Existen palabras que parecen hermanas, pero en realidad viven en mundos distintos. Palabras que se pronuncian con el corazón, pero cuya profundidad y destino no siempre son los mismos. Entre todas ellas, hay dos que se miran de reojo y que, aunque se parezcan, cuentan historias diferentes: te quiero y te amo.
Un te quiero es el inicio de un sentimiento, un aprecio especial… pero también algo que puede desvanecerse, como una hoja que se queda aferrada al árbol y nunca llega a caer en otoño, o como una mirada que un día deja de brillar.
Es un regalo que nace del corazón, un gesto que se exterioriza y puede ir dirigido a tus amigos, tu familia, o incluso a esa persona que te hace sonreír más de la cuenta.
Son dos palabras que muestran afecto: se dicen al despedirse, al descubrir que alguien te llena de felicidad y aligera tus días.
Para esta humilde escritora, un te quiero es como un amor pasajero de verano: palabras sinceras, con sentimientos reales… pero no lo suficientemente fuertes como para desafiar el paso del tiempo.
En cambio, un te amo es un vals sin final, una melodía eterna que solo se baila con quien toca lo más profundo de tu alma.
Es una gema preciosa que se entrega a muy pocas personas, un tatuaje invisible que jamás podrás arrancar de tu piel.
Son dos palabras cargadas de sentimiento, decisión, razones, poder y, por supuesto, magia.
Decirlas no es un acto que se tome a la ligera: nacen cuando el corazón se desborda y los sentidos se rinden ante todo lo que ese alguien despierta en tu interior… cuando ilumina la salida en medio de la oscuridad.
Cuando esa persona se convierte en ese tan esperado hogar donde por fin bajar la guardia y encontrar la paz de estar en sus brazos.
Es exactamente ahí, donde, como un suspiro que se escapa sin pedir permiso, desnudas tu corazón y dices: te amo.
Un te quiero puede vivir en muchos labios, pero un te amo solo habita en el corazón de quien ha decidido amar sin condiciones. Y en ese momento, ya no hay retorno: o vuelas… o te quedas para siempre.