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It’s quite a fun thing to say to people, “I’m playing the Devil at the moment!”
A bunch of nonsense edits: Jezebel’s aesthetic ( AU: 2GEN ).
Jezebel Hyde-Jefferson • Hija de Thomas K. Hyde &’ Zoe Jefferson • Diecinueve años Cazadora en entrenamiento • Estudiante de criminalística
} Aquello estaba resultando ser de lo más gratificante. El Beautiful Royal ha sacado un lado oculto del médico, un carácter competitivo lleno de confianza en sí mismo (y en sus habilidades sobrenaturales de las que tomaba toda la ventaja). John se jacta de sus victorias consecutivas y se atreve a aullar como un grito de guerra, la gente se lo toma a broma y carcajea al verlo tan metido dentro de su papel de campeón.
Nadie se atreve a ser el siguiente, por lo que John busca un/a “voluntario/a” entre el público que rodea la zona de aquella actividad. En una mano lleva una rosa que ha arrancado del decorado en las laderas y en la otra porta una de las espadas diseñadas para no hacer daño a una mosca aunque estéticamente simularan las espadas de verdad. { ¿Qué me dices? ¿Quieres ser mi doncella/o o bien el/la contrincante que estoy buscando? }
Había abandonado aquél lugar un par de horas antes al no existir ningún oponente digno de ella, ni ninguna batalla lo bastante buena para presenciar. Pero, al ser tan pocas las posibilidades que existían en aquél sitio, decidió darse una segunda vuelta por ahí para ver si algo había cambiado. ¡Y vaya que lo había hecho! Todos se veían más animados, el actual campeón parecía estar invicto tras una larga racha... y no duraría mucho tiempo.
Se va metiendo entre la gente, esquivándolos hábilmente, hasta que logró posicionarse hasta adelante. Ve al campeón buscando una nueva víctima, pero no le da tiempo a que el otro varón responda, ya que se posiciona entre ambos al carajo con la educación. — Yo sería una buena contrincante. — Asegura, con un egocentrismo que pocas veces se percibe en ella. — ¿O tienes miedo que una chica pueda vencerte?
No le desanimó en absoluto recibir una negativa en primer momento, ya que solo había rechazado la invitación de la bebida y no había rechazado el resto de su discurso, así que animado por ello (porque de recibir una negativa total sin duda golpearía su ego), Damien tomó la mano diestra de la chica, con la intención “de leer su futuro”, era un truco barato pero en ocasiones servía…
–La necesito para leer- explicó indicando con su mirada la mano de la joven que había tomado el licántropo –Aquí dice- comenzó a decir poniendo especial empeño en que pareciera que estaba leyendo las líneas de la vida –Que tendrás una vida larga, pero con mucho sufrimiento- ¿no era lo que siempre se decía? –Pero tendrás momentos valiosos que vivir y recordar- continuó mirando fijamente la palma de la joven –Veo un gran amor, alguien que te hará feliz – la mayoría de las chicas se emocionaban con esa parte… –Pero tus decisiones serán las que te condenaran o te darán plenitud- finalizó desviando su mirada de la mano de la chica para posar sus ojos azules en los de ella.
Sin soltar su mano, el hijo mayor de los Becket, se la llevó a sus labios, aunque no depositó un beso, solamente dejó que estos rozaran la mano de la castaña –Damien D’Altrui- se presentó para después soltar su mano –¿Qué me dices ahora del baile? Si no lo has notado, tengo los ojos azules-
Su primer instinto es quitar la mano de golpe, inclusive hace un ligero movimiento que denotaba iba a hacerlo, pero fueron las palabras de éste lo que hicieron que la dejara inmóvil, dispuesta a lo-que-sea que tenía que hacer para leerle su suerte. No era crédula de esas cosas no creía en nada pero aún así se quedó en silencio y atenta, lista para escuchar las palabrerías del varón.
