El perdón del fratricidio
Arie Moisés Brito Macín
“Sigan amándose unos a otros fraternalmente. No se olviden de practicar la hospitalidad (…) Acuérdense de todos los presos, como si ustedes fueran sus compañeros de cárcel, y también de los que son maltratados, como si fueran ustedes mismos los que sufren” Hebreos 13:1-3
No hay pregunta que deba cernirnos más, que la que le hizo Dios a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”. El pecado de Caín es el fratricidio, el asesinato del hermano. Este pecado al menos tiene dos dimensiones a considerar; por un lado, el fratricidio carnal, o el fratricidio propiamente dicho, que se refiere al acto físico del asesinato, el derramamiento de sangre: “La tierra (…) ha abierto sus fauces para recibir la sangre de tu hermano, que tú has derramado” (Gen 4:11).
Por otro lado, está el fratricidio del que nos habla Jesús en el sermón del monte: “Ustedes han oído que se dijo a sus antepasados: ‘No mates, y todo el que mate quedará sujeto al juicio del tribunal’. Pero yo les digo que todo el que se enoje son su hermano quedará sujeto al juicio del tribunal. Es más, cualquiera que insulte a su hermano quedará sujeto al juicio del Consejo. Pero cualquiera que lo maldiga quedará sujeto al juicio del infierno” (Mat 5:22). Una forma de definir esta especie de homicidio sería como fratricidio espiritual.
Ambas distinciones (fratricidio carnal y espiritual) son únicamente distinciones formales de la acción, porque para el pensamiento judío no hay tal distinción. El hombre no es únicamente basár (carne) o ruaj (espíritu), sino néfesh, que es la integridad de la existencia humana. El hombre, en este sentido, es carne-espiritual ¿Qué quiero decir con todo esto? Que ante el tribunal de Dios el fratricidio carnal y el espiritual tienen el mismo peso. Ambos actos “reclaman justicia” (Gen 5:10). El pecado que se ejerce se ejerce contra la totalidad del prójimo. Nos adueñamos de la existencia del otro.
Vemos que el fratricidio no solo es un acto externo. Como todo pecado, su origen está en el corazón, por eso Jesús dice: “el que se enoje con su hermano quedará sujeto al juicio”, esto es porque “la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere” (Sant 1:20)
Recordemos, por ejemplo, la relación de Jacob y Esaú. Cuando, a base de engaños, Jacob se quedó con la bendición del padre, en vez de habérsela quedado Esaú (quien según la tradición era quien la merecía), comenzó una rivalidad perversa:
“A partir de ese momento, Esaú guardó un profundo rencor hacia su hermano por causa de la bendición que le había dado su padre, y pensaba: ‘ya falta poco para que hagamos duelo por mi padre; después de eso, mataré a mi hermano Jacob” (Gen. 27: 41).
No negamos la perversidad de Jacob al engañar a su padre para recibir la bendición. Pero tampoco la perversidad de Esaú al maquinar la muerte de su hermano.
También hubo rivalidad entre Raquel y Lea: “Cuando Raquel se dio cuenta de que no le podía dar hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana y le digo a Jacob: --¡Dame, Hijos! ¡Si no me los das me muero!”, y a lo largo de Genesis 30 no podemos negar una tención en su relación. Por ejemplo, cuando Lea le dice a Raquel: “¿Te parece poco haberme quitado a mi marido, que ahora quieres también quitarme las mandrágoras de mi hijo?”.
Podemos ver que en los tres casos presentados la envidia por la bendición antecede al fratricidio. Caín mata a Abel porque Dios mira a éste con agrado, Esaú quiere matar a Jacob por recibir la bendición de su padre, y Raquel envidia a Lea porque Dios le ha bendecido con hijos, y podrías agregar el caso de José y sus hermanos quienes sentían celos de él. A grandes rasgos, envidiamos porque no aceptamos lo que Dios nos da, ni hacemos lo que demanda de nosotros.
Uno podría preguntarse ¿quién es aquel a quien llamamos hermano? El primer nivel de la hermandad es la relación de la familia carnal. Hasta ahora sólo hemos abordado el fratricidio sanguíneo. Es decir, el que se gesta, desarrolla y consume en una familia nuclear. Pero el hermano no solo es el hijo de mi padre, sino todo prójimo.
1. Las consecuencias subjetivas del fratricidio
Cuando Dios enfrenta a Caín no lo mata, de hecho, protege su cuerpo (“Entonces el señor le puso una marca a Caín, para que no fuera a matarlo quien lo hallara”). No obstante, la condena que sufre es más fuerte: “‘Hoy me condenas al destierro, y nunca más podré estar en tu presencia’, (…) Así Caín se alejo de la presencia del Señor”.
El homicidio del hermano produce el pesar más grande; la ausencia de Dios en nuestras vidas. Resulta lógico entonces la enseñanza de Cristo:
Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:23-24).
¿Cómo daremos ofrendas a Dios si no estamos ante su presencia? He ahí la contradicción del cristiano fratricida.
“Jesús está convencido de que no hay relación con Dios sin la premisa del amor al prójimo y al hermano (…) La consecuencia de esto es muy clara, aunque dura: no hay ninguna relación religiosa que sustituya lo que hemos de hacer, cada uno, por el otro, porque para ser verdaderamente humanos hay que asumir, de forma personal, al otro como hermano.” (Luciani, 2019).
