La última luz
A veces la noche parece extenderse solo para algunos. Hay quienes pueden seguirla sin mirar el reloj, mientras otras almas aprenden a habitar el eco de lo que queda.
El viento se lleva risas ajenas, y en la quietud, el tiempo se vuelve más lento, más profundo. Hay un ritmo que no siempre se comparte: unos bailan con la madrugada, otros sostienen el silencio.
No hay reproche, solo esa distancia suave que existe entre lo que se desea y lo que se permite. Y en medio, una calma que no siempre conforta, pero que enseña a respirar sin hacer ruido.
Y al final, sin saber muy bien cuándo, cedo una vez más complaciendo lo ajeno, dejando que el mundo siga su curso, mientras yo me quedo quieta, bajo el tenue reflejo que atraviesa las ventanas, con la sensación tibia y triste de ser siempre quien apaga la última luz.
Anabantha Turunen