Fue la primer predicción la que se enterró como un cuchillo en su estómago, ignorando completamente que aquello era lo más cliché que existía torció una mueca de incomodidad. ¿Sufrimiento? ¿Más sufrimiento? — Ya he tenido bastante sufrimiento... — Menciona en una voz muy baja, casi como un murmullo, creyendo que así su contrario no escucharía sus palabras. Asentía a medida que él desvelaba los demás secretos que su mano ocultaba, nada que le interesara demasiado hasta aquél final. Tal vez era cierto, pero no debía de pensar en ello, no en esos momentos.
Sube su mirada hasta los azulinos ojos que sentía que la observaban y se quedó en silencio, casi petrificada, cuando sintió el contacto de los labios mezclado con la respiración del chico. Y se ruborizó, sin poderlo evitar, porque no comprendía absolutamente nada. Malditos hombres complicados. Cuando su mano se ve liberada la mete de inmediato en los bolsillos de la chaqueta, en un intento por tenerla a salvo de cualquier otro jugueteo.
Duda de nueva cuenta para responder, pero al final termina haciéndolo. — Yo... no bailo, lo siento. — Admite, casi por vergüenza. — Gracias por lo de leerme el futuro y todo eso, pero creo que será mejor que me vaya...
Noche de caza. Así Lena lo había decidido… Por lo que cargó con su mochila fingiendo ir a aquel evento en el parque que no le interesaba lo más mínimo y se dirigió al lugar estipulado. Trató de sortear parejas amorosas por el camino, buscando un buen sitio dónde situarse… ¿Es que aquello era una excusa barata para meterse mano públicamente? Gruñó y sacó su teléfono sin pensarlo dos veces. Aún no era la hora señalada, pero podía ir buscando a las presas.
No sabía cuántas criaturas quedaban en la ciudad, pero pronto pensaba descubrirlo. Y de la manera más sencilla: colocó el teléfono en modo cámara y se dispuso a fotografiar a su alrededor fingiendo sacar fotos del evento… Mientras buscaba entre los espectadores a aquellos con los ojos más relucientes.
Cuando empezó a escuchar las quejas de la gente por el flash de la cámara, Lena alzó la vista hacia la primera persona que se encontró -ni siquiera sabía si era de las que se habían quejado o no. -¿Te importa que saque una foto en esta dirección? Era la primera vez que pedía permiso, con ello pretendía que las quejas disminuyeran a su alrededor.
Ojos cerrados, cabeza descansando sobre su chaqueta que le servía de almohada, su cuerpo intentando hacerse uno con la tierra que estaba debajo de su manta. Todo había iniciado tan tranquilo, tan relajante, que había pensado que después de todo sí había sido una buena idea asistir a aquella velada en lugar de estar en cualquier otro sitio. Pero vaya sorpresa que se llevó cuando escuchó llegar a más y más gente, haciendo un sinfín de ruidos que arruinaban por completo toda la paz que había conseguido.
Resignada a que su tranquilidad no podía encontrarse más tiempo en ese lugar volvió a incorporarse, recogiendo todas sus cosas del suelo lista para marcharse. Tal vez si iba a visitar el baile de los sonidos africanos lograría sacarla de sus pensamientos y preocupaciones por un pequeño instante. Suelta un suspiro y se pone mochila al hombro, escucha un par de palabras detrás de ella pero no presta demasiada atención.
— Como gustes. — Responde, porque si algo le habían enseñado en casa era a tener buenos modales ante todo. — Me voy, el sitio es todo tuyo para las fotografías que desees.
¿En qué momento había creído que aquello iba a distraerla? Se había alejado de la tienda de campaña en cuánto se había asegurado que no se iba a derrumbar por estar mal montada. Había pasado de las batallas medievales porque seguro que acabarían sacando más la rabia que tenía dentro (aunque ahora le parecía mejor opción). Las danzas africanas le habían sacado de sus casillas y antes de ponerse a despotricar había decidido mejor ir a por un trago. O dos. O tres.
Primero cató el Beautiful Royal, pero no acabó de gustarle… Se las ingenió para hacerse con una botella de tequila y se alejó un poco de la aglomeración. El alcohol solo hizo estropear las cosas. Odiaba Montreal, odiaba aquella jodida ciudad con toda su alma. Pero no podía dejarla. Estaba atada a todo aquello. Lo odiaba. Los odiaba.
