En el marco de este 24 de marzo quiero compartir algo muy personal.
Hay desaparecidos en mi familia. No uno, sino varios. (No voy a dar muchos detalles para preservar mi anonimato)
El más cercano a mí es mi bisabuelo. Fue secuestrado en el 78, junto con otros miembros de la familia. Hace unos cuantos años, sus restos fueron recuperados en una fosa común.
Yo siempre supe esto. El hecho de que había sido secuestrado, asesinado y desaparecido durante la última dictadura nunca fue un secreto.
Lo que no formaba parte del relato familiar era otra cosa: que había sido militante peronista, un militante peronista de izquierda.
Eso lo descubrí hace un par de años, leyendo una nota. Ahí figuraba su nombre, junto al de otros compañeros de militancia.
No creo que haya sido un ocultamiento deliberado. Más bien una omisión. Como si no fuera algo digno de ser dicho. Como si hubiera partes de su vida que no encajaban en la memoria que se podía transmitir.
Y, sin embargo, ese dato cambió todo.
De repente, muchas cosas empezaron a cobrar sentido... A tomar forma.
Hasta ese momento, su nombre había sido para mí una ausencia abstracta.
Un hueco cargado de un dolor silencioso.
De historias perdidas, de experiencias nunca contadas, de cosas calladas.
Un dolor tan grande que, de alguna forma, se transmite entre generaciones.
Pero ahora esa ausencia tenía contenido.
Tenía una militancia, una causa, ideales, un compromiso político.
Hasta entonces, yo me sentía el raro de la familia: la oveja roja, el zurdito, el que estaba fuera de lugar.
Ni mis padres ni mis abuelos fueron militantes ni particularmente activos en política. No crecí yendo a marchas, ni en asambleas, ni en ollas populares.
Y aun así, siempre tuve un fuerte sentido de justicia. En la adolescencia eso empezó a tomar forma, y hoy, como universitario, milito.
Saber que hubo alguien antes que yo, en mi propia familia, con convicciones parecidas, con un compromiso real, cambia algo profundo.
Sé que la imagen que tengo de él es necesariamente incompleta, incluso idealizada.
Siguen faltando partes de su historia, partes que tal vez nunca conozca.
Pero me gusta pensar que no somos tan distintos. Que, si el pudiera verme, tal vez sentiría algo de orgullo.
Que, de alguna manera, en mi propia militancia hay también una forma de encuentro. Una forma de memoria.
Y quizás, también, una forma de homenaje.