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- Fecha de inicio: 8 de Octubre.
- Prólogo de la aventura: "Hogwarts, 13 de diciembre de 2019, tres minutos pasada la medianoche...
Un portazo y un grito despertaron al joven Albus Severus Potter de su apacible sueño y casi le hacen caer de la cama. Miró asustado alrededor: todos sus compañeros de habitación parecían estar tan perplejos como él, menos la marmota de Cedric, que seguía roncando.
Algo estaba ocurriendo fuera. Cuando empezó a desvelarse y a conectar los sentidos empezó también a oír gritos, ruidos de pasos apresurados y un llanto distante.
-¡Levantaos! ¡Levantaos, maldita sea! ¡Eh, tú, arriba! –Maya Baggins, una de las prefectas de su casa, entró como un torbellino en la habitación y, dirigiéndose directamente a la cama de Cedric, casi le da la vuelta al colchón para conseguir que éste cayese y no tuviera otro remedio que levantarse-. ¡Todos en pie y vestidos a la de ya! ¡Os quiero a todos abajo en dos minutos!
El apremio en la voz de la prefecta y su evidente nerviosismo pusieron a todos en marcha: era evidente que algo andaba mal. Nunca antes les habían despertado de esa forma en plena noche.
-¿¡Qué ocurre!? –gritó Albus en medio del griterío general que en cuestión de segundos se había instalado ya en la habitación, compitiendo con el ruido que venía de fuera.
-¡No hay tiempo! –contestó Maya, mientras se dirigía a la puerta y la cerraba tras de sí sin añadir nada más.
Algo iba realmente mal.
Albus intercambió miradas con sus compañeros de tercero de Gryffindor. La mayoría ya estaban asustados, a pesar de que apenas hacía un minuto habían estado durmiendo tan plácidamente como él, mientras que los más espabilados ya se habían quitado el pijama y trataban de vestirse a toda prisa. Decidió que lo mejor era imitarles.
En tres o cuatro minutos, él y el resto de los de su habitación (menos Cedric) ya habían bajado a la sala común… y era un caos. Casi todos los Gryffindors se encontraban allí, dando voces y hablando entre ellos. Algunos, los más pequeños, parecían terriblemente asustados, y alguno de ellos estaba llorando. La mayoría simplemente parecían confusos… Otros, los mayores, llevaban la varita en la mano, y parecían mirar con preocupación la entrada a la residencia, que estaba completamente abierta.
Y lo que hasta entonces sólo habían sido presentimientos obtuvieron por fin la primera prueba empírica de que esa noche algo en Hogwarts estaba yendo realmente mal…
Cuando Albus miró la entrada abierta de la residencia algo le llamó la atención, aunque tardó un momento en darse cuenta de lo que no encajaba: no sólo el cuadro de la dama gorda se hallaba abierto de par en par, sino que no había ni rastro de ella. El cuadro estaba vacío.
-¿Pero, qué…?
-¡¡VAMOS!!
Un grito, o casi más bien un rugido, salió de la garganta de uno de los presentes y tuvo el impresionante efecto de acallar a casi sesenta pares de labios que estaban moviéndose al mismo tiempo en la sala. Cuando casi todos los cuellos se giraron al unísono hacia el foco del grito, incluido el de Albus, se encontraron con la tristemente célebre figura del jefe de los prefectos de Gryffindor, Robert Stevenson, famoso por haber asesinado a sangre fría y ante medio colegio en abril del año pasado a un niño de la misma edad que Albus, y que pese a ello no sólo no le habían encarcelado más de dos o tres meses, sino que encima se le había otorgado el puesto de prefecto jefe de Gryffindor en una decisión que ni siquiera sus más allegados y defensores entre los compañeros de casa comprendían.
El nefario prefecto acababa de entrar en la sala, y movió con apremio una mano en un inequívoco gesto para que la gente le siguiera.
-¡Todo el mundo fuera! ¡Que cada prefecto se encargue de su grupo! ¡Venga, moveos ya!
Y antes de comprobar siquiera si se le estaba haciendo caso, Stevenson salió de nuevo por el vacío retrato y Albus lo perdió enseguida de vista.
La sala quiso llenarse de quejidos y de gente preguntando, ya fuera enfadada o espantada, qué estaba ocurriendo, pero los prefectos no lo permitieron. Actuando con presteza, se distribuyeron por la estancia y empezaron a dar órdenes para que la gente empezara a salir de allí.
