Este depa me gusta. Más que eso: es mi lugar favorito en el mundo.
Llegar aquí me ha tomado diez años, así que me parece un buen momento para recordar los otros espacios que me han sostenido.
Hace una década, recién me había salido de la casa de mis adres para intentar ser adultx por mi cuenta. Vivía con Nodot, un chelista de mi universidad. Rentábamos un depa sobre la avenida Álvaro Obregón, en el centro de Cuernavaca. Apenas nos cruzábamos: él prefería dormir en casa de su novia, una chica diez años menor.
Desde mi ventana se veía el Jardín Borda, oscuro y silencioso por las noches. Me gustaba asomarme. Una vez soñé que Carlota, la esposa de Maximiliano, intentaba meterse por la ventana. Todavía me acuerdo del frío que sentí en ese sueño.
Mafer y yo habíamos terminado hacía poco. Ella ya vivía con su nueva novia. No nos hablábamos. Pero un día vi su coche estacionado justo debajo de mi ventana. Me paralicé. Había estado en su casa unos meses antes, me había invitado. Habíamos cogido. Me usó para ponerle el cuerno a su novia, y yo me dejé, aun con la herida abierta. ¿Cómo no me di cuenta de que vivía tan cerca?
Estuve ahí sólo tres meses. El tiempo justo para aprender a dormir sola.
Nodot me dio mi primer ácido. Me enseñó lo que era la libertad.
Después, Yoko me escribió. Había encontrado un depa unos metros más abajo, sobre la misma avenida. Tenía patio, y podía traer a Yul a vivir conmigo. Quería huir de la sombra de Mafer, y tener cerca a mi perro. Inmediatamente dije que sí.
Me mudé. Mis amigos de la universidad me ayudaron; en medio día ya estaba instalada.
El mejor recuerdo de esa etapa fue mi fiesta de cumpleaños, cuando tocaron los WAOW. Llegaron al menos cincuenta personas.
Pero fue un caos. Yoko tenía tres gatos. Yo tenía a Yul y a Antonieta, mi primera gatita. Cinco animales. Dos lesbianas inestables. Apenas sobrevivimos un año.
Yoko me enseñó a amar a Juan Gabriel y que dormir abrazada de un amigue no tenía nada de malo.
En esa época, mi papá compró un departamento en Lomas de Jiutepec, un barrio lejano, peligroso y aburrido. Ideal para sanar mis demonios y ahorrar dinero. Le pedí vivir ahí sin pagar renta por un año, y aceptó.
Fue la primera vez que viví completamente sola, y uno de los años más contrastantes de mi vida.
Estaba muy herida por lo de Mafer. Quería tenerla de vuelta a toda costa. Ella tenía muchos problemas con su pareja de ese entonces, Kendra, y a menudo venía a mi casa a beber y dormir. Pero ya no aceptaba que tuviéramos sexo.
Me confundía. A veces me reclamaba cosas. A veces quería ser mi amiga. Una noche, borrachas, me besó. Me desorientó tanto que decidí irme inmediatemente del lugar y manejar así, alcoholizada. Choqué mi combi del 86 contra una barda y me corté la pierna con las llaves que seguían puestas en la ignición.
Después de eso, me aislé como si fuera un monje en el Tíbet. Nada de sexo, correr diez kilómetros al día, trabajar, tocar el bajo. No más sufrimiento. Sobrevivir a la primera ruptura lésbica es casi imposible.
Jiutepec me enseñó a encontrarme a mí misme por primera vez.
Quería regresar a Cuernavaca. Cuando empecé a buscar, Vanessa; una conocida, me dijo que se iba a vivir a Canadá. Conocía bien su depa. Fue ahí, en el extremo final de la avenida Leyva, donde Mafer me besó esa fatídica vez y desde donde salí manejando, con el celular en la mano, hasta que choqué.
"Me interesa mucho", le dije. "Habla con tu casera".
Era un lugar hermoso, con balcón y una sala con ventanal. Casi acababa de llegar cuando publiqué una foto en Instagram. Fue entonces que Paco, el cantante de WAOW, me escribió para preguntarme si podía vivir conmigo. Dividiríamos la renta. Es un buen muchacho. Acepté.
Por esa época conocí a Mar. Y vamos a ignorar esa etapa entera de cinco años como si no hubiera pasado, ¿va?
Después de esa temporada oscura, cuando regresé a Cuernavaca, ya sabía a dónde volvería. Valeria, mi entonces amiga, rentaba dos departamentos en la misma vecindad y estaba por desocupar uno. Me era familiar: la había visitado muchas veces ahí.
Fue refugio y cárcel a la vez. Era pequeño y tenía poca luz, pero desde mi cama podía ver los árboles, y eso me bastaba.
Ahí vino a visitarme Macs. Ahí vino Idoia. Ahí llegó mi gato Popper a mi vida.
El int. 8 me enseñó que tengo muchísimo amor para dar, incluso después de haber perdido todo. Fue donde me encontré a mí misme por segunda vez.
Cuando Vale se mudó a la Ciudad de México, me dejó su depa: el interior 9. Es amplio, entra luz de sol y, por si fuera poco, tiene una terraza gigante donde puedo colgar una hamaca y plantar cosas para comer.
Aquí fue donde me encontré a mí misme definitivamente. Y donde decidí no volver a perderme.
Aquí están mis muebles, mis libros, mi música. Paso la mayor parte de mi tiempo en este cálido hogar.
Honestamente, no me quisiera ir.