me duelen las heridas y me agobia no poder ni verlas, los daños colaterales en el pecho y en las piernas, que se cansan, que no avanzan, la memoria descompuesta, el sentido atolondrado, los anhelos cabizbajos que se acomodan todos en la mesa, y me recuerdan, que me duelen las heridas, que tienen años, que no eran mías, que me cargó alguien, que ya no recuerdo quien era. Los sabores se intensifican, y todo sabe a metal, a clavos, sangre. Martirios. Y de nuevo las heridas, con vendajes viejos, que cargan sangre echada a perder. La imagen viva, del recuerdo que más duele, se vislumbra en la herida. El insomnio acomodado en la cama, hoy odio las camas amplias, porque aquí, caben los miedos, los recuerdos, el dolor y las lagrimas. Lloro y lloro y nunca siento que lloro del todo, cuando creo que ya se me acabaron las lagrimas, el río brota, cae el agua, y lloro. Duermo del lado izquierdo, porqué la herida del hueco de tu ausencia aún duele. Los portarretratos ya no tienen rostro, porqué la herida de la pérdida aún duele. Tomo analgésicos, de besos, de abrazos, de actividades al aire libre, de alcohol. La herida nunca deja de doler. Y la toco, a veces para recordar que sigo viva, y que esto no es un sueño. Quiero recostarme del lado derecho, quiero ver un rostro en el espejo, quiero aprender, de mis heridas. Quiero disfrutar esta eterna, cicatrización.


