-¡Todos en fila! ¡Venga, sin apretujaros, id saliendo! –ordenó otro de los prefectos. Maya, la chica que había despertado a los de su habitación, volvió a acercarse donde se encontraba el grupo de Albus, al que ahora también se habían unido las chicas de su edad y Cedric, y les ordenó ponerse en fila.
-Dejad las preguntas para después –les soltó, escondiendo el hecho de que ella tampoco tenía del todo claro qué es lo que estaba pasando en el castillo-. Ahora seguidme, y no os perdáis. Albus, tú cerrarás la comitiva, tienes menos tendencia a despistarte que otros de los de por aquí. Los demás, quiero que todos vigiléis al que tenéis delante y no permitáis que se salga de la fila. ¿Entendido?
Y les guió fuera de la sala común.
La oscuridad anegaba los pasillos y los hacía extraños e inquietantes. Aquellos no eran los anchos e iluminados corredores que estaban habituados a recorrer durante el día. El frío de esa noche hizo tiritar a la mayoría cuando apenas llevaban medio minuto fuera de la sala común, pero no era la temperatura el único motivo del temblor de los muchachos…
Mal.
Mal, muy mal.
Albus no podía quitarse esa palabra de la cabeza. Algo estaba mal, muy mal. Éste no era su Hogwarts… éste no era el castillo que conocía. El silencio era demasiado irreal, no era un silencio natural, sino más bien el silencio que se produce cuando un montón de personas intentan no hacer ruido al mismo tiempo. No era un silencio apacible, era un silencio ominoso… un silencio que presagiaba que algo terrible iba a ocurrir… o que ya había ocurrido.
Anduvieron en una oscuridad casi absoluta, disipada únicamente por la tenue luz que se colaba por las ventanas que iban encontrándose a su paso, porque en ningún momento Maya hizo el menor intento de intentar conjurar un Lumos, a pesar de avanzar con su varita en la mano en todo momento, y todos los que la seguían, en estricta y asustada fila india, no se atrevieron a hacerlo en su lugar.
De repente la comitiva se detuvo en seco y Maya alzó la varita cuando se oyó un ruido fuerte, prolongado, a lo lejos… muy a lo lejos. Quién sabía donde se había producido, pero durante un par de segundos el ruido retumbó en el pasillo, como si fuese un ente sin cuerpo desplazándose a través de ellos, hasta que se alejó corredor adentro.
-Vamos… -susurró la prefecta, y dio un tirón a la chica que tenía justo detrás suyo. A estas alturas el grupo se encontraba casi totalmente pegado los unos a los otros, por lo que ninguno necesitó más estímulo que aquel para seguir avanzando a paso rápido. Alguien empezó a sollozar en voz baja… y Albus contuvo las ganas que tenía de hacer lo mismo.
Pronto perdió la cuenta de los giros que tomaron durante su avance en la oscuridad, sólo sabía que no habían subido ni bajado ningún piso y que al parecer Maya sabía perfectamente hacia donde se encaminaba… o eso, o estaba avanzando muy decidida para que ninguno de ellos sospechara que lo hacía sin rumbo fijo… pero justo cuando esa inquietante idea empezaba a instalarse en su mente, la prefecta se detuvo de golpe y uno tras otro toda la fila de alumnos fueron chocando entre sí.
-Llegamos.
Albus miró hacia delante… apenas lograba percibir la silueta de Maya y los niños que iban más avanzados, y enfrente de ellos todo parecía negrura. Pero la prefecta dijo en voz alta y firme (mucho más firme de lo que él en esos momentos podría lograr) “¡Maya Baggins y tercer curso de Gryffindor!”, y de repente un rectángulo de luz se abrió ante ellos y dejó medio ciego al muchacho y, a juzgar por las quejas y tacos, a gran parte de sus compañeros de curso.
-¡Entrad, deprisa! –reconoció enseguida la voz que acababa de hablar. La había oído ya en varias ocasiones, entre ellas unos cuantos discursos de inicio y de final de curso.
Maya se hizo a un lado, con la espalda contra la pared y observando a su alrededor con la varita aún en alto, mientras Myrh Rowlands apremiaba a todos los del grupo a cruzar la puerta.
Uno tras otro, todos cruzaron el umbral que parecía separar la luz de la oscuridad y, tras Maya Baggins, el rectángulo de luz desapareció, sumiendo de nuevo a esos lúgubres y extraños pasillos en las tinieblas.
Un grito rasgó el aire, y nuevamente todo volvió a quedar en silencio… un silencio que presagiaba muerte."