Era algo imposible no detectar el acento de la contraria, o mejor dicho, el que tenía uno, porque aunque Dominique fuese amante de las personas que aún hablando otro idioma conservaban su acento natal era un asco detectando exactamente cuales eran cuales. El punto es que una leve sonrisa se dibujo en sus labios al escuchar a la chica, esperando que hubiese más participantes extranjeros igual que ellos. “Gracias, yo creo que es algo sobre protector pero bueno,” se encogió de hombros, “es cosa de madres supongo.” Terminó de hablar, asegurándose de no hacerlo tan apresuradamente pues por el diccionario en sus manos sospechó que quizá tendría problemas entendiendole.
“¿Sobreprotector?” repitió, alzando sus cejas hasta el nacimiento de su cabello con sus enormes ojos fijos en los azules contrarios. “Oh, entiendo. Sí” asintió y, volviendo a sonreír, hizo un ademan de su mano para restarle importancia. “Se prrreocupa por ti” dijo, elevando uno de sus hombros una única y solitaria vez. “Uhm... un gusto. Yo... eh... me llamo Agneta Engel” se presentó, estirando su mano libre hacia el muchacho. Sabía que ése era el gesto universal para presentarse, así que el movimiento fue fluido y seguro, sin la vacilación que por momentos dejaba entrever su voz.













