⋆˙⟡ Recuerdos. ⋆˙⟡ — Ninjago: El Ascenso de Los Dragones—, Llorumi Slow born
Los recuerdos son un arma letal que se puede usar contra cualquier ser pensante: son cortometrajes que pueden avivar la llama del dolor, el amor, la nostalgia.. o tantas otras emociones que una persona guardar en su interior, a veces, sin llegar a revelar jamás a nadie la completa verdad.
Esas sensaciones, a menudo, teñidas con nostalgia ciegan al ser humano de ver la verdadera naturaleza de las personas que los rodeaban entonces. Para bien o para mal, son la marca de quiénes eran, lo que representaban.
Cuando se está confundido, esos recuerdos, solo pueden adentrarte más y más en un laberinto creado por variables que, creadas de forma inconsciente, siempre llevan a la misma respuesta; a la misma situación, al mismo problema, al mismo "tal vez si...".
Un bucle que puede atormentar a quien no lo domine. Y, con un golpe de suerte, quizá esos recuerdos se borren algún día y se vuelvan tan lejanos como las estrellas en el inmenso espacio.
Existe un refrán que dice «uno siempre vuelve a donde fue feliz» pero, ¿qué pasa si esa felicidad efímera no fue suficiente para ser el parche del dolor y temor que siguió?
¿Qué pasa si la inseguridad es aún más grande que el devoto corazón que ahora no puede hacer más que doler en un profundo silencio?
No hay peor cosa que un corazón roto dicen por ahí; sus retazos, crean obras mucho más abstractas, más difíciles de entender y, observar sin sentir el peso es una señal de la falta de ponerse en el lugar del otro en ese momento, o la inmunización a ello.
Ahora, tantos años después de que la oscuridad casi corrompiera el núcleo del héroe más puro de los Dieciséis Reinos; ya no había una puerta abierta para la mujer que lo intentó empujar al abismo entonces.
Y "era mejor así", o eso intentaba Harumi decirse a sí misma cada vez que veía a los ojos al hombre cuyo corazón se encargó de romper con sus propias manos. Ese color verde, esos rasgos suaves al mirarla pero cansados de todo hacían que su pecho se apretara lo suficiente para incomodarla.
Había aprendido a luchar contra las sensaciones así, pero qué sentido tenía usar un telón si el hombre rubio podía simplemente abrirlo después de la función como si fuera dueño del teatro.
La Fusión, dicha de la manera informal, fue una expansión masiva en la geografía del mundo. El Primer Maestro de Spinjitzu había meditado hace mucho, previendo el futuro, en el que cada reino chocaría entre sí; hasta que solo uno quedara.
La separación del equipo original de Ninjas fue un problema, no solo porque no podían comunicarse y reunirse para organizar misiones, sino porque en esa separación se forjaron fuerzas mucho más peligrosas que no pudieron ver a tiempo; nadie los culpaba -o casi-, habían estado esperándolos con la fe suficiente para que estuvieran sanos y salvos aún desde las sombras y para que restablecieran el equilibrio:un equilibrio que ya no existía.
Lloyd, Kai, Nya, Zane, Cole, Jay; cada uno enfrentando desafíos personales en esos cinco años. No solo poniendo a prueba su identidad, sino su reciliencia y meta de volver a su hogar con sus seres queridos.
Cuando se sentían cansados, sin desear avanzar más, porque el aliento les faltaba; pensaban que, el premio sería volver a dormir con ellos cerca, oír sus tontas bromas, confiar en que si se daban la vuelta nada los lastimaría.
Cuando la Coalescencia ocurrió, Harumi enfrentaba su condena en la prisión Kryptarium; una sentencia que aceptó de forma pacífica tras ayudar derrotar al Rey Cristal. Había llegado hace ya un año, y estaba en su receso tras el trabajo en recolección de basura, en el patio admiraba el atardecer victorioso; había visto una noticia acerca de los Ninjas derrotando un enemigo.
El cielo se quebró de repente, abriéndose con inmensas grietas en las que podías ver dimensiones paralelas a Ninjago, el suelo temblaba y todo empezó a ser un caos.
