El precio...
Le debo salud a una madre, dinero a un padre, años a un hermano y amigos a la persona que amo. A veces me pregunto cuánto más queda por cobrar. Miro mi vida y no encuentro coincidencias; encuentro pérdidas, sacrificios y personas dejando pedazos de sí mismas en el camino. Y, de alguna forma, siempre termino llegando al mismo lugar: a mí.
Hay noches en las que la culpa pesa tanto que respirar parece un acto de egoísmo, porque sigo aquí mientras otros cargaron con consecuencias que nunca debieron ser suyas y pagaron cuentas que yo jamás podré devolver. Entonces me pregunto si nací para ser deuda, si quererme siempre tuvo un costo oculto, si cada abrazo vino acompañado de una renuncia y si cada persona que decidió quedarse conmigo terminó perdiendo algo por el camino.
A veces quisiera creer que no es verdad, pero la culpa tiene una voz insistente. Una voz que me señala las ausencias, las heridas y las cosas que nunca volvieron a ser iguales. Y cuando todo queda en silencio, cuando ya no hay distracciones ni excusas, solo queda una pregunta. Una pregunta que vuelve una y otra vez, como una herida que se niega a cerrar:
¿Y si el precio de tenerme en sus vidas fue demasiado alto?