Y con aquel pensamiento se le heló el cuerpo. Se estaba dejando llevar por un camino peligroso… Tomando medidas inmediatas, agarró la botella de tequila medio llena y la lanzó contra el árbol más cercano, rompiéndose de inmediato en mil pedazos.
Por poco le había dado a la persona más cercana. -Lo siento. Dijo a toda prisa, sin mirar por vergüenza en aquella dirección. -Lo siento.
Su móvil vibraba en el bolsillo trasero de su pantalón pero ella no estaba dispuesta a atender, sabía perfectamente de quién se trataba y no dejaría que él le arruinara su última noche en la ciudad, su ciudad. Había pasado casi media hora como espectadora en las famosas batallas medievales, pero terminó por aburrirse de aquél espectáculo al ver tan malas actuaciones. ¿En verdad nadie se iba a apuntar para participar? Ella lo podría hacer, tenía conocimiento en el manejo de armas, pero todo pintaba a que no existiría un digno oponente. Lástima.
Caminó por todo el lugar, buscando una nueva distracción y alejándose de todas las parejas que estaban desperdigadas, pero sin nada que llamara realmente su atención. Y no culpaba al evento, que tal parecía se habían esforzado en hacerlo para que todos lo pasaran de lo mejor, pero era su cabeza que no la dejaba enfocarse en nada más. Tantas voces, tantos recuerdos, tanto dolor.
Al final decidió que, la mejor opción, sería sentarse al pie de un árbol, no tan alejada de donde encendían la fogata, y pasar ahí el resto de la noche. Podía argumentar ver estrellas, nadie podía molestarla, era el plan perfecto. Pero, como siempre sucedía, sus planes nunca ocurrían como lo había planeado, y esa botela que casi se estrella en su cabeza le hizo proferir un grito.
— ¡¿Qué mierda te ocurre?! — Le reclama, notoriamente enfadada, especialmente porque detesta cualquier tipo de sorpresa, no sabe manejar situaciones que no tenga planeadas originalmente. — ¿Estás loca? ¿Vas por la vida aventando botellas a diestra y siniestra? — Insiste, pero nota que la otra chica ni si quiera le dirige la mirada. — No seas cobarde y voltea a verme. Voltea a ver a quién casi golpeas con esa botella.
Había una y mil maneras de acercarse a una chica, Damien con el paso de los años lo había aprendido y en un evento como en el que se encontraba esa noche en Montreal, sin duda las posibilidades eran infinitas ( y también las mentiras).
Las estrellas iluminaban el cielo y la noche, mientras que una sonrisa amplia, curvada de lado llena de decisión hacía lo propio en el rostro del hijo de los Alfas de Vercelli y Lancashire. Las bebidas eran gratuitas pero ¡Eso que importaba! Si las podía usar como excusa… así que se acercó a la persona que tenía cerca de él, creyendo que se trataba de una chica atractiva y dijo su discurso (elaborado) –¿Quieres que te invite un trago? ¿o prefieres que te lea el destino?- ya se había dicho que Damien D’Altrui hacía uso de todo tipo de artimañas para acercarse –Aunque éste dice que probablemente deberías bailar con un chico de ojos azules…-
Era su última noche en Montreal, la ciudad que la vio crecer desde sus cortos dos años hasta la actualidad. Diecisiete años de memorias y vivencias que nadie más borraría, pero era tiempo de alejarse de ahí por su bienestar; después de todo lo acontecido sería una tortura si se quedaba como si nada hubiese pasado.
