—Gracias —respondió, aunque Zed ya lo sabía. Era un regalo de su padre, y el único que tenía para continuar el vicio que él dejó y mantener su legado. Era buena con la mecánica, incluso le agarró cierto amor a esa ingeniería. No era difícil, después de todo, las máquinas eran más fáciles de entender que las personas. Sin embargo, llegado a ese punto, Zed no podía estar segura si la contraria estaba haciendo todo a propósito. Qué desesperante—. Así es. Y, sí, lo sé. —La veía de reojo cuando tenía que salir del salón, o para tomar su mochila. Pero jamás prestó demasiada atención—. ¿Necesitas que te lleven a casa? —Preguntó, curiosa. De lo contrario, se habría ido a su auto para marcharse.
No tenía que agradecerle, pero asintió de igual manera para no ser descortés. Luego, bajó la mirada hasta sus pies, ni siquiera debía de haber aclarado su nombre, se veían casi a diario, apenas dirigiéndose la mirada. Aunque algo era algo. No obstante, pensó bien en la respuesta que iba a darle. ¿Lo necesitaba? Podía jurar que vio algo de humo salir de el motor esa misma mañana, y temía quedarse a mitad de camino cuando una de las pocas cosas que quería era tirarse en una cama y dormir hasta el fin de los tiempos. Menos aún tenía ganas de correr, por más rápido que pudiera hacerlo con su habilidad. —¿Te estás ofreciendo acaso?














