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Última parada / 24 FEB
      La ventana del coche descendió un par de centÃmetros y el rostro de un entusiasmado Andrei asomó para recibir de lleno la gélida brisa que se respiraba en el bosque a pesar de las protestas de la asistente social quien, en un tono bastante infantil, le pedÃa al joven que cerrara la ventana.     Los hoyuelos de Andrei se pronunciaron sin querer pues encontró hilarante la reacción de aquella mujer que, ya desde un principio, le pareció distinta a cualquier otra de su campo de trabajo con la que hubiera cruzado palabras anteriormente. Pidió disculpas en chino, olvidando por unos momentos que ella probablemente no le entenderÃa y cerró la ventana, volviendo la vista a los papeles de traslado que descansaban a su lado.     El chico, oriundo de China, se habÃa pasado toda su vida en orfanatos y centros de acogida. No conocÃa otro estilo de vida más que el amor y los cuidados que nunca le faltaron ni a él ni al resto de niños con los que se crió. ¿Era duro cambiar constantemente de lugar de residencia? Por supuesto que sÃ; pero la naturaleza optimista del joven hacÃa que fuese algo imposible deprimirse y lamentarse por todas las amistades que dejaba atrás (muy para sus adentros, consideraba a todos los niños como sus hermanos). Lo único bueno quizás, serÃa que el orfanato Saint Lily serÃa su último destino que lo acogerÃa hasta llegar a la mayorÃa de edad, momento en el que ya podrÃa arreglárselas por sà mismo y seguir con su viaje por la vida en solitario.   — ¿Tienes todos los papeles? No vayas a perderlos. Ya están avisados de que llegabas hoy. ¿Cómo te sientes? ¿Nervioso?     El vehÃculo se detuvo al final de la rudimentaria carretera que cruzaba el bosque y el joven no vio más que un pequeño ascenso que tendrÃa que hacer a pie para poder alcanzar la entrada del emplazamiento. Tardó un poco en responder porque el coreano aún no era un idioma al que estaba tan acostumbrado. TenÃa un nivel decente si se trataba de leer o escribir, pero el problema venÃa cuando de hablar se trataba. Su acento extranjero quedaba al descubierto y le salÃa muy artificial. ¡Hasta cometÃa errores de pronunciación! Pero sabÃa que eso era algo normal y que con la práctica pulirÃa su pronunciación y acostumbrarÃa a su oÃdo a la fonética.      — Solo tengo hambre... ¿me dejarán prepararme algo? Me queda algo de ramen y no quiero desperdiciarlo... —Murmuró al salir del auto y colgarse la mochila en sus hombros antes de sacar una única maleta de los asiento traseros. El dÃa estaba algo nublado, lo que hacÃa que el frÃo fuera más palpable, pero esto no parecÃa tener efecto en él, ni siquiera por que tenÃa el cuello al descubierto, solo protegido por unos audÃfonos que reproducÃan algo de pop japonés. —Gracias por traerme. Vaya con cuidado, por favor. Andrei se despidió con la reverencia propia de aquellos paÃses asiáticos, de ninguna manera se esperó el abrazo sorpresivo en el que se vio envuelto instantes después. Tan solo pudo dar un par de palmadas en uno de los brazos de la asistenta social, aunque tuvo que reconocer que aquel gesto lo conmovió un poco. La despidió con una sonrisa gentil y no se movió de su sitio hasta verla perderse por la carretera con el auto.     Suspiró y vio como el vaho que salÃa de entre sus labios ascendÃa hasta perderse en el ambiente. Asió con la izquierda el tirador de su equipaje y lo levantó para ascender el breve trecho de escaleras. Solo tenÃa pensamientos de comida en su cabeza, algo normal si se tenÃa en cuenta que llevaba poco más de veinticuatro horas sin probar bocado. ¿Por qué? Por su mala memoria.