Asistió al evento como mera excusa de alejarse de su casa y de las maletas que no terminaban de ser empacadas, necesitaba distraerse, pensar en otras cosas y el estar encerrada entre cuatro paredes no le ayudaban en absoluto. Recorrió el lugar con la vista y soltó un suspiro sonoro con cierta pesadez, tal vez no había sido una buena idea acudir a aquella velada, en medio de tantas personas desconocidas, en medio de criaturas de la noche. Pero antes de si quiera poder pensar en retirarse de ahí una voz la saca de sus pensamientos, se da la media vuelta y observa al varón con aquella agradable sonrisa. Enmudece, porque no está acostumbrada a ese tipo de trato, porque jamás le habían hablado así. ¿Qué debía decir? ¿Qué debía hacer? Tal vez debería de huir...
Toma aire y recuerda su consejo, uno de los pocos recuerdos que conserva de ella, y decide ponerlo en marcha. "Siempre mantén una sonrisa en tu rostro y todo lo demás saldría bien”. — Lo siento, no bebo. — Se disculpa, con una pequeña sonrisa asomándose en las comisuras de los labios. — Así que lo de leerme el destino suena... interesante. — Admite, ignorando completamente su última sugerencia. ¿Bailar? No, eso no era para ella.
Su cuerpo se estremeció al sentir como la mexicana mantenía con sus manos conectadas ¿Cómo podría alejarse de ella sin hacerle daño? ¿Cómo podía no lastimarla siendo que sus manos estaban a nadas de cambiar? La solo idea de lastimar a la pelinegra llenaba de nauseas al castaño. Otra vez volvió a luchar para poder soltarse y la observo, con tristeza y miedo, como ella mantenía firme aquella decisión. “Zoe no lo entiendes, pero es por tu bien que vayas a buscar sola a Rain.” Exclamo, rogando a que le entienda sin dar muchas explicaciones. “Por favor.” Rogo
Volvió a escuchar sus palabras, sus ojos estaban a nada de llenarse de lágrimas. Principalmente por el miedo a hacerle daño a una de las personas más importantes de su vida. Sintió su corazón estrujarse al escucharle esa promesa…una promesa que el debía romperla, a menos que deseara que ella salga lastimada cosa que jamás pasaría por su cabeza. “¡Por favor!” Volvió a rogar casi en un grito, tomando varias respiraciones. La luna comenzaba a tener efecto en él, no solo en su cuerpo sino como en su personalidad. Recordaba que Adam dijo una vez que aquello podía ocurrir, que lo haría enojar.
Otro quejido salió de sus labios y sin querer terminoapretando la mano de la contraria, con algo de fuerza, buscando que ella siga siendo su conexión. Que ella estaba ahí y que todavía no le había hecho daño. Sus ojos se apretaron con fuerza y al escuchar la pregunta de su mejor amiga, trato de quedar en silencio pero simplemente estallo. “¡No estoy bien!” Grito mientras levantaba su vista se alzaba hacia ella, al mismo tiempo que sus ojos cambiaban, dejando atrás sus iris marrones por unos amarillos
Un gimoteo se escapó de sus labios de manera involuntaria cuando sintió la presión sobre su agarre, le había tomado totalmente desprevenida y hasta ese momento había ignorado que el menor fuera poseedor de tanta fuerza; pero, a pesar de todo, la morena no soltó en ningún momento la mano contraria. Así siguiera insistiendo en ir por su cuenta, ella jamás lo dejaría ir.
“Freddie...” Murmuro como respuesta a sus múltiples plegarias; la preocupación la había invadido. En todos los años que llevaba de conocerlo jamás se había comportado de aquella manera, y en un entorno como en el que se encontraban todo resultaba aún más confuso. Pero las cosas se tornaron más extrañas cuando el varón le gritó, provocando que en el gesto de la morena se dibujara la confusión que sentía en esos momentos. Y al observar la mirada ajena, cuyas iris se teñían de un color que jamás había observado antes, sintió miedo.
Su corazón comenzó a latir de una manera más rápida, provocando al mismo tiempo que sus respiraciones se aceleraran. Había quedado sin habla, sin pensamiento coherente que emitir. Bastaron un par de segundos para recuperarse del shock o al menos para aparentarlo. “Tenemos que irnos.” Pidió, casi rogándole, y en su voz se podía notar cuan afectada se encontraba. Buscó a tientas la otra mano del varón y entrelazó sus dedos con los contrarios, demostrándole que a pesar de lo que el nuevo color de sus ojos significara no iba a dejarle. “Por favor...” Ahora ella era la que imploraba, y su mirada se veía opacada por las cristalinas lágrimas que llenaban sus párpados. “No quiero que nada te pase. No dejaré que nada te pase.”
