El ascenso hacia la montaña no se demoró.
Apenas recuperadas las fuerzas, los tres emprendieron el camino sin intercambiar demasiadas palabras. Las heridas habían sanado, sí, pero algo más persistía abierto: la necesidad de respuestas que ardía en el pecho de Custo con más intensidad que cualquier corte.
Cada revelación que Circle y Koen habían compartido lo había dejado más inquieto que el anterior. Sus palabras no lo aliviaban; lo empujaban hacia algo inevitable.
La montaña los recibió con un frío implacable.
Por momentos el sendero era generoso: tramos relativamente estables donde podían avanzar con rapidez, casi en silencio. Pero de pronto el terreno se quebraba en formaciones irregulares, rocas sueltas y desniveles abruptos que exigían concentración absoluta. Aun así, se las arreglaban bien.
La agilidad de Koen era evidente. Se movía con precisión, como si hubiera escalado montañas toda su vida. Pero lo que sorprendía era Circle. Ligera, firme, segura. Custo había temido que alguno de ellos lo retrasara; pronto comprendió que no sería así.
El terreno, sin embargo, era demasiado inestable como para permitirle usar su poder con libertad. Teletransportarse a gran distancia sería imprudente. No conocía con exactitud el punto al que debía llegar, y en aquella montaña un error podía significar aparecer dentro de roca sólida o al borde de un abismo.
Y si todo era una trampa...
La idea se repetía con insistencia en su mente.
Pero al menos no estaría solo.
Koen llevaba el arco robado colgado del antebrazo. El carcaj descansaba firme contra su espalda. Le había comentado a Custo, con una sonrisa casi despreocupada, que solía ser un buen tirador.
Sin embargo, no había disparado ni una sola flecha desde que perdió el dedo.
A medida que ascendían, los nervios de Custo crecían. Una sensación incómoda comenzó a instalarse en su interior: la posibilidad de haber evitado su destino durante demasiado tiempo. ¿Y si todo aquello no era más que el punto al que siempre debió llegar? ¿Y si había estado escondiéndose?
El viento sopló con mayor fuerza cuando alcanzaron un sector cubierto por niebla.
Una silueta femenina recortada contra la bruma, inmóvil, esperando.
Koen reaccionó de inmediato. Tomó el arco con cautela, extrajo una flecha y tensó la cuerda con el gesto firme de quien confía en su instinto más que en su cuerpo. La niebla dificultaba distinguir detalles, pero algo era evidente.
Un demonio, sin lugar a dudas.
La figura se giró lentamente hacia ellos.
Y, pese a la distancia, Custo pudo distinguir su rostro.
El reconocimiento fue inmediato.
La mujer sonrió al verlo.
No fue una sonrisa cautelosa ni estratégica. Fue genuina. Cálida. Familiar.
La energía vibró en el aire con ese sonido agudo que precedía a su poder, y en el siguiente instante ya no estaba junto a sus compañeros. Apareció frente a ella, reduciendo la distancia a nada, y la abrazó con una emoción que no intentó disimular.
—¡Daemina! —exclamó el joven dios, con una alegría que hacía tiempo no se permitía sentir.
Las grandes alas de murciélago se plegaron apenas para rodearlo. Sus cuernos se curvaban con elegancia sobre su cabeza, y su presencia imponía respeto... pero para Custo seguía siendo una hermana.
Se habían criado juntos, especialmente durante los últimos años de su infancia, cuando el mundo todavía no estaba lleno de traiciones, guerras y destinos inevitables.
—Custo... qué joven eres —dijo ella con una mezcla de asombro y ternura.
Aunque no aparentaba mucha más edad que él, en su mirada había siglos de experiencia. O quizá solo demasiado dolor.
Custo se separó lo suficiente para mirarla bien.
—¿Qué haces aquí? No esperaba verte —preguntó, aún con la emoción vibrándole en la voz.
Koen y Circle terminaron de ascender el tramo que los separaba y se acercaron al punto de encuentro, observando con cautela a la figura alada.
Daemina no apartó la mirada de Custo cuando respondió.
—Estoy aquí para acabar de una vez con Dei —murmuró.
El rencor endureció sus facciones.
—Debo hacerlo... si quiero que mi esposo y mis hijos estén en paz.
La revelación lo golpeó más de lo que esperaba. Su hermana tenía una vida. Una familia. Algo que proteger más allá de antiguas lealtades.
Viajar en el tiempo implicaba aceptar que el mundo avanzaba sin pedir permiso.
—¿Dei está aquí? —preguntó finalmente.
—Eso creo —respondió Daemina—. Lo he estado rastreando. Preguntando por él. Y todo me conduce a esta montaña.
Su mirada se desvió hacia una abertura en la roca, completamente sellada por piedras apiladas con precisión antinatural.
—Circle... cuánto tiempo sin verte —saludó entonces, con un tono más suave.
—Daemina —respondió la joven bruja con una sonrisa leve, aunque sus ojos analizaban la entrada bloqueada.
