El miedo a perder
El desparramado en el sillón del living, buscando qué ver en Netflix.
La bĂşsqueda lo obsesiona, no quiere dejarse influenciar por la gráfica de las pelĂculas. Mira por la ventana como si el estado del clima le indicara que tipo de pelĂcula deberĂa ver. Hay una de un soldado que a pesar de las mutilaciones que sufre en combate, se carga ciento cincuenta japoneses. Hay otra de un tipo que inventa una pastilla que lo teletransporta a un momento aleatorio del Siglo XVI como una ramake de “El tĂşnel del tiempo”.  Piensa que las de Ben Stiller y Adam Sandler son todas iguales.
Pero de pronto recuerda que varios amigos le recomendaron que empiece a mirar una serie que está buenĂsima; hasta que, despuĂ©s de varios minutos de vacilaciones, se decide por el primer capĂtulo de la primer temporada de “House of card”.  Se dispone a disfrutar de ese momento de intimidad que se llama “ahora estoy conmigo mismo un par de horitas despuĂ©s de la terrible semana que tuve”, hasta que escucha una voz dulce y aflautada que pregunta:
- ¿No sabés dónde dejé el cargador?
- No. No lo vi.
- ¿No lo dejé en la pieza?
- No lo vi.
- Por ahĂ quedĂł en el auto.
- Puede ser.
- ¿Vos no te acordás si yo lo saqué de la cartera?
- No me acuerdo.
- Pero estoy dele buscarlo y no lo veo por ningĂşn lado.
- ¿Te fijaste en el baño?
- ¡Pero como lo voy a dejar en el baño que se llena todo de vapor!
- Bueno, no sé, búscalo. Yo estoy viendo una serie.
- SĂ, pero me va a llamar mi hermana y no tengo baterĂa.
- ÂżY a mĂ que me decĂs? Que te pensás que soy adivino, que tengo la bola de cristal.
- Bueno, pero podrĂas ser más solidario y en lugar de hacerte el irĂłnico ayudarme a buscarlo.
- ÂżQuĂ© irĂłnico? ÂżNo ves que estoy a punto de ver una serie tranquilo y vos me venĂs con lo del cargador? QuĂ© mierda me importa tu cargador. Buscalo.
- No ves que con vos no se puede hablar. Yo tengo un problema y a vos no te importa. Siempre el mismo egoĂsta que se corta solo.
- ÂżPor quĂ© no venĂs vos y me ayudás a ver la serie? Por ahĂ hay cosas que no entiendo de la trama y…
- ¡Ah bueno! Me estás boludeando. ¡Cómo te gusta rascarte! Me ves que estoy desesperada buscando el cargador y encima me gastás.
- Pero escuchame Marcelita.
- No me digas Marcelita.
- ¿Y COMO MIERDA QUERÉS QUE TE DIGA?
- Marcela.
- Bueno Mar ce la, yo no tengo nada que ver con tus olvidos. Me tenĂ©s harto. Un dĂa son las llaves, otro dĂa los anteojos. Estoy podrido. No puedo hacerme cargo de tus despistes, tenĂ©s que concentrarte más.
- O sea que ya no me querĂ©s más. Estás buscando cualquier excusa para irte a la mierda. Bueno, ok. Pero decĂmelo de frente, no des más vueltas. Si querĂ©s que esto se corte me lo decĂs ya mismo. Yo no voy a andar arrastrándome como tu ex que no te deja tranquilo. Si es tu deseo esto se acaba acá nomás.
- SĂłlo quiero ver un poco de televisiĂłn, no hagas de una boludez un drama. Sos especialista en encontrarle problemas a las soluciones. Ponete a buscar tranquila y dejame en paz. Ya va a aparecer.
- Siempre te la pasás subestimándome, pensás que todo lo que me pasa es una estupidez. Pero está bien, dejo al Rey LeĂłn tranquilo con “su” pelĂcula y “su” momento para Ă©l. Y a mĂ que me parta un rayo.
- Después hablamos, Marcela, después hablamos.
Transitar un vĂnculo a travĂ©s del miedo no es buen remedio para los que se sienten solos. Ella espera el final en cualquier momento, entiende que cualquier conflicto, por mĂnimo que sea, provocará el desenlace. Él está tranquilo, la quiere y no se pregunta demasiado. Vive el dĂa a dĂa como quien se compra un auto usado pero lo quiere como si fuera un cero kilĂłmetro. Nada en su vida descolla, ni es tan terrible. Vive en la tibieza de la vida cotidiana y no se queja. DecretĂł que la felicidad es más o menos eso.
Ella todavĂa no termina de cicatrizar cosas de su pasado y tiene la sensaciĂłn de que todo puede perderse de un momento a otro… tan simple como un cargador en la cartera.










