Lo siento… y me duele más de lo que alguna vez pensé que podía doler algo.
Han pasado años, y aun así hay una parte de mí que sigue en ese mismo lugar, esperando algo que nunca volvió. Me duele aceptar que lo nuestro terminó de verdad, que no fue una pausa, que no era un “después”, que simplemente se acabó… para siempre.
Muchas veces imaginé que regresarías. Me aferré a esa idea más de lo que debería. Pensaba que si volvías, esta vez sería diferente, que yo ya no sería tan cerrada, que sabría quererte mejor, demostrarte todo lo que no supe antes. Estuve dispuesta a cambiar, a abrirme, a dejar de ser esa persona fría que fui contigo… pero tú no volviste.
Me duele no haber sido suficiente, no haber sido lo que buscabas. Me duele pensar que tal vez sí pudimos ser algo más, pero no en el momento correcto. Me duele todo lo que no dije, todo lo que no hice, todo lo que guardé por miedo.
Te quise… aunque no lo pareciera. Te quise de una forma que ni yo misma entendía, y quizás por eso lo arruiné.
Durante mucho tiempo viví con la ilusión de que esto no había terminado del todo, que en algún momento nuestras vidas se iban a volver a cruzar. Pero hoy tengo que aceptar que no… que tú ya seguiste, que tal vez eres feliz, que tal vez ya tienes todo lo que alguna vez soñaste, y yo ya no estoy en eso.
Y aceptarlo… duele demasiado.
Pero no puedo seguir viviendo en algo que ya no existe. No puedo seguir esperando a alguien que no va a volver.
Así que hoy, aunque me cueste, aunque me rompa un poco más… te dejo ir.
No porque quiera, sino porque ya no me queda otra.
Te voy a llevar conmigo, sí… pero ya no desde la esperanza, sino desde el recuerdo.
Y ojalá algún día esto deje de doler tanto.