[insp.]
El tres de junio… El plazo acababa el tres de junio. Haría un mes desde que había hecho un trato con Stephen, el cazador. Un mes para controlarse, para no suponer un peligro para Montreal, para la ciudadanía, un mes para convencerle de que no era un asesino y que merecía una segunda oportunidad. Quedaban pocos días para el vencimiento del plazo. Y no había logrado nada. Solo involucrar a Penny, a Adam, a una manada entera en sus problemas.
Echa la cabeza hacia atrás en un acto de cansancio y derrumbamiento. Tan pocos días. Puede escuchar el tictaqueo del reloj en sus oídos, el tiempo que corre y él va a contracorriente.
Al final llega a la conclusión que no sirve de nada obsesionarse sin hacer nada. Tiene que seguir con su vida… Y eso implica salir del coche e ir a trabajar. Abre la puerta tan fuerte y sin mirar a su alrededor, que acaba golpeando a un ciudadano que caminaba por la acera. -Podrías vigilar un poco más… Gruñe aunque sabe que es totalmente culpa suya por no prestar atención.
— Claro, como ha sido culpa mía. — Se queja sin siquiera mirar a su interlocutor, concentrándose más bien en ella misma. El golpe que había recibido era fuerte y su pierna había terminado con un rasguño bastante escandaloso gracias al filo de la puerta (bendita idea cuando eligió vestir capris aquél día). — Auch. — Murmura cuando toca el rasguño y frunce las aletas de la nariz en un gesto de malestar. Suelta un suspiro y sube su mirada, para descubrir quién había sido el causante de aquél atentado contra su pierna.
— Oh. Eres tú. — Dice a modo de reconocimiento cuando las facciones de su rostro logran conectar con un momento en específico: el festival de música. — Sobreviviste. — Menciona con un tono irónico, recordando que cuando decidió salir de ahí el varón no la había querido acompañar. — Por cierto... deberías de tener más cuidado al abrir las puertas. — Hace saber, sin estar molesta realmente. Solo como un pequeño llamado de atención.
Una noche mas de trabajo, información que llevarle a una mujer que le había contratado para seguir a su marido, lo usual, lo que le aburría de su trabajo. La mejor parte de este, es que era su propio jefe y tenía su propio horario. Pero no era un “caso” que estuviera apresurado por terminar, mientras mas horas de trabajo, tendría mas dinero por cobrar.
Seguir a aquel hombre de mediana edad por la ciudad de Montreal le ha traído a un extraño bar, uno que no recordaba haber visitado antes, a menos que estuviese ebrio en caso de que hubiese ocurrido. No interesaba demasiado para cuando se adentraba al lugar y se dirigía directamente a una mesa, tomando a la vez un nuevo cigarrillo y llevándolo a sus labios. Sus manos buscan el encendedor que siempre le acompaña e inhala para encenderlo.
Deja escapar el humo una vez que sostiene el cigarrillo entre sus dedos y observa a su alrededor, ahí está el hombre, su trabajo. Desvía la mirada, en busca de algo mas entretenido que este y llama la atención de quien estuviese mas cercano “Oye” le señala con un movimiento de su mentón “Invítame una cerveza” No hay rastro de pregunta en aquellas palabras, pero por si quedaba duda para aquella persona “E invitate una a ti, tú pagas”
Casi parecía haberse vuelto una clienta frecuente de aquél bar y sus más de tres visitas a la semana lo amparaban. Pero con una cabeza tan llena de múltiples y variados pensamientos no le permitían disfrutar de ninguna otra actividad, y menos aún de acompañarse de personas. Tenía demasiado que pensar, demasiado que procesar, y los cócteles que ahí vendían se habían convertido en sus mejores amigos.