—¡¿Qué está pasando?!—exclamó uno de los presos que estaba pocos metros más adelante de la mujer peliblanca.
El viento parecía gritar, siendo difícil escucharse unos a otros sin repetir las cosas a medio grito. Algo estaba mal, muy mal, y Harumi lo sabía. Había visto con sus propios ojos catástrofes creadas apropósito, pero ¿eso? Eso era distinto a cualquier portal abierto de forma intencional.
—Mantengan la calma—pidió uno de los oficiales que vinieron con prisa a guiarlos hacia adentro de la estructura de seguridad—. Adentro es más seguro para todos.
—Los Ninjas se encargarán de esto.—agregó el sheriff, el hombre mayor tenía la esperanza, o quizá la certeza, de que los maestros elementales podrían encargarse antes de que fuera demasiado tarde.
Pero entonces, ocurrió; las grietas absorbieron lo que pudieron antes de desaparecer de golpe y dejar tierras inmensas y cosas antes impensables.
Nadie pudo explicar qué pasó, ni dónde estaban los Ninjas ahora. Pero lo que antes era el corazón de un vecindario, se convirtió en la Encrucijada; una bifurca que unía a muchas personas que comerciaban y niños que perdieron a sus familias.
Muchas cosas se volvieron extrañas y al mismo tiempo normales. Ella, que antes permanecía en un lugar donde no podía lastimar a nadie de nuevo, ahora estaba sola entre tierras sin explorar y con la oportunidad de empezar una nueva vida.
Al principio fue difícil claro que sí, pero bajo una identidad nueva, Hana, pudo pasar desapercibida entre la multitud confundida. Admitía que ella también lo estaba, pero quien sobrevive no siempre es el fuerte sino el que se adapta al cambio.
Mantuvo el blanco de su cabello durante un año, pero no quería ser identificada ahora que muchos no conocían su historia y solo la oirían de rumores o casi leyendas; lo tiñó de castaño y con ropa modesta de civil ya era alguien más.. por fuera.
En medio de su nueva vida encontró a alguien que la aceptó sin presionarla, estando ahí sin importar qué y viéndola realmente. Harumi no creía que lo mereciera, probablemente era un capricho egoísta; porque era similar a él, no en apariencia, pero sí en la esencia del corazón, era como una versión antes de que ella arruinara la cosas.
Ethari, así se llama. Era un hombre generoso, gentil, noble.. Aunque no era un guerrero, estaba dispuesto a luchar por quienes aprecia.
Pero cuando buscas a alguien en un espejo borroso por la diferencia de temperatura, entre el frío pasado y el abrasador futuro, nunca estarás satisfecho con lo que ves, porque podría ser mejor. Pero no lo será hasta que limpies el espejo.
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La brisa de una mañana de otoño se coló por la ventana entreabierta, haciendo que la mujer redimida se estremeciera entre las sábanas grises de su cama. El sol apenas comenzaba a insinuarse en el horizonte, pero la alarma le recordaba que debía madrugar. Eran las 4:30 A.M.; conocía bien el estricto horario de los Ninja. Si no se levantaba ahora, no lograría alcanzarlos a tiempo.
Aún adormilada, se movió intentando mantener los ojos abiertos.
—Son rápidos... tienes que levantarte —se susurró a sí misma, dándose ánimos.
Con pesadez, se sentó al borde de la cama y estiró los músculos antes de dirigirse al baño. Su gata blanca, Kyo, se desperezó ruidosamente antes de seguirla con un maullido persistente.
—¿No te habías ido con tu amiga? —inquirió ella, agachándose para acariciar el lomo del felino.
Aunque se tomó el tiempo necesario para prepararse mentalmente, el temor seguía allí, latente en su estómago. Temía que el equipo no estuviera dispuesto a escuchar lo que había descubierto en los últimos meses: una amenaza nacida de la Magia Oscura, impulsada por personas capaces de cualquier cosa por poder y por amor. Un amor tan asfixiante que se orillaba a lo peligroso, a lo ruin.
Harumi sabía que, para salvar el equilibrio que quedaba, tendría que enfrentarse no solo a esos nuevos enemigos, sino al hombre que, incluso en silencio o distancia, seguía siendo el dueño de su teatro personal.