A Manuel (Raúl)
Respiro de mi espíritu,
labrador infatigable de mis días,
conocedor de todo,
acusado de dulzura.
Nacido en el campo,
bautizado por los árboles,
descalzo,
junto el toxo verde.
Viajero del rocío mañanero,
soñador como nadie,
inventaba las estrellas,
devoraba el horizonte.
Despertaba con su voz la primavera
sobre el río.
Con las manos en el cielo
soñaba a su mujer.
Le crecía en la piel
el universo, maduraban frutas en su voz
y nacían palomas blancas
de sus pies.
Fundador de mi inocencia
Padre mío,
poema mío,
inmortal.
Crecido entre las nubes,
educado con el río;
compañero de los lirios.
De sus manos nacía la nieve
Conquistador del mundo,
incansable,
amante de la playa y del horizonte,
de los prados y la tierra sin fronteras.
Sobre todo
hijo del primer amor de Dios.
Huracán
ferviente pensamiento eterno.
Fuego ingenuo,
vencedor de la muerte,
salvador de la vida.
Voz del cielo.
Plaza de agua:
Manantial,
sonrisa del tiempo atardecido,
hiniesta del silencio.
Corona de flores.
En cada garúa
tu frente era
el cántico favorito del tiempo.
Tiempo!
Andanza sin descanso
sin quejidos
y sin llantos.
Remolino de Antas,
corazón de jinete,
gigante de luz
viña de la dicha.
Dormías de pie
en los naranjos
desperdiciando el mar
y sin cansarte nunca.
Recogías los días de verano,
sembrabas arcángeles blancos
en los ojos ciegos de la gente,
despedías al sol con tu sonrisa.
Pausa del viento,
perdón de un solo grito !
Prolongas definitivamente tu paz,
tus rizos blancos como el humo en la lejanía.
Tus manos nos guiaban
a la casa impenetrable del ensueño,
y eras andador ilusionado
de las playas.
Gota a gota tu verdad crecía,
caminaba a saltos tu verdad eterna,
como lo es ahora !
como lo será siempre !
Padre
incendio imprescindible,
deseado y gritado por las rías de Galicia,
llegado desde el sol hasta nosotros.
Perpetuado entre nosotros
por orden de Dios
como el trigo silvestre
en las colinas.
Coronado para siempre por mis versos,
limpio para siempre
como una bahía
como un recodo de cielo.
Día de fiesta,
casa de plumas,
gorrión de los pinos
morador inefable del ocaso.
De las huertas,
de las fuentes,
del rosado silencio de las tardes
de las hojas primeras.
Limonero de niños,
coral de junco !
Reflejo de la noche
en la mañana florida.
Oración de los huérfanos,
solsticio incomparable,
devoto de los prados
y del pan de maíz.
Calle de domingo,
romance de la luna,
Padre,
pastor de rebaños infinitos.
Recogías caracolas saladas.
En el mar de invierno,
cantando salimos
en la espuma marfil de las mareas.
Tus palabras eran música eterna,
luz de todo,
verdad de todo,
la constancia en lo oportuno !
A ti
estos versos nacidos de mí,
como nací de ti,
de tu amor a las perlas marinas.
A ti
como a nadie
lo innegable de mí
que soy porfiado en escribir y no escarmiento !
A ti
los días que resto
como pétalos ingenuos
a la muerte.
A ti
los geranios de las ventanas y mi alma,
los vientos de oriente
y mis ganas de quererte.
A ti
la incomparable ofrenda del mar,
de la arena, de los ríos,
y los bosques
A ti
Padre
-como una gacela joven-
lo poco que me queda de inocente.
— Francisco García Silva / La Santa Miel