Soltó un sonoro suspiro y enterró su cabeza entre sus manos, sentía como la preocupación nuevamente la invadía y el temor de pisar aquél hospital la paralizaba. Su padre había enfermado y estaba internado en un hospital y, a pesar de que los doctores aseguraban que se recuperaría con el paso de los días, la morena no podía dejar de preocuparse.
Dirigió su vista hacia aquél hombre que había llamado su atención y prácticamente lo fulminó con la mirada, especialmente por el atrevimiento con el que se había dirigido a ella. “No, gracias.” Habla, demasiado cortante para el tono cortés que generalmente empleaba. “No tiendo a invitar a desconocidos. Mejor suerte para la próxima.” Comenta, y desvía la mirada, esperando que con ello quede zanjado aquél tema.
La música se escuchaba en todo aquel peculiar club, la música le parecía familiar a Ethan que con el paso de los meses había empezado a acostumbrarse a la música, a su particular vestuario, así como al suspiro que soltaba cada que era momento que subiera a uno de los escenarios de aquel tipo de bar.
La diferencia esa noche, es que no era el club en el que solía bailar (aquel bar gay donde tenía tiempo trabajando y recibía un pago semi decente), esa noche se encontraba en un strip club ¿común?. Uno de los conocidos de Ethan no había podido asistir ese día y había pedido que Doyle lo cubriera, el estadounidense al siempre necesitar dinero no se había negado además que ya debería estar acostumbrado a que las personas lo vieran en paños menores mientras intentaba bailar (pensando que había cosas peores que había hecho, que sin duda no se comparaba a que gente extraña lo viera bailando de aquella manera ridícula… ).
En aquel pequeño escenario que estaba en el club, Ethan se dedicó a bailar la canción que estaba en ese momento, mientras realizaba sus movimientos de baile ¿seductores? Con la intención de atraer a alguien y recibir algunos billetes extras.
Aun al ritmo de la canción, decidió bajar del escenario porque si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña, así que se acercó a la primera persona que se encontró, sin importarle el género –¡Oye! ¿te interesa un baile privado?- preguntó con la mejor de sus sonrisas.
En la Universidad, recién todas sus amigas cumplieron la mayoría de edad y consiguieron una identificación valida, sitios como aquellos solían ser frecuentados por la morena. Y no es que fuesen exactamente sus favoritos aunque no les hacía el feo pero eran siempre su grupo de amigas quien la animaban a asistir y darle un buen festín a la vista. Ella, al fin y al cabo, se dedicaba a disfrutar lo que el panorama de ofrecía.
Aquella noche habían acudido el viejo grupo de amigas para celebrar la despedida de soltera de una de ellas, argumentando que sería la última vez que la prometida podría obtener diversiones de ese tipo. Las chicas, vestidas con ropas de noche que auguraban la visita a los antros de moda, tomaron asiento lo más cercano al escenario donde varones y mujeres bailaban en busca de la atención de los clientes. Zoe no estaba interesada en lo más mínimo en el espectáculo otras cosas ocupaban su mente, pero sabía disimularlo a la perfección.
Justo cuando le daba un sorbo a la bebida que había pedido, le llamó la atención la voz de aquél chico. Y fue peor cuando descubrió que se refería exactamente a ella, y no a cualquiera de sus locas amigas.
Le fue imposible el no verlo de pies a cabeza y se cubrió los labios para evitar echarse a reír se sentía como una adolescente de nuevo. Sacudió su cabeza en negativa, acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja y señaló a una de sus amigas. — Creo que a ella le vendría mejor un baile privado que a mi. — Confirmó, con total seguridad, a pesar de que las chicas animaban a Zoe a aceptar tal propuesta. — Es su despedida de soltera, ella merece toda la atención. — Decidió aclarar, esperando así salvarse.
You don’t know what it’s like to not have enough, to not be wanted. […] You don’t know whats it’s like to wonder why. Why the people that brought you into this world, the people who are supposed to love you more than anyone else, didn’t.