Circle se acercó a las piedras. Las tocó con cautela. Estaban tan firmemente encajadas que parecían parte original de la pared.
No era un simple derrumbe.
Era un cierre deliberado.
La bruja frunció el ceño, debatiéndose internamente entre usar magia o intentar desplazarlas por fuerza bruta. Pero algo en la estructura le decía que ninguna de las dos opciones sería sencilla.
Koen, entretanto, observó el entorno.
—Tiene que haber otra entrada —murmuró, y sin esperar aprobación comenzó a ascender por el sendero.
Custo lo siguió, aunque no del todo convencido. Cada minuto que pasaba sentía que el tiempo se deslizaba entre sus dedos. Como arena en un reloj.
—Escucho agua —comentó Koen mientras avanzaba—. Pero no la veo. Debe correr por dentro de la montaña.
El sonido era tenue, amortiguado por la roca.
Los minutos transcurrieron y con ellos, la paciencia de Custo comenzó a desgastarse.
—¿Cuánto más debemos subir? —preguntó finalmente, incapaz de contener la impaciencia que crecía en su pecho.
—Si tuviera un mapa, te lo diría —respondió con sorna.
—No seguiré perdiendo el tiempo —sentenció.
La energía vibró a su alrededor con ese sonido agudo, eléctrico, inconfundible.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, el espacio se plegó sobre sí mismo y Custo desapareció.
Desde el exterior, apenas quedó el eco del poder disipándose... y el grito de Koen.
El grito de Koen quedó ahogado por la roca.
Un segundo después, las rodillas de Custo chocaron con violencia contra el suelo tras caer casi metro y medio en la oscuridad. El impacto le arrancó el aire de los pulmones. Era uno de los riesgos de no conocer con precisión el destino del salto.
Pero era preferible a quedar incrustado dentro de la piedra.
El interior de la caverna era húmedo y opresivo. El sonido del agua resonaba más cerca ahora, constante, como una respiración antigua. Sin embargo, el aire era escaso. Denso.
Custo sintió cómo un nudo se asentaba en la parte baja de su garganta.
La niebla lo cubría todo. Espesa. Pesada. Apenas le permitía distinguir las paredes rocosas a unos pocos pasos de distancia.
Guiado por el murmullo del agua, avanzó a tientas.
Sus rodillas chocaron de nuevo contra piedra, pero esta vez no era suelo ni pared.
Era el borde de un pequeño arroyo que corría en el interior de la caverna.
La niebla parecía nacer del agua misma, elevándose como un suspiro interminable.
El agua era cristalina... excepto por una zona teñida de rojo.
Un rojo que no dejaba lugar a dudas.
Y allí, hundidos parcialmente en el arroyo, yacían dos cuerpos.
El cabello blanco y largo fue suficiente.
La verdad lo golpeó antes de que pudiera negarla.
Se había quedado sin tiempo.
Pero sabía que no tenía derecho a pronunciarla. Si había perdido el tiempo, había sido por su propia indecisión. Por su miedo. Por su demora.
Las lágrimas comenzaron a caer con la misma constancia con la que el agua alimentaba el arroyo.
Entonces la oyó, una risa aguda y cruel.
Una mujer vestida de violeta oscuro observaba la escena desde la orilla, riendo a carcajadas ante la desesperación dibujada en el rostro de Custo.
No quería nada más que volver atrás.
Ya no podía regresar a ningún tiempo en el que hubiese estado.
Ese era el verdadero castigo.
Custo avanzó dentro del agua, que le llegó hasta las rodillas. El chapoteo rompió el silencio húmedo de la caverna mientras se abría paso hasta los cuerpos, que descansaban boca abajo.
Con manos temblorosas, tomó el cuerpo de su padre y lo giró.
La vida lo había abandonado sin duda alguna.
La niebla y el agua acentuaban la palidez de su piel. Sus ojos dorados estaban abiertos, vacíos. Su cabello rubio estaba teñido por el rojo oscuro de su propia sangre.
Era que no podía reconocerlo.
No había memoria viva que lo acompañara. No había imagen anterior que suavizara aquella escena.
Esa sería la única versión de su padre que conservaría.
Piel blanca como la leche.
Cabello rubio mezclado con carmesí.
Un desconocido que llevaba su sangre.
Un desconocido que ya no respiraba.
Custo dejó el cuerpo con delicadeza, como si aún pudiera sentir dolor.
Luego se inclinó hacia el de su madre.
La giró con una suavidad casi reverencial.
El rostro más hermoso que había contemplado jamás.
La bondad parecía escrita en sus facciones, incluso en la muerte. Su piel era tan pálida que apenas se distinguía dónde terminaba y dónde comenzaba su largo cabello blanco.
Sus tonos claros combinaban con el entorno de una manera casi etérea, como si el agua y la niebla la hubiesen reclamado con suavidad.
Custo acomodó con cuidado el cabello de su madre, apartándolo de su rostro, una y otra vez, como si ese gesto pudiera reparar algo.
