La realidad laboral de los albañiles tiene un sabor agridulce coronado con un final amargo. Por una parte, su trabajo les permite comenzar a trabajar apenas dominan el oficio y -como muchos quisieran-, tienen la posibilidad de emplearse por proyectos, es decir, no comprometerse con una empresa ni firmar acuerdos laborales o burocráticos que los aten a un mismo sistema de trabajo, sino que pueden ser contratados por obra y gozar de ciertas libertades en sus calendarios. Este modo de empleo puede ser útil, sobretodo para la mayoría de los jóvenes, pero las cosas se complican cuando se tiene la responsabilidad de mantener una familia.
De acuerdo con el artículo “Albañilería oficio de paradojas” de Carolina Gómez Mena publicado por el diario La jornada, “datos del INEGI refieren que nueve de cada 10 albañiles no tienen seguridad social como prestación laboral. A ello se suma que sólo 23 por ciento cuenta con contrato escrito, poco más de las tres cuartas partes son contratados en forma verbal, lo cual no sólo los hace más vulnerados en el respeto a sus derechos laborales, sino que también pone en evidencia la “poca estabilidad" laboral con que cuentan”.
La mayoría de los albañiles son nómadas, solo una pequeña parte consigue empleo de forma permanente –esta es una de las principales razones por las que no se tiene, a ciencia cierta, una cifra exacta de las personas dedicadas al oficio de la albañilería-. La encuesta nacional de empleo, realizada por el INEGI en el 2011, muestra el porcentaje de la población que se dedica a trabajar en el ramo de la construcción, sin que eso discrimine entre albañiles, fontaneros, electricistas y todos quienes contribuyen con aportes varios a tan representativa labor contratista. Enuncia también que 7 de cada 10 ocupa trabajos informales y no cuenta con las prestaciones de seguridad social. De modo que contabilizar a aquellos que no tienen empleo fijo y que mes con mes tienen que verse en la necesidad de mudar, en muchas ocasiones hasta de empleo y no solamente de obra en obra, resulta una labor impráctica, complicada y además irrealizable.
Consorcios de construcción, despachos de arquitectos y algunas dependencias gubernamentales, tienen la posibilidad de contratar de forma permanente a un número base de albañiles, explica el Arq. y Director de Obras Públicas del Municipio de Tepatitlán Gerardo Gutiérrez Iñiguez. “En el caso de los albañiles con plaza que trabajan para el municipio, tienen acceso al sistema de pensiones y sus respectivas prestaciones de ley, entre las que se incluye el derecho a los Servicios Médicos Municipales; dependiendo de la obra, pueden incluirse trabajadores eventuales que durante su servicio tengan acceso a dichas prestaciones…Cuando se trabaja de forma particular, la ley laboral exige cubrir una cuota, aproximada al 27% del costo total de la mano de obra, para iniciar los trámites del Seguro social y que los albañiles queden protegidos contra cualquier percance que se presente”.
El trámite del Seguro obliga a los contratistas a registrar la obra en proceso y a quienes trabajarán empleados en dicho proyecto; de no realizarse el trámite, existe el riesgo de ser visitados por alguno de los inspectores de obra del Seguro Social y hacerse acreedor a una multa con su respectivo recargo, que oscila entre el 40 y 60% de la cuota obligada –misma que varía de acuerdo al número de trabajadores, las condiciones laborales, los pisos en construcción y el avance la obra-.
En toda construcción, la responsabilidad de mantenerse al tanto del proceso y proyecto recae en la dependencia de Obras Públicas Municipales, Estatales o Federales, según sea el caso, sin que ellos tengan jurisprudencia para advertir sobre la falta del Seguro Social de los trabajadores, simplemente no son asuntos en los que deban entrometerse. Desde la dirección de Obras Públicas se verifican los títulos de propiedad, el uso de suelo, los planos y el proyecto avalado por la firma de alguno de los peritos registrados; sin que sean de su interés las garantías individuales de los trabajadores.
Este sistema de trabajo ha permitido que el oficio de la albañilería se desarrolle en una especie de mercado negro, en el que fácilmente pueden encontrarse maistros que son casi arquitectos y albañiles experimentados que trabajan arrastrados por su necesidad y que calculan los riesgos para no sufrir accidentes y ahorrarle el Seguro a los empleadores.
