Si estás leyendo esto, te quiero mucho. ✶ Una de las cosas que más me gusta es escribir. Escribir sobre experiencias, sobre penas, sobre amores, sobre la vida. ✶ Probablemente aquí encontrarás muchas de esos escritos que en otras plataformas son difíciles de compartir.
Una vez viendo Queer Eye en Japón, la mujer que acompañaba a los fab five explicó por qué allá se usaba constantemente mascarilla. Para evitar contagiar alguna enfermedad, para no contagiarte, a veces por mal aliento, etc. En ese momento pensé “todxs deberíamos usar mascarillas y ser más cuidadosos”. Bueno, estamos a mitad de 2020 y no dejo de pensar en que dije eso.
Este año ha sido intenso de muchas formas. Como estudiante, el semestre online puede ser muy difícil, sobre todo cuando lidias con algunos problemas como el insomnio o la ansiedad. No salir de la casa como antes puede tener un alto impacto para llevar una vida “lo más normal posible”. Como no tenía necesidad de salir no lo hacía, lo que significó estar cinco meses dentro de mi casa. Cinco meses completos.
Sabía que en algún momento iba a llegar el día en que volvería a salir por ende tenía que estar preparada para ese día.
En mi casa el “hágalo usted mismo”, o #DIY si así quiere llamarle, es protagonista. Desde ropa hasta muebles (mi papá es experto en esto último).
Yo no salí tan virtuosa como los demás pero le pongo empeño y siempre intento aprender algo nuevo, porque además me encanta la idea de tomar lo que “ya no sirve” y darle otro uso.
Para hacerme esta mascarilla utilicé la tela de pantalón viejito, con la asesoría de mi hermana, la que luego intervine con un bordado simple de unas hojitas, para darle el significado de que aunque la época que estamos viviendo es bastante dura, podemos renacer.
Por muchos años sufrí de insomnio. De hecho, hasta el día de hoy, hay noches en las que no puedo dormir, y soy víctima del overthinking (pensar demasiado). Muchas veces esas noches van acompañadas de algunas lágrimas —a veces son de emoción/felicidad… otras de miedo/dolor/angustia.
Muchas de esas noches de lágrimas de angustia han sido por la misma razón: el cuestionamiento de mi valía era interminable. Los traumas que me dejó mi pasado por las malas experiencias que lo acompañan me hicieron creer que yo no era suficiente, en ningún sentido. Y la comparación era una constante en mí. Por años. De hecho, hasta este año.
Viví atrapada en esta situación hasta que se hizo tan grande que me di cuenta de cómo me estaba autodestruyendo y estuve al borde de abandonar todo, por segunda vez. En una de esas noches de insomnio, repasando una y otra vez qué estaba mal en mí, todo cambió. El patrón de encerrarme en mis pensamientos se rompió y por primera vez pude compartir sin pudor todo lo que estaba pasando y así como cambié la forma en enfrentarlo, cambió la respuesta que obtuve.
Comencé a leer. Y al leer me di cuenta de que todos esos pensamientos, todos esos cuestionamientos no solo me pasaban a mí. Me di cuenta de que no era la única que se preguntaba "¿qué está mal en mí?". De hecho, pude comprobar que la mayoría de las mujeres que conozco (por no decir todas) han sentido que no son suficientes en algún momento de sus vidas. Han cuestionado su valor. Y por sobre todo, al leer me di cuenta de que como creación de Dios tengo un valor incalculable y que como mujer específicamente hay tres cualidades que me son propias, a mí y a todas. Gloriosa, poderosa y cautivante, pero muchas no lo sabemos gran parte de nuestra vida.
¿Soy bonita?¿Soy cautivante? Probablemente es la pregunta que nos ha acompañado desde siempre a las mujeres y en mi caso no era una excepción. Pero yo decidí evitarla, porque tenía miedo de la respuesta. Y comencé a esconderme. Del resto. De mí misma. El 31 de agosto del 2017 publiqué una foto en instagram con el siguiente texto: “(...) Siempre fui tímida y muy insegura de mi imagen (...)”. Hemos vivido bajo la presión de ser bonitas toda nuestra vida. La belleza física (una belleza comercial establecida por cánones sociales) ha sido un tema para muchas de nosotras. Para mí. Y nos olvidamos de lo que realmente importa. Lo que a Dios le importa. La belleza de nuestra alma. La belleza que Él nos regaló de su propia imagen.
Dios nos creó a su imagen, a mujeres y hombres. Sentirse insuficiente no es propio del género femenino, sino que también los hombres tienen sus propias dudas y cuestionamientos tras malas experiencias y aunque mucho no pueda entender he sido testigo de cómo las palabras incorrectas han afectado la manera de verse, de cómo habla de sí mismo y no encontrar nada positivo como hombre en él porque decidió escuchar las voces equivocadas.
