Permaneció inmóvil durante unos cuantos segundos, no esperaba la efusiva unión de sus bocas otra vez, mas ni bien se aclimato rodeó el cuello del muchacho con una de sus manos, profundizando el beso, esperando que no estuviesen cometiendo un error. Suspiró con disimulo al separarse y con timidez desvió la mirada. Lo miro nuevamente ni bien éste comenzó a hablar, todo lo que decÃa el ruloso le ponÃa los pelos de punta, mas le costaba creer en sus palabras. Asà mismo, acarició los labios ajenos con uno de sos dedos, tanteando la textura con delicadeza. No respondió a los halagos, después de todo gran parte de ella no le creÃa. Pero eso sÃ, administró un golpe en el hombro del joven ni bien continuó hablando–. Eres un idiota –murmuró con una sonrisa en su rostro–. De hecho te contaré algo en lo que estuve pensando en estos dÃas…¿qué hay del celibato? Honestamente serÃa un monja perfecta…tendrÃa un hogar gratis, podrÃa fantasear secretamente con los curas…. –comentó fingiendo seriedad–. ¿Tu qué opinas?
Sus ojos verdes se desviaron durante unos segundos al pulgar de la rubia, que en ese momento trazaba la curva de sus labios. Contuvo una sonrisa ante el extraño cosquilleo que le produjo una acción tan simple como aquella, no podÃa explicarse qué era lo que tenÃa la rubia pero en muy poco tiempo lo habÃa cautivado y eso en parte lo tenÃa algo asustado. Frunció el ceño al notar el tono inquisitivo en sus palabras y se obligó a sà mismo a regresar a la realidad, ya que no habÃa prestado atención por hallarse perdido en sus propios pensamientos—. ¿Qué decÃas? ¿Una monja? —la observó a los ojos, algo desconcertado—. No durarÃas siquiera tres dÃas. Estoy seguro de que te obligarÃan a dejar el oficio por tentar a los sacerdotes —bromeó, esbozando una pequeña sonrisa—. Pero en serio, ¿qué profesión... tienes en mente? —inquirió, ya que la duda lo asaltaba y prácticamente no habÃa nada de Circe que no ansiara conocer.








