna vez os habéis preguntado cómo es en realidad la vida de Megara Prynce? Pues bien, yo os lo diré, porque soy una de los que está a su alrededor. Hablo de quienes hemos nacido con la vida resuelta, los que tenemos todo lo que uno podría desear y consideramos totalmente normal que así sea. Bienvenidos al mundo de la élite, donde mis amigos y yo vivimos y vamos a clase, jugamos y dormimos —a veces con algún otro del grupo—. Todos vivimos en enormes casas con nuestras propias habitaciones con cuarto de baño y lechuza privada (lease esto a lechuza para el único uso de uno mismo). No tenemos ninguna limitación ni de dinero ni de bebida, ni nada de lo que se nos ocurra, y nuestros padres casi nunca están en casa, así que disfrutamos de vida privada a mogollón. Somos listos, hemos heredado la belleza clásica, llevamos ropa fantástica y sabemos pasárnoslo bien. Todo eso no quita que nuestra mierda siga oliendo, como la de cualquiera, pero no se huele porque cada sesenta minutos un elfo –o Dorota en el caso de Megara–, pulveriza el cuarto de baño con una esencia purificadora que nos fabrica en exclusiva algún perfumero francés. Pero aún así… Algo sigue oliendo mal.








