Te filtras en mi cabeza como una gota de malicia que todo lo corrompe. Entonces te vuelves pensamiento en medio de la noche. Te anidas y esperas la chispa que te haga fuego que consume el pudor en mi interior. Te desnudo sin prisa pero sin pausa, como quien controla lo que puede sus ansias... Y te hago un cuerpo de letras pecaminosas que inspiran la perversa escritura. Te vuelves energía, un calor que se acumula en mis venas, hinchándolas hasta que elevan mi miembro y se tallan sobre su naturaleza erguida como cicatrices de un rayo que se ha petrificado... Como raíces del tronco de un árbol de pecado, de cuya rama bombea esa tinta erótica que marca el tono de mis pensamientos cuando elucubro sobre ti. Te imagino sedienta de mi savia, rendida de rodillas con la cara despejada, con mirada devota como si esperaras el bautismo que sella nuestro contrato eterno. La ansiedad vence y tu boca me aprisiona en los confines de tu garganta resbalosa. Tus ojos brillan con el reflejo de la luz en las lágrimas que se escapan por causa de tu atraganto, y las arcadas aparecen secundadas por las venas que estrangulan tu cuello. Gotas espesas se alargan como chicle obsceno que se adhiere incluso sobre tu pelo despeinado por la rudeza de mis manos. Burbujas se forman y explotan efímeramente en el borde de tus labios con cada arremetida en la que mis manos se aferran a tu cabeza y mi cadera empuja dentro de tu boca como si quisiera alcanzar tu tráquea. Tus manos se aferran a mis piernas instintivamente, como si el último resquicio de consciencia que te queda dependiera de no soltarte, mientras tus rodillas, que besan el suelo desnudo, arden enrojecidas por agobio del tiempo. El cénit nos alcanza, y una línea blanca vertical divide tus labios mientras el resto mi esencia claudica más allá de tus fauces pecaminosas.
—Noctámbulo Del Arte (No Es Un Pensamiento Más).





