El fratricida es un fugitivo errante. Es consciente de su pecado, pero vive cargando con ello. Por eso Jacob “sintió mucho miedo y se puso muy angustiado” al estar por ver a su hermano nuevamente. Así, las dos grande consecuencias del fratricidio son la división del hombre con el hombre, y la de Dios con el hombre. Caín y en general, el fratricida, es un fugitivo errante y solitario que espera una condena.
2. El sacrificio de Cristo y el perdón del fratricidio
¿Cómo cargar con todo este peso? ¿Cómo liberarnos este yugo opresor que nos aleja de Dios y de nuestros hermanos? ¿Es posible la reconciliación? La biblia demuestra que sí:
Jacob, por su parte, de adelantó a ellos, inclinándose hasta el suelo siete veces mientras se iba acercando su hermano. Pero Esaú corrió a su encuentro, echándole los brazos al cuello, lo abrazó y lo besó. Entonces los dos se pusieron a llorar. Luego Esaú alzó la vista y, al ver a las mujeres y a los niño, preguntó: --¿Quiénes son estos que te acompañan? –Son los hijos que Dios le ha concedido a tu siervo” (Gen 33:3-5).
Situación no muy distinta es la de Josué y sus hermanos:
“Cuando se dio a conocer a sus hermanos, comenzó a llorar [muy fuerte…] y abrazó José a su hermano Benjamín y comenzó a llorar. Benjamín, a su vez, también lloró abrazando a su hermano José. Luego José, bañado en lágrimas, besó a todos sus hermanos” (Gen 45:2, 14-15).
No cabe duda de que el arrepentimiento es un regalo de Dios. De hecho, Jacob tuvo que luchar con Dios para reconocer en su hermano el rostro de Dios. En el versículo 30 del capítulo 32 de Génesis Jacob dice “he visto a Dios cara a cara, y todavía sigo con vida”, y más adelante en el 33:10 exclama al reconciliarse con su hermano: “¡Ver tu rostro es como ver a Dios mismo!”. Esta expresión, claro está, no podía hacerla sin antes haber visto a Dios. De la misma firma, José reconoce que “fue Dios quien me envío aquí, y no ustedes”. En la reconciliación de los hermanos Dios se manifiesta poniendo en nuestros corazones la dignidad que el otro merece.
La responsabilidad de ser “guardas de nuestro hermano” se vuelve universal en el sacrificio de Cristo, y a su vez solo mediante él esto es posible: “En su nombre se predicarán el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones”.
A su vez, el sacrificio de Cristo es la inversión del acto de Caín. Si éste mata para satisfacer sus pasiones carnales, aquel se sacrifica por la resurrección de otro. Solo mediante él es posible el camino al Padre, que es el camino al amor, y por este amor podemos amar a los otros. El sacrificio de Cristo reinstituye la relación filial.
La carta a los hebreos exalta esta virtud del sacrificio de Cristo:
“Tanto el que santifica, como los que son santificado tienen un mismo origen, por lo cual Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos, cuando dice: ‘proclamaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré’ (…) Por tanto, ya que ellos son de carne y hueso, el también compartió esa naturaleza humana para anular, mediante la muerte, y librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida [a Caín y a los fraticidas, en este caso] (…) Por eso era preciso que en todo se asemejara a sus hermanos, para ser sumo sacerdote fiel y misericordioso al servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo. Por haber sufrido él mismo la tentación, puede socorrer a los que son tentados” (Heb 2:11-12).
¿Estas enojado con tu hermano? ¿Has maldecido a tu prójimo? Cuéntaselo a nuestro redentor, porque el “puede socorrer a los que son tentados”. Gracias a su sacrificio podemos y debemos expresarle a nuestro hermano: “ver tu rostro es como ver el rostro de Dios mismo”, en tanto que vemos en él la dignidad que desde el principio se nos fue dada.
3. Nuestra Obligación
La paz en la vida filial es indispensable en la vida del discípulo de Cristo, y esta hermandad no debe limitarse a términos sanguíneos. Hebreos también nos dice “sigan amándose unos a otros fraternalmente”. En este sentido, el amor fraternal es un mandato divino. De hecho, el segundo mandamiento más importante es: Ama a tu prójimo como a ti mismo ¿y quién es más próximo que nuestro hermano?
Recordemos, hermanos, que la fe sin obras esta muerta. La carta de Santiago insiste en esta idea y nos exhorta a vivir con una fe activa en medio de la congregación:
“Hermanos míos, ¿de qué le sirve alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes le dice: ‘que te vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse’, pero no les da lo necesario para el cuerpo ¿de qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta” (Santiago 4:14-17).
Por eso la carta a los hebreos dice:
No se olviden de practicar la hospitalidad (…) Acuérdense de todos los presos, como si ustedes fueran sus compañeros de cárcel, y también de los que son maltratados, como si fueran ustedes mismos los que sufren” (Heb 13:1-3).
Hermanos ¿qué concluiremos? En primer lugar, que hemos sido fratricidas, que hemos matado a nuestro hermano en más de una ocasión. En segundo lugar, que Cristo ha sido crucificado para ser rescatado de esa condición de pecado. Que, por consecuencia, podemos arrepentirnos ante Dios y nuestros hermanos, y que tenemos una responsabilidad para con ellos; la de amar y servir.














