La red de refugios climáticos vasca crece, pero no al ritmo que exige el calor que ya define nuestros veranos. Esa es la advertencia que lanza Greenpeace tras analizar los 305 espacios habilitados en Bilbao, San Sebastián y Vitoria. La cifra supera a la de la mayoría de las capitales españolas, pero bajo esa aparente fortaleza se esconden grietas profundas que ponen en duda la capacidad real de adaptación urbana frente a las olas de calor. Un avance desigual: tres ciudades, tres realidades Bilbao suma 131 refugios climáticos, San Sebastián 94 y Vitoria 80. Son números que colocan a Euskadi a la cabeza de las pocas comunidades que han entendido que el calor extremo es ya un riesgo estructural para la salud pública: solo una de cada tres capitales de provincia en España cuenta con una red similar. Pero la cantidad no basta. Greenpeace denuncia que la calidad y la disponibilidad de estos espacios es tan irregular que, en algunos casos, la etiqueta de «refugio» se aplica a lugares que difícilmente cumplen su función. · Bilbao incluye en su red espacios bajo puentes o vestíbulos de pequeñas estaciones de transporte: zonas que no garantizan confort térmico ni, en muchos casos, condiciones mínimas de seguridad. · Vitoria reduce su red de 29 a solo 9 refugios durante agosto, precisamente cuando el calor aprieta con más fuerza y la población más vulnerable necesita alternativas accesibles. La conclusión de la organización ecologista es tan clara como incómoda: la red vasca es un paso, pero un paso insuficiente. El calor ya es una emergencia sanitaria La crítica de fondo va más allá del País Vasco. España suspende un año más en refugios climáticos. No solo por la falta de espacios, sino por la ausencia de criterios homogéneos, horarios adecuados y accesibilidad real. En un país donde el calor mata cada año a miles de personas, la adaptación no puede ser un gesto simbólico. La responsable de cambio climático de Greenpeace, Elvira Jiménez, lo formula con una claridad que debería incomodar a cualquier administración: «El verano que conocíamos ya no existe. El calor es un problema de salud pública que cada año mata en España a miles de personas y no estamos respondiendo a la velocidad que el cambio climático nos impone, ni para frenarlo ni para adaptarnos a sus impactos.» No es retórica: es un diagnóstico respaldado por datos. Refugios climáticos: ¿solución o parche? Los refugios climáticos nacieron como una medida de emergencia para proteger a quienes no pueden escapar del calor en sus hogares: personas mayores, familias sin aire acondicionado, trabajadores expuestos, personas sin hogar. Pero su eficacia depende de tres condiciones que Greenpeace considera aún insuficientes: · Accesibilidad real: deben abrir cuando el calor es extremo, no solo en horario administrativo. · Adecuación del espacio: un refugio no puede ser un pasillo, un puente o un vestíbulo sin ventilación. · Distribución territorial: tienen que estar cerca de los barrios más vulnerables, no concentrados en zonas céntricas. En Euskadi, como en el resto del país, la adaptación climática avanza, pero lo hace con la lentitud de quien aún no ha asumido que el calor ha dejado de ser un fenómeno estacional para convertirse en un riesgo estructural. Un país que llega tarde La crítica de Greenpeace no es solo técnica: es profundamente política. España ha tardado demasiado en reconocer que el calor extremo es una amenaza que exige planificación urbana, inversión y criterios comunes. Mientras, las olas de calor se intensifican, las noches tropicales se multiplican y la mortalidad asociada a las altas temperaturas crece año tras año. Euskadi, pese a estar por delante de otras regiones, no escapa a esta realidad. Sus refugios climáticos son un avance, sí, pero también un recordatorio de que la adaptación climática no puede depender de improvisaciones ni de espacios que apenas cumplen su función. El reto pendiente La pregunta que deja Greenpeace sobre la mesa es tan simple como demoledora: ¿estamos protegiendo a la población o solo generando la apariencia de...
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