Sus lágrimas cayeron sobre el rostro de su madre.
Y por primera vez desde que había comenzado su búsqueda, el Dios del Tiempo comprendió lo que significaba llegar demasiado tarde.
El sonido del chapoteo rompió el vacío.
Custo alzó la vista justo a tiempo para ver a Koen caer por la misma abertura por la que ingresaba el agua al arroyo.
—¡NO! —gritó el joven ladrón.
Ya tenía el arco tensado.
El movimiento fue rápido, preciso, instintivo.
Custo siguió con la mirada la trayectoria de la flecha que silbó sobre su cabeza y atravesó la niebla húmeda hasta incrustarse en el pecho de la mujer de vestido violeta.
Ella tenía el cuchillo en alto.
Estaba a un segundo de apuñalarlo.
De repetir el gesto que, instantes antes, había arrebatado la vida a sus padres.
La mujer cayó de rodillas dentro del agua. El impacto levantó pequeñas salpicaduras teñidas de rojo. Sus labios se movieron, formando palabras que nunca llegaron a sonar.
En lugar de voz, de su boca emergió humo violeta denso y rápido.
Atravesó la caverna con la misma velocidad que la flecha que le había quitado la vida. Pero su destino no era Custo.
El humo lo alcanzó de lleno en el pecho.
Por un instante, los ojos del joven ladrón brillaron con sorpresa.
Su cuerpo cayó de espaldas al agua, completamente sumergido, inerte. El arco flotó a un lado y el silencio que siguió fue absoluto.
Custo no se movió, rodeado de cadáveres.
El de la mujer que había reído.
Apretó con más fuerza el cuerpo de su madre contra su pecho y retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de roca. Se dejó caer allí, encogiéndose, abrazándola como un niño que por primera vez encuentra refugio en los brazos maternos.
Y también por última vez.
Perdió la noción del tiempo, podrían haber pasado segundos, minutos, horas. Nunca lo sabría.
Un nuevo chapoteo en el agua lo devolvió al presente.
Circle y Daemina habían logrado entrar por la misma abertura.
La joven bruja quedó paralizada al ver el cuerpo de Koen bajo el agua. Su mirada recorrió la escena con rapidez, buscando al culpable, hasta que se detuvo en el vestido violeta flotando cerca del cuerpo sin vida de su asesina.
Circle se lanzó hacia Koen.
Con esfuerzo, lo arrastró fuera del agua y lo colocó de costado para que el líquido saliera de sus pulmones.
—Puedo salvarte... estarás bien... te juro que estarás bien —murmuraba, la voz quebrada.
Acariciaba su rostro, su cabello empapado.
—Tú me salvaste... yo te salvaré. Estaremos a mano. Seremos amigos...
Asentía mientras sus ojos comenzaban a brillar con una intensidad antinatural. El rosa iluminó la caverna, reflejándose en el agua.
—Me la presentarás... y tus hijos me dirán tía... estarás bien...
Estaba viendo todos los futuros posibles.
Buscando uno donde él respirara.
La luz rosada se expandía, bañándolo todo.
La escena solo logró que Custo apretara con más fuerza el cuerpo de su madre contra su pecho.
Hasta que Daemina se agachó frente a él.
—¿Custo...? —lo llamó con cautela.
Sus alas se desplegaron ligeramente, bloqueándole la vista de la desesperación de Circle.
Custo se puso de pie de un salto y apartó a su hermana con brusquedad para señalar a la bruja.
—¡Debes revivirlos! —gritó, histérico—. ¡Tienes que poder! ¡Como a Koen! ¡Hazlo por mí!
Circle negó lentamente, aún arrodillada junto al cuerpo inmóvil.
—¡Sí puedes! ¡Soy un dios! ¡Te lo ordeno, maldita sea! —rugió, llorando sin control.
Circle levantó la mirada.
—No se trata de eso, Tempes —espetó—. Fueron asesinados. Apuñalados. Yo solo puedo revertir magia. Y una daga no es magia.
Las palabras cayeron como sentencias.
—¡Debes intentarlo! —insistió Custo, la voz rota—. ¡No puedo dejarlos pudrirse en esta agua!
Daemina se acercó con suavidad.
Tomó las manos de Custo y lo ayudó a bajar el cuerpo de su madre hasta el suelo de piedra.
El joven temblaba sin control.
Su hermana lo envolvió con sus brazos y lo sostuvo con firmeza.
—Estuve tan cerca... —sollozó él.
—No —susurró Daemina, acariciándole la espalda—. Fue el destino, Custo. Él te odia.
Custo negó con la cabeza.
—Si hubieras llegado antes, el destino los habría hecho morir antes —replicó ella con calma, obligándolo a mirarla a los ojos—. No puedes ganarle en estas cosas. El tiempo no vence al destino.
Sus palabras no eran crueles.
—La única forma que tienes de ser libre... —añadió con gravedad— es matarlo.
Y en la caverna, entre el agua roja y la niebla, la idea dejó de sonar imposible.