Conocí a Alberto gracias a Facebook. He conocido muchísima gente a través de la computadora. Es sorprendente. También me sorprende la cantidad de hombres que intentan acercarse a mí. Me divierte ver sus tácticas y estrategias. Sus palabras, sus discursos. A final de cuentas me aburren. He salido con algunos de ellos, pero con ninguno he pasado de un café o un cine. Eso cambió hace algunos meses, cuando apareció Alberto. Me contactó a través de un grupo en donde se conversa sobre animales. Me encantan los animales. Los humanos no tanto. Hay uno en especial que me sedujo hace unos cinco años. Se llama Carlos. Somos amantes. Yo soy divorciada y él casado. Vivimos una aventura que se ha vuelto amistad profunda. Con él mi sensualidad estalló y descubrí que aun a los cincuenta y ocho años puedo levantar astas, producir sudores y ordeñar bestias. Alberto tiene sesenta y cinco años y se conserva muy bien. Es un hombre robusto, viudo, sumamente varonil. Chateamos infinidad de veces hasta que me invitó un café para conocernos en persona. Él sabe que tengo un amante delicioso, aun así insistió. Después de ese primer encuentro, vinieron cines, teatros, más café. Me encanta el café. Transcurrieron casi cinco meses. Debo reconocer que para ese momento me gustaba mucho. Es un hombre inteligente y culto. Juega muy bien el papel de seductor, sin apurarse. Un roce de piernas. Un comentario justo. Un beso muy cerca de mis labios. Carlos sabía de los progresos de Alberto y eso le fascinaba. Lo hablábamos desde una sinceridad que aun me subyuga. Me empujaba para que tomara la iniciativa pero debo reconocer que tenía miedo. Era la posibilidad de una relación perdurable con un hombre que estaba por encima de la media, tanto en cultura como en madurez. Me preocupaba el cómo quedaría mi relación con Carlos. Con él es tan delicioso, tan infinitamente sensual. No quería perderlo. Una mañana Alberto me invitó a cenar a su casa, la apuesta había subido. Dije que sí. Esa tarde sentí mi cuerpo palpitar en otro ritmo, ese que sincroniza las caderas y las embestidas. Vive en un apartamento sobrio pero muy bien decorado. Me dice que cocinó todo el menú y eso me fascinó. Amo los olores que se producen al cocinar. Al llegar a su casa la alquimia ya se había consumado, en la sala se podían respirar aún los aromas de platos suculentos y en su rostro se dibujaba el deseo de probar los manjares que yo finamente ocultaba, bajo un vestido de tela muy suave que llegaba hasta mis tobillos. Una blusa escotada dejaba ver mi pecho lleno de pecas y parte de mis senos que sé que le fascinan. Me lo había confesado en un chat por celular una noche donde intercambiamos conceptos eróticos y algunas fotos sensuales de Internet. Tomamos vino, cenamos, luego el café y mirándome fijamente a los ojos me invitó a bailar. Un bolero delicioso de Armando Manzaneo cubrió toda la estancia. Me acerqué a su cintura y pude sentir su pene empujando , queriendo salir. Con mucho cuidado abrazó mi cintura con sus dos brazos, acercó su rostro hasta la distancia mínima y entonces me acordé de Carlos: lo besé. Me dejé llevar. Su lengua reconoció mis labios explorando despacito, luego entró en mi boca sin apurarse. Yo tomé su cara con mis manos, acaricié su cabello gris. Mi cadera empezó a juguetear con su sexo que duro palpitaba dentro de su pantalón. El baile dejó de ser acompasado con la música y se transformó en ondulaciones corporales. Sus manos empezaron a subir mi vestido hasta que pudo apretar mis nalgas con fuerza. Su lengua lamía mi cuello, jadeando me encendía aún más. Bajé mi manos y busqué su pecho. Unos vellos formaban una alfombra divina que mis manos recorrieron. Apreté un poco sus tetillas y escuché un gemido de placer que elevó mi deseo de chupar. Como pudimos llegamos al sofá y se dejó caer. Yo aun de pie, me despojé del vestido y quedé con la ropa interior que había escogido para esa velada. Un sostén negro con encajes acompañado de una tanga roja bermellón. Con su ayuda le quite el pantalón. Me senté a su lado y empecé una felación. Me encantó que tuviera una erección absolutamente competente. Un pene grueso con una cabeza fantástica. Lo metí en mi boca, demostré mis cualidades. Me miraba extasiado mientras sus manos acariciaban mi espalda. Subí despacio hasta su pecho, de allí a su boca. Él cambió los planes, buscó mis pechos, mis pezones. Los besaba, lamía mientras en mi cabeza se formaban imágenes con Carlos. Cada vez que lo hacíamos salían a relucir nuestras fantasías. Siempre había un tercer invitado. A veces una mujer, a veces un nombre. Alberto esa noche fue simplemente esplendido. Me quitó la tanga para darse un banquete con mi sexo inundado. Me cogía con su lengua. Después se montó encima para entrar en mi cuerpo hambriento. Sentí su pene adentro. Me llevó al borde del orgasmo cuando me pidió que le metiera el dedo en el culo. A Carlos también le encanta. Así lo hice. Lo escuché gemir como un adolescente, se arqueó y acabó dentro de mi vulva hirviente. Su semen tibio hizo que mi cueva mojada cediera de placer. Un orgasmo largo y delicioso me invadió toda. Grité de placer para dar paso a el silencio. Con una sonrisa dibujada en mi rostro, agradecí. Gracias a Dios lubriqué perfecto.