—A veces hay que apurar las cosas, dijo. No sé si se trató de un pensamiento que lo asaltó de repente, o si hacía rato que venía cavilando algo, porque antes de decirlo habíamos estado cerca de una hora en silencio, leyendo el mismo libro: «Comprensión Infinita», uno desde el iPad y el otro desde una gastada edición de bolsillo. Digo cerca de una hora, no porque haya mirado el reloj, sino porque la iluminación de la habitación había cambiado demasiado. Lo miré a ver si continuaba la frase, pero mantuvo la vista en la hoja, y ahí se quedó con el mismo amistoso aire ausente de antes de romper el silencio. Aunque, pensándolo bien, estábamos escuchando un concierto para piano de Mozart, así que el silencio, no había sido roto, sino más bien ese pacto implícito de dos lectores que, además de un carraspeo, no se comparten mucho más. —Eso es lo bueno de la tecnología, dije. No sé si creyó que estaba contestando su frase, o si pensó que hablaba sólo por hacer algo con la boca, pero la verdad es que yo me había quedado pensando en el libro de Abbudha y en cómo era imposible saber a simple vista si yo lo había leído muchas veces, porque el iPad no deja marcas en los bordes, no amarillea las hojas, ni dobla un poco la tapa, y en cambio en su edición de bolsillo, apenas echada una mirada se podía adivinar que al menos lo había tenido entre las manos en más de una oportunidad. Lo habrá leído tres veces, conjeturé, pero no dije nada en voz alta. Carraspeó y sonreí, como si la magia hubiera vuelto a su sitio. Apurar las cosas, pensé. Habíamos estado planeando un viaje, tal vez se refería a eso. Tosí. —No es bueno dejar pasar las oportunidades, dijo. Esta vez lo miré atenta, esperando que profundizara más, que se refiriera al viaje o lo que fuera, pero nuevamente tampoco levantó la vista. Vi su ceño levemente fruncido, y me pregunté si no sería más coherente que me mirara a la cara mientras me hablaba, en lugar de tirar frases inconexas al azar mientras fingía, porque tenía que estar fingiendo, continuar con su lectura. Porque si estaba hablando solo, y por eso no me miraba, entonces se había olvidado por completo de que estaba sentada enfrente suyo, y en términos de cordialidad y buena predisposición entre amantes, me era preferible pensar que era un cobarde que no se atrevía a decirme algo, más que a medias tintas con dos frases sueltas, que considerarlo un maleducado que me ignoraba desde hacía más de una hora, tomándome por una planta o un adorno. —Algunas cosas merecen mayor consideración que otras, dije. Esperando provocar su atención, sin lograrlo, ya que siguió impasible mirando la hoja, y esta vez su aire ausente no me pareció nada amistoso, aunque ni siquiera frunció el ceño, no carraspeó y sólo pude ver cómo movía las pupilas de izquierda a derecha una y otra vez, igual que alguien que de verdad está leyendo. No estaba fingiendo que leía, concluí. Estaba leyendo de verdad y hablando solo y yo era una planta. Tuve ganas de gritar o llorar, pero seguí aferrada al iPad y traté en vano de concentrarme en la lectura, mientras pensaba que era un redomado idiota insensible por tratarme de esa forma, y Mozart comenzaba a sonarme monótono y tedioso, y el libro de Abbudha no acababa de convencerme en lo más mínimo, y ya no había sol que reflejar. Tosí más fuerte. Ni se inmutó, obviamente. —¿Preparo café?, dijo de imprevisto con una cálida sonrisa, mientras ponía el señalador en el libro y lo cerraba. Sin esperar mi respuesta fue hasta la cocina, desde donde continuó hablando con la planta, o sea yo: —Abbudha, Mozart y lluvia ¿No es perfecto?. Era cierto, había empezado a llover, y eso sí lo había notado perfectamente, pero no mis frases ni las lágrimas que ya me estaban cayendo. No dije una palabra. Me levanté del sillón decidida a armarle la escena del siglo con planteos, mocos y sollozos, pero en lugar de eso se me ocurrió mirar su libro. Lo abrí en el señalador y leí: «A veces hay que apurar algunas cosas. Decir te amo, pronto. Pedir perdón, a tiempo. No es bueno dejar pasar las aportunidades. La vida nos enseña que todo silencio tiende a ser malinterpretado». —¿Qué habías dicho de la tecnología y la consideración?, preguntó.