“Alec Bennet, el hombre con el que tantas veces hablé en la estación de King's Cross, creyendo que era un buen hombre que se había hecho cargo de un niño huérfano, coge mi varita. Yo aprieto la mandíbula, pensando en el joven Azariel Blair, amigo de mi hijo Albus, amigo de Alhena, amigo de Scorpius... Ojalá él siempre esté lejos de sus garras. Axel dice que irá por su propio pie, y yo siento las manos de Bennet rodeando las mías tras mi espalda, empujándome hacia mi destino, que no es otro que la muerte. Miro a mi familia, a mis amigos, pero sobre todo miro a mi hijo. Jamás pensé que le vería morir. No quiero llorar, y no voy a hacerlo, jamás lloraré frente a las personas que van a quitarnos la vida. Empujada por Bennet, llego a la iglesia, viendo que antes que nosotros han llegado dos de nuestros hermanos, Dorian Kedward, y Emmeline Lain, a quienes miro, viendo como lloran arrodillados. Nos piden que nos arrodillemos, pero no lo hago, no lo haría si no fuera porque Bennet me lanza un Imperius, que me obliga a hacerlo. Miro a mi hijo y niego con la cabeza para que se calle”