“Qué más quisiera yo que tener el trabajo garantizado, ay nomás esperándome”, dice don José, “Pero la realidad es que no es así, tiene uno que andarle buscando”.
La manera en que José y Pépe se emplean es la más popular y característica de los albañiles, ellos son nómadas, van de oficina en oficina preguntando a los arquitectos si tienen algo de trabajo para darles; consiguen con conocidos aquí y allá toda clase de trabajos y arreglos que les sirvan para mantenerse.
Muchas veces, cuando el presupuesto se limita, los mismos albañiles llegan a hacerla de arquitectos, platica Pépe, quien después de tantos años de experiencia asegura que es perfectamente capaz de levantar una casa sin arquitecto. “A mi me gusta usar el 1%, oséase que si dibujo 7 cm ya sé que le tengo que medir 7 metros pues”.
Cuando son los arquitectos quienes los contratan, los albañiles esperan su visita una, dos veces al día o por lo menos dos veces por semana. Los arquitectos llegan con plano bajo el hombro, supervisan el trabajo, proveen los materiales y hacen las correcciones pertinentes para que, en realidad, todo se vea como se planeó.
Sea como fuere, con o sin arquitecto que los supervise, con o sin seguro que los proteja, el precio es estable en toda clase de construcciones. Se estima una media de cobranza que oscila entre los 35 y 50 pesos por metro construido en planta baja y que asciende a los 45 y 60 pesos en planta alta. Todo depende del trato que se logre con el contratista, -ya sean propietarios o arquitectos-. En este intercambio de servicios el encargado de ejecutar dicho trato es el maistro, que es también quien recibe el dinero al fin de semana y se encarga de pagar las cuotas de los peones y demás albañiles. Así mismo, tiene toda la autoridad moral para “descansar” a los albañiles holgazanes o que sean descuidados a la hora de realizar los trabajos.
José, en su experiencia como maistro, asegura que lo más difícil a la hora de tratar es tenerle paciencia a la gente, sobretodo a quienes no están acostumbrados al trato con los albañiles y que poco entienden sobre los costos y necesidades a la hora de trabajar. Dice que lo más trabajoso es hacer la bóveda y los cimientos y que ahí “uno luego luego se da cuenta de quiénes saben chambearle y quienes no”; así después de las dos primeras semanas de trabajo, José sabe muy bien a quiénes seguir empleando y en qué clase de labores.
Le ha costado mucho encontrar trabajo y no titubea cuando se le pregunta si le gustaría encontrar un trabajo de planta. La respuesta es sí. Con mucha certeza. Para él nada sería mejor que ahorrarse la molestia de buscar despacho por despacho quién pueda emplearlo al terminar la obra en proceso. “Trabaja uno sin seguro sin nada”, se queja, “Cuando alguien se lastima pues es muy difícil, se pone todo muy difícil, si no hay quien cubra pues le toca pagarlo al patrón”.
Pépe piensa diferente, quizá por su característico ánimo optimista. Dijo que sí, que sí le gustaría encontrar algo de planta, pero después se arrepintió y pensándolo bien afirmó que siempre no. “No es que no busque tener trabajo, si busco dónde trabajar, pero cuando es ya fijo en veces me enfado, diario es lo mismo y todas las veces igual pues se enfada uno porque es ya como una rutina, en cambio aquí pues cada día aprendes cosas y es más”. Resulta curioso saber que Pépe, con todo y que mantiene una familia, prefiera emplearse de manera informal. Buscar trabajo de puerta en puerta lo ha llevado a estar casi 2 meses sin cobrar sueldo y ha tenido que hacer de todo para poder mantenerse, que si lavar platos en el mercado, que si jugar al jardinero, hacer las diligencias; pero al final, siempre regresa a este que es ya su oficio predilecto y que asegura nunca cambiaría. Ya se acostumbró, disfruta la dinámica de “vagar de obra en obra, de ir con los arquitectos y ganarse la chamba”, dice que siente que la merece y pone más empeño cuando se trata de trabajar en la bóveda y los enjarres que son sus quehaceres favoritos.