La manera en que nos vemos actualmente nace desde nuestra infancia esencialmente y ha ido formándose tras nuestras experiencias. Las voces que decidimos escuchar, al buscar validación y la forma en que queremos ser validados.
¿Y si buscamos quiénes somos en quien nos creó? Nos daremos cuenta de nuestra identidad realmente y comenzaremos a vernos de la forma correcta.
El llanto es uno de los reflejos humanos más comunes que existen. Derramar lágrimas de dolor, tristeza o emoción es completamente natural en nuestro desarrollo como humanos; entonces me pregunto: ¿por qué me sigue dando miedo llorar?
Llorar no es sinónimo de debilidad. Llorar no significa que estamos perdiendo. Llorar es simplemente un reflejo.
A veces lo único que se necesita para continuar la pelea es derramar esas lágrimas.
La última vez que tuve la increíble necesidad de llorar fue hace unas semanas, bajo mucho estrés y con mucha ansiedad (estaba entrando en periodo de exámenes del instituto). Me limitaba porque no quería permitir que me “venciera”. Me sentiría débil. Resultó que mientras más me contenía, peor me sentía. Le escribí a mis amigas y les expresé lo que estaba sintiendo y que por favor oraran por mí. Luego de eso me puse a llorar desesperadamente y comencé a orar. Lo acepté y me tomé el tiempo que necesitase para poder desahogarme… y así fue. Después de un rato me sentí como si un peso hubiese salido de encima de mí y medité “el llanto no es mi enemigo, es sólo una forma válida de desahogarse”. Y ahí comencé a cuestionarme porqué se me hacía tan difícil, cada vez que tengo un ahogo, no reprimir el llanto.
Si quiero llorar, puedo llorar hasta quedarme seca. No soy débil ni perdedora por hacerlo. Igualmente tú.
✨ 💧 vivan las lágrimas 💧 ✨
Sigo en este aprendizaje de eliminar estigmas por las emociones, porque llorar no me hace débil y estar triste no me hace peor persona. Porque las lágrimas no significan que estoy perdiendo.
Me lleno de paz al darme cuenta que desde que escribí ese texto nunca más volví a tener vergüenza ni miedo cuando tuve ganas de llorar.
“Hoy miro a la depresión de frente, firme y sin miedo”.
Tenía 15 años cuando me sugirieron asistir a un psicólogo porque mi comportamiento no era normal. Sin embargo, llevaba casi cinco años sintiéndome de la manera en que me sentía entonces. Llorando día tras día, sin ánimo de nada, llegando al punto de odiarme y odiar la vida.
Mi diagnóstico? Depresión.
Tomando pastillas y asistiendo a sesiones con la psicóloga, pasé buena parte de mi adolescencia. Claro que con algunas lagunas entre medio, porque odiaba sentir que dependía de tanta cosa para vivir una vida "normal". De vez en cuando me estabilizaba, y es inmensamente frustrante creer que estás mejor y de la nada viene una crisis. Sentir que todo se derrumba, que eres culpable de tantas cosas, preguntarte cuál es el punto de estar ahí.
El dolor emocional era tan fuerte, que necesitaba opacarlo con algo físico. Incluso castigarme por el sentimiento de culpa, me llevaba a la auto-lesión. Traté de estudiar como cualquiera lo haría al salir de 4to medio, sintiendo en mi interior que no era lo mejor. Llegué al punto de faltar semanas completas, porque no podía levantarme. La sensación de estar presente en cuerpo, pero por dentro no había nadie, me consumía todos los días, la mayor parte del día. No estaba muerta, pero tampoco vivía.
Aún recuerdo la peor crisis que tuve en toda mi enfermedad. La sensación de amargarle la vida a todo aquel que me rodeara. La culpa de saber que todo momento se podía arruinar, porque no podía controlarme. El miedo de quedarme sola porque era una molestia constante. La mirada acusante de los que esperaba compasión, me hacía perder aún más la confianza.
Me sentí asqueada de mi misma, hasta los 20 años, cuando pisé la iglesia a la que voy cada domingo desde entonces, donde conocí personas maravillosas y comencé una relación con Cristo. Poder hablar con alguien real, no una psicóloga, hablar con alguien que entendiera de verdad lo que expresaba, fue el mejor regalo que pude recibir. La mejor ayuda que me pudieron dar. Quitarme el peso de encima y sentirme libre fue lo más maravilloso que he sentido.
Hace 2 años empecé un viaje en el cual, le pedí a Dios que me acompañara en cada paso que diera desde entonces, y jamás imaginé que llegaría a donde estoy ahora. Y me siento infinitamente agradecida.
Hoy miro a la depresión de frente, firme y sin miedo. Porque lo que un día me abatió, hoy es la razón de mi lucha cada día, por un mundo con más amor y empatía.
Comparto esto esperando que entiendas que SÍ hay salida. Que la depresión no es algo de qué avergonzarse. Que se puede salir de esto.