El silencio era deleite generalizado, puro y absoluto, sus yemas se despidieron del pequeño frasco de repelente mientras desfilaba la mirada por todos los estantes, una organización detallista que de inmediato atrajo los vestigios de la sombra familiar, que sí, que él era exactamente igual, un obsesionado por una clase de guía, ya sea colores, letras, lo ponía nervioso y era el tipo de detalle que jamás creyó extrañar de ningún modo naturalmente posible, un error que desgraciadamente corrigió algo tarde— Un placer. —murmuró tardío, mientras realizaba una sarcástica y pasajera reverencia con su cuello, ni siquiera había percibido el momento donde la blonda volvió a su recompensa de tanta búsqueda y desesperación, pero la lectura de sus facciones, en ese momento mucho más relajadas y calma cual río encontrando su cauce, dijeron todo lo que ella no pronunció— Ninguna de las dos, bah, aunque es una mezcla de las dos. —dio un único paso más cerca de ella, más cerca del umbral de salida— Tengo lo que quiero y la molestia se me da natural. —pronunció, la uña del dedo índice se movió en vertical sobre la sien, arrugando suavemente su nariz a medida que las palabras abandonaban sus labios— No sé si serás creyente del azar, pero mi presencia quizá es lo que te trajo suerte en la cacería. —cada sílaba era suficiente como para resistir la condena sarcástica que siempre amargaría su idioma, otro paso, directo a la salida, nada más necesitaba ahora que poner a prueba la veracidad del rocío de aroma bosque que había dejado hacer efecto sobre su piel hace menos de cinco minutos.
Una de sus finas cejas rubias se elevó en un claro gesto de confusión, pero decidió no decir nada al respecto, era mejor así. -- Qué agradable, vaya. --Fue su única respuesta al comentario siguiente de labios del albino.-- Habrá que trabajar con eso, no suelo tener mucha paciencia con personas de tu... índole, o carácter, o forma de ser. Pero vamos, que es cuestión de ir acomodando los términos y condiciones para no acabar tirándote algo a la cabeza. --Sinceridad pura y dura, era la realidad de la escocesa que no dejaba de observar cómo los pasos del joven se iban acercando a ella y, por consiguiente, a la puerta.-- Probablemente, ¿crees en el destino? Porque quizá es lo que sucedió. De igual forma tu creciente y altanero ego parece tomar parte de la situación, también. Extraño, ¿no? --El sarcasmo bailaba en su boca, sin poder remediarlo. La complicidad que poseía la rubia para entender los carácteres ajenos era más que evidente, solía ponerse en muchas situaciones distintas y sus ocurrencias le salvaban de verse o demasiado temperamental o con una insuficiencia de valentía. Alana no era una mujer corriente que tuviera un simple adjetivo para caracterizarla. Ella lo era todo. Abarcaba cualquier forma de ser en dependencia de su acompañante o de la situación y modo de emplear sus conversaciones. Y así le salvaba de agredir al campista y, probablemente, perder su empleo por su falta de empatía.-- La próxima vez que necesite de tu... ¿suerte? No te mantengas muy lejos. Aunque quizá me sirva con oler ese agradable aroma a menta para encontrarte. --Hizo un gesto con la mano, señalando las picaduras de sus antebrazos.-- Tengo un antiséptico que quizá te ayude a los picores. Pero claro, si eres tan agradable siempre quizá no pueda ofrecerte mi ayuda, a cambio. Ya sabes.










