El principio de la obsesión
Personajes: Spectra, Venezia (de Doi) y menciones sobre el hombre malo. Resumen: El inicio de la yanderificación de Spectra. (sorry not sorry)
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Era inevitable que ese encuentro llegara, aunque hice todo lo posible por retrasarlo. Ya conocía la reputación de mi compañera: Venezia. Italiana, pecosa, ruidosa, demasiado viva para un entorno como el nuestro. En cuestión de semanas se había ganado un lugar en el corazón de casi todos, como si aquello fuera un maldito patio de colegio y no un grupo de mercenarios que vivían con la muerte respirándoles en la nuca. No me interesaba su popularidad ni su encanto, lo único relevante, a mis ojos, era lo insistente que podía llegar a ser y el ruido constante que parecía seguirla a todas partes.
Yo no hago ruido. Yo observo.
Por naturaleza, o por pura supervivencia, soy una persona de pocas palabras. Mantengo mis relaciones estrictamente profesionales, no concedo charlas triviales ni doy opiniones innecesarias. Y aunque la mayoría de mis compañeros no son precisamente conversadores natos, algo cambiaba cuando ella entraba en la ecuación. Las risas subían de volumen. La tensión bajaba. La gente la miraba.
Por eso mismo la esquivaba.
Las miradas no son lo mío, prefiero evitarlas, prefiero evitarla.
Durante días me moví con más sigilo del habitual, elegí rutas distintas por la base y abandoné reuniones antes de que terminaran. No tenía ningún interés en descubrir por qué producía ese efecto en todos. Pero la evasión dejó de ser una opción cuando nos asignaron la misma misión.
Después de la reunión de estrategia, mientras el resto se dispersaba, la sentí acercarse antes de verla. Hay personas que alteran el aire a su alrededor; ella era una de ellas.
— Así queeeee tú eres Spectra~ — dijo con su voz cantarina, colocándose demasiado cerca e inclinándose apenas hacia mí, las manos ocultas tras la espalda — Vaya… eres incluso más misteriosa de lo que me habían dicho. Me encanta.
Invadió mi espacio personal como si la proximidad fuera un concepto negociable.
— Mantén las distancias —respondí sin mirarla directamente.
Lejos de incomodarse, pareció divertirse. Pude imaginar la sonrisa ampliándose bajo su máscara.
— Uy, ¿te he intimidado? Perdona~ — dijo a modo de broma, quiero creer.
Su tono ligero, casi burlón, no me impresionó. Agradezco el silencio, el respeto, incluso la desconfianza; la desconfianza mantiene a la gente a una distancia prudente. Pero Venezia no parecía entender ese idioma, y eso me irritaba.
La irritación, sin embargo, dio paso a algo más complejo: curiosidad.
Lilith, porque ese era su verdadero nombre, bromeaba con todos y sobre todo, sin descanso. Excepto cuando creía que nadie la observaba. Desearía no haberlo notado, pero llevo años sobreviviendo gracias a detectar esas grietas: sonrisas que se apagaban medio segundo antes de tiempo, bromas que aparecían justo después de un comentario incómodo, miradas vacías cuando pensaba que estaba sola. Aquello no encajaba con la imagen superficial que había construido de ella. No era ingenua ni simplemente ruidosa; estaba sobreviviendo, igual que yo.
Y ese reconocimiento despertó algo peligroso en mí.
Porque yo también aprendí a sobrevivir. La diferencia era que yo lo hacía desde el silencio y la sombra, y ella desde la luz y la risa.
El punto de quiebre llegó una noche en la que la vi con él. Demasiado cerca. Demasiado posesivo. Su mano en la cintura de Lilith como si fuera un trofeo, la forma condescendiente en que le hablaba, como si la estuviera tolerando en lugar de respetarla. Presencié una de sus tantas discusiones, ella reía como si nada ocurriera, quitándole hierro al asunto, mientras él apretaba los dientes con una tensión que resultaba evidente. Entonces lo vi: la sonrisa forzada, apenas perceptible, pero ahí estaba.
Sentí algo que no esperaba, sentí ira. No la ira fría y calculada que utilizo en combate, sino una visceral, brutal e instintiva. Lilith no merecía que la destrozaran por dentro mientras fingía que todo estaba bien, y mucho menos por alguien como él. Fue en ese momento cuando nació la obsesión, una obsesión que intenté disfrazar de vigilancia profesional. Empecé a observar a quienes la rodeaban, a investigar discretamente, a analizar patrones y anticipar posibles amenazas. Ella no tenía idea. Para cualquiera que nos mirara desde fuera, yo apenas le dirigía la palabra. La verdad era que la observaba constantemente.
Aun así, ella no se rendía.
Después de una misión especialmente complicada, me dio un pequeño empujón amistoso con el hombro.
— Oye, sombrita. Si sigues salvándome el culo así voy a empezar a pensar que te gusto.
— No te emociones — respondí con sequedad.
— Vamos, no seas así, que ha ido muy bien. Y, por cierto, la forma en que usas los cuchillos… es impresionante — comenzó a adularme como si nada.
Rodé los ojos, pero no me aparté. Ese detalle, tan pequeño, fue el primer indicio de que algo estaba cambiando.
Aunque el verdadero cambio ocurrió un día cualquiera, mientras limpiábamos armas después de un entrenamiento.
— Si me miras así mucho rato más se me van a subir los colores — bromeó ella.
— No te estaba mirando.
— Ah, claro. ¿Entonces admirabas el paisaje? Porque aquí solo estoy yo~
Guardé silencio un segundo demasiado largo.
— El paisaje es bonito — dije finalmente.
Parpadeó, sorprendida.
— ¿Eso es lo más cercano a un cumplido que voy a conseguir de ti?
— Probablemente.
Su risa esta vez fue distinta: más pequeña, más sincera. Y entendí que algo dentro de mí había cedido. No había respondido con una mueca ni con silencio, sino con algo real. Acababa de bromear con ella.
La realización fue lenta y aterradora. Lilith me hacía sentir algo que no era furia ni control calculado ni pura supervivencia. Era algo cálido y, por eso mismo, peligroso. Solo ahora me doy cuenta, dentro de mi siempre supe que mi rechazo inicial no era desprecio, sino miedo. Ella no veía un arma ni una herramienta útil; veía a una persona e intentaba alcanzar la parte de mí que llevaba años olvidada y encerrada bajo llave.
Pero alguien con tanta luz no debería acercarse a una sombra.
Y, sin embargo, no puedo evitar buscarla con la mirada cuando entra en una habitación, memorizar sus gestos, notar cuándo su risa es falsa o cuándo necesita que alguien la contradiga en serio. Para alguien que ha construido su vida en el silencio, necesitar escucharla es devastador.
Lo peor es que, si algún día me pidiera que me quedara, no estoy segura de poder marcharme.










