¡Oh... no, no, no!
S-sí… —respondió avergonzada—. Es que no conozco a nadie —dijo incorporándose y bajando la mirada—. Y sería mucho pedirle a alguien que no conozco que me ayude.
Bueno, ahora me conoces a mí. —sonrió soltando la mano de la muchacha.— Yo te ayudo. ¿para dónde vas? —pronunció, al mismo tiempo que levantaba algunas hojas del suelo.














