same old thing;;
Soltó un leve resoplido seguido de una carcajada ante la exclamación ajena, sabía que en realidad no le molestaba, y ella solo lo hacía para exasperarlo. —Así me gusta.— asintió depositando otro beso en la cara contraria, esta vez en la frente, a modo de premio por haber hecho caso. No le parecía raro estar tan afectiva con el muchacho, ella era así con todo el mundo, básicamente. Aparte, no estaba mal demostrar cariño, ¿verdad? Eso no era considerado engañar hasta donde sabía. —¿Qué?— preguntó un tanto desentendida del hombre, dejando que sus facciones se desfiguren en una mueca preocupada por el repentino comentario masculino, mas rápidamente notó que se encontraba bromeando. Al sentir como el joven se zambullía en su hombro, la francesa no dudo en estrujarlo un poco, abrazándolo mientras se inundaba en el perfume ajeno que tanto anhelaba, mas no admitía. —Por supuesto que te extrañé.— re afirmó sin vergüenza alguna, aunque no le diría lo mucho que sufrió tal falta de charla entre ambos. No podía saberlo, sobretodo notando que le importaba muy poco. —Igual que a todos.— añadió al pasar unos segundos, dedicándole una mirada a la vacía habitación, probablemente todo el mundo se había ido al lago, para celebrar como todos los años la llegada al campamento. Se encontraban solos, cosa que la alivió un poco, un momento de intimidad por lo que corto que fuera. —No sé que piensas hacer, Nancita no llega hasta las siete.— comentó, pero para cuando entendió a que se refería, el contrario ya había capturado sus cachetes, y se le acercó en un alarmante casi-beso. Estaba mal, muy mal. No podía estar haciendo eso, no podía estar haciéndole eso a cierto chico. Sin embargo, su primer instinto fue correr la cara, facilitándole el trabajo al muchacho, dejándole una vía clara a su mejilla. Se rió al sentir el tacto de la tibia lengua sobre su cachete, también percibiendo un pequeño escalofrío. —Asqueroso.— confirmó con una sonrisa, ignorando sin mucho problema la preocupación anterior. Prontamente estaría consciente de lo que hacía, pero en ese momento, la felicidad era capaz de apaciguar tal sentimiento.
El remordimiento asaltó su sistema con las confesiones de añoranza de la joven, cualquiera diría que por la sonrisa socarrona que le dedicó en respuesta tan sólo había acrecentado su ego, mas no sucedido tal cosa. El griego pecaba de ser un tanto insensible, cualquiera cercano a su persona sabría de dicha característica, pero la culpa era algo que a veces llegaba sin avisar, exactamente como sucedió en tal instante. ¿Cómo podía explicarle? ¿Cómo podía explicarle que durante el año por fin decidió hacer algo bueno por su vida y, en cuestión, apenas tenía tiempo para pensar en sí mismo de tantos quehaceres? Dicho hecho podría ser un orgullo para cualquier ente, pero no para él, que odiaba el orden y amaba el desorden; no estaba orgulloso de sus logros, estaba satisfecho. Una risa tontaina que remplazaba las a’s por unas e’s surgió de entre sus labios, para luego expresar con naturalidad. —Por supuesto que me extrañaste, koala, hablamos del jodido Leó. —Y quitó con un movimiento de cabeza el flequillo de su frente, un gesto derrochador de soberbia novelesca. Quería decir “yo también te extrañe”, quería responder de tal forma, mas era algo que resultaba ajeno a su persona y que sus orbes cafés delataban por sí mismos al no dejar de mirarla. —Nah, no dramatices, el único que quizá pudo haberme extraño es Björn. Ya sabes, se habrá encariñado con mis gases. —Chistó recordando a su ex compañero de cabaña, preguntándose al mismo tiempo en sus adentros el paradero de ese rubio teñido. Pronto, despojó todas las ideas de su cabeza que no venían al caso, para cuando la francesa lo llamaba por el adjetivo que podría caerle a la perfección, rompió en risas con facilidad. —¡Oh, cállate! —Soltó entonces poniendo sus orbes en blanco, retrocediendo un paso y estirando su mano para tomar la ajena, acariciando esta sin quererlo hasta adquirir la manga de su bolso, en un segundo se encontraba cargado (de nueva cuenta) sobre su hombro. —Te encantan mis babas. —Insinuó entornando sus ojos, como si aquello fuera algo demasiado evidente en su apreciada koala (o lo que él creía). — Por eso vas a tener más babas… en dónde quieras. —En la última frase se dio el gusto de teñirla de un tono lascivo, la confianza ya establecida con la blonda le permitía llegar a dichos limites, no obstante, quedo en el olvido cuando una sonrisa burlesca regresó a adornar su rostro. —Pero primero vamos a comer o a buscar a la manada, ¿dónde mierda se fueron todos? —Cuestionó dedicando un corto vistazo a su alrededor, encontrando más que espacios vacíos.













