La verdad es que una de las pocas cosas que le gustaban de sí mismo era su apellido.
Enríquez, M. (2004). Cómo desaparecer completamente. Recuperado de: https://epublibre.org/libro/detalle/56746
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La verdad es que una de las pocas cosas que le gustaban de sí mismo era su apellido.
Enríquez, M. (2004). Cómo desaparecer completamente. Recuperado de: https://epublibre.org/libro/detalle/56746
Repetir cada acto querido nos acerca algo más a su término.
Marías, J. (1994) Mañana en la batalla piensa en mí. Editorial Alfaguara
Creí que podría empezar a vivir en compañía y sentí miedo. (El miedo a no estar suficientemente a solas nunca ya. Una contradicción).
Mary Ann Clark (2014) Un pasión parecida al miedo. Editorial Periférica.
Por eso los hombres leen, suben a los aeroplanos, cambian de mujer, sellan multilateralmente sus pasaportes, nadan, esquían y se suicidan. Para encontrarse cara a cara con el alma propia
Anais Nin (1987). Fuego, diario amoroso 1934-1937. Editorial Siruela.
Más que lo que me cuenta, la leyenda es el alma popular de todo país y de toda raza es idéntica bajo distintos nombres.
Brunet, M. (2022/1927). Rodar tierras: crónicas, columnas y entrevistas. La Pollera Ediciones.
Giant prompt card for the final sequence in The Wicker Man (1973)
La excusa para sacar de su letargo a la cámara fue una exposición de vehículos antiguos. Habia unos pocos -menos de los que esperaba- instalados con sus cromados refulgentes bajo el Sol todavía insistente a mediados de marzo, y junto a ellos sus dueños con orgullo apenas disimulado. La mayoría tenía el cabello cano y las camisas a cuadros.
El resto del terreno del otrora Palacio tenía el pasto recortado y bien cuidado, además de un puñado de mesas típicas de camping, así como su respectiva parrillada instalada al lado.
Me senté en una de esas mesas a escribir sorbiendo sin apuro un té rojo aún caliente mientras el atardecer agonizaba en el horizonte y la gente paseaba sin excesivo entusiasmo por las inmediaciones con un ánimo más propio de un día domingo que de un sábado.
Old antique 19th century book with evidence of a flower having been presed between its pages
Estuve pensando en The night (2021) y entiendo el magnetismo que provoca la ciudad en la noche. O el poder que tiene el eco (de los ladridos, por ejemplo, cómo llegan desde tan lejos) a esas horas, cuando la falta de otros ruidos permite percibirlo.
Cada ciudad tiene ese pulso, ese sueño ligero de gato dormido.
Imágenes: unos tres hombres con overoles, dos fuman, el otro con los brazos en jarra, todos bajo una luz ámbar; la notable quietud de las casas de adobe sin ocupantes, vacías hace años; las familias comunes y silvestres de paso amodorrado y el olor de los perfumes y desodorantes que emanan desde sus cuerpos acalorados; los locales y almacenes ya cerrados pero con el aroma de su actividad aún presente, terroso, por ejemplo, el de las verdulerías; la actividad vehicular que desciende; el calor que remite pero que aún envuelve.
El pensamiento y la vida son polos opuestos.
Orlando, Virginia Woolf, 1928 [2024]. Fondo de Cultura Económica.
Etienne-Jules Mare: Vol de Héron (1883)
Había estado evitando esa parte del camino al pasar. Prefería cruzar la calle y mirar en dirección al río: ver a la gente pasear en esos coches arrendados -que trae un tipo desde Santa María- o fijar la atención en los grupos de amigos que jugaban al ping pong en las mesas de piedra. Trataba de observar lo que fuera menos su cuerpo.
La primera vez que lo vi me removió con violencia. Fue repentino, estaba tirado junto al camino que frecuento. No lo vi hasta que lo tuve junto a los pies. Tenía un agujero abierto al costado del abdomen, las vísceras expuestas y los ojos cerrados. Fue tan lacerante la imagen que al verlo así -las tripas visibles- contuve la respiración y me llevé las manos a la cabeza y me restregué el pelo.
Ese encuentro me bastó para necesitar cruzar la calle y no verlo así de cerca. Y así hice cada vez. Pero, por más que estuviera en la otra vereda, a veces desviaba la vista hacia el frente. Noté que con el transcurso de los días iba perdiendo vitalidad el color de su pelaje y, también, vi a gente pasar junto a su cuerpo con indiferencia incluso cuando paseaba a sus propios perros.
Ya volviendo de las festividades, en el camino de ida volví a evitar esa parte; crucé de sobre seguro. En el lugar en el que debía estar ya no lo vi, salvo una mancha blancuzca. Pensé en ese momento que alguien se habría compadecido de él retirando su cuerpo en alguno de los días que no anduve por ahí. Así que cuando me tocó pasar de vuelta no sentí la necesidad de cruzar.
Pero seguía ahí. La marca que había visto desde lejos no era otra cosa que el cadáver en descomposición, en proceso de ser reabsorbido por la tierra. Esta vez la imagen me enterneció y permanecí un momento observándolo. Poco quedaba ya del color rubio de su pelaje; lo que fue su cuerpo tenía la textura de la tiza resquebrajada. Aún era distinguible la herida letal en el abdomen y, esta vez, me fijé en su dentadura: contrastaba con la pigmentación negra de su labio que se negaba a ser carcomida por la podredumbre.
Cartel anunciador que no anuncia nada.