A partir de los escritos de la bitácora, fueron extraídos 18 pasajes. En tarjetas de papel, fueron inscritos a mano los extractos.
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«Empecé a leer unas tarjetas que escribí mientras camino al trabajo y cuando camino a casa. Las guardo en el bolsillo de mi chaqueta, son 19 tarjetas blancas amarradas con un sujetador de esos negros. Por la mañana, las leo mientras camino, y me resultan sumamente necesarias para anclarme a algo.
Cuando las leo mi cabeza pareciera aligerarse, la imaginación hace lo que quiere sobre las bellas imágenes que escribí en el dorso de cada tarjeta. Lo increíble quizás es que cada vez que las leo atesoro el sabor de cada una de las 17 cartas (e incluso las 2 tarjetas blancas que van al comienzo y al final, contando 19 tarjetitas de 9 por 5 centímetros en total) realmente me abrazan y me llenan de esperanza, cada tarjeta me otorga una dimensión nueva de mí y me contiene.
Hoy mientras leía las tarjetas, (recitando cada oración hacia mi interior) se iluminó el cielo nublado y sentí la brisa en mi cara y me sentí agradecida del sol de la mañana. Esas tarjetas me afirman y tienen sentido, hoy gracias a la lectura matutina de mi proverbio llegué a dos ideas/conclusiones del ejercicio:
La memoria se aloja en ciudades perdidas y cada memoria guarda un hogar. Pequeños paisajes del pasado en mi interior, un halo del pasado que baña las calles dándole un matiz onírico al caminar.
Aspiro a la excelencia. Y quiero hacer todo lo que esté en mí lugar por vivir haciendo arte, o alternativamente, no quiero ser»
Este conjunto de pasajes y fragmentos de la bitácora vivirían en mí, al interior del bolsillo de una chaqueta a lo largo los próximos meses. Durante el trayecto habitual en ese entonces desde el hogar hacia el lugar trabajo, recitaría para mí misma cada tarjeta como una oración personal.
Durante la época de Una Imagen Moribunda esperé encontrar consuelo en los rituales y la rutina. Y, si bien, parecía suficiente, las palabras de cada verso contenido parecían desbordarse más allá de los márgenes del trayecto caminado.
Tras un par de semanas luego de haber instaurado la práctica de recitar mis propios versículos durante el desplazamiento de un sitio a otro, introduje la tiza al ejercicio de la oración, anhelando dejar un rastro del fantasma de los días que se acumulaban en cada reiteración.
Ciertas frases reverberaban más fuertemente en algunos de los rincones del recorrido, y era en esos lugares en donde decidía grabar el eco de la oración con intenciones de revisitar el sitio y comprobar si los agentes externos producían algún efecto en mi huella.
El tránsito, las lluvias, la fragilidad del polvillo blanco residual.
En el fondo anhelaba presenciar en tiempo real la inminente desaparición de la estela de mi tránsito por la ciudad:
Reflexiones, procesos y conclusiones: Una Imagen Moribunda [2021]
En el contexto de la emergencia sanitaria vivida producto de la pandemia, en un intento por encontrarle sentido a la nueva y extraña cotidianidad del aislamiento social, procuré mantener vigentes los viejos hábitos de la vida pasada que me alentaban a mantener la cordura en tiempos de incertidumbre.
Es por esto que de la misma manera que lo había hecho durante la última década, me armé de una bitácora para registrar mis pensamientos. Especialmente aquellas reflexiones relacionadas a las diferencias perceptibles o imperceptibles de las nuevas rutinas del día a día con respecto a las experiencias que antes consideraba normales, pero que en ese momento parecían inalcanzables.
A partir de la escritura emergió el intransigente deseo por recordar las costumbres familiares perdidas, el hogar del pasado y las relaciones que han sido mitigadas por el paso del tiempo.
Con la certeza de aquello que parecía real – como lo son los recuerdos de la infancia y la calidez del abrazo materno – fue imposible no reconocer la importancia del deseo de recordar. La ausencia de la cercanía abismal:
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¿Habrá una forma para recordar?
La verdad, justo ahora, habiéndome cruzado con la animita de una persona que conocí, siento que sí; efectivamente parece haber una suerte de “fórmula” para recordar. O para que habite la memoria con relación a los monumentos son para la historia. ¿qué queda para la gente más una suerte de fantasma de su existencia?
Yo te conocí, vagamente, pero te conocí. Eres un niño en mí memoria, yo te conocí lobato. La muerte es una herida profunda y abierta y transformadora. Una herida con la que tenemos que aprender a vivir. Parece muy extraño, ya que los espacios de mi infancia y adolescencia son lugares enterrados en un espacio del pasado. No son lugares a los que concurro despierta hoy en día, sino solamente reservados a visitar en sueños.
Y qué sutilmente hermoso que es recordar, tiene cierto carácter sublime reunirse con el pasado e ir a su encuentro.
Los lugares de estudio de la infancia y adolescencia, las ciudades que habitamos en algún momento y ya no (y quizás incluso las ciudades que habitamos en un pasado).
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Son lo mismo que la casa de la infancia, de la abuela, de los amigos que ya no están, las animitas, los mausoleos (pero particularmente las animitas en el deseo de ser monumentos y en sus materiales degradables y sometidos al tiempo).
Una madre y su hijo a la distancia. El niño corre, la madre camina. Los veo en el horizonte del parque y me veo a mí en la playa corriendo al mar. Mi mamá sentada en su toalla, un castillo de arena en la periferia del recuerdo. Lecciones y fábulas que ahora contienen tanto más al ser revisitadas.
Vivir en una casa sin memoria es similar a vivir en un mausoleo, un lugar frío, de uso exclusivo para la difunta familia, a penas con un par de pertenencias y los huesos putrefactos de su carne.
El cementerio es un lindo lugar, familiar. Esta rebosante de fantasmas y recuerdos y ensoñaciones. Es el único lugar donde descansará nuestro cuerpo.
Pero el espíritu… El espíritu permanecerá en los lugares que más visitamos en vida. Es extraño, porque aquí en mi encuentro con una adolescencia caótica y profundamente dolorosa, me encuentro con la tumba de un muerto (al menos la tumba de su alma) al que yo conocí, quién a mí me alcanzó a rasguñar su desesperación. Aquí se encuentra mi memoria conmigo, me veo de reojo a unos metros, sentada en el pasto de la misma forma que ahora, con 13 años rayándome los brazos y fumando cigarros. Cotidiana la vida y su tedio y deseando tanto más.
Lo único que no se ha ido de mi memoria es la sensación de vacío y pena, pero me reconforta haberme encontrado conmigo aquí.
Ha pasado una década. No me imagino cómo será luego de dos o tres. Ahora hay más logros y menos gente conocida. Quizás si me siento aquí por mucho tiempo eventualmente me encontraré con alguien. Cuando uno es pequeño uno no conoce a nadie. Ahora mi mundo es enorme en comparación con antes, y próximamente será más y más grande.
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Increíble es que el universo haga lo mismo, siempre en expansión, como mi consciencia. Pero el tiempo aún no lo comprendo.
La fórmula para recordar es como una animita, una placa con una inscripción.
Quiero visitar todos los lugares que alguna vez fueron míos.
Aquí me siento integrada. Contenida. Completa.
Lo increíble es que la Alexia me empezó a seguir en Instagram. Aún existe su casa, aún existen sus gatos, su risa: ella aún existe. Qué valioso. Es algo que jamás consideré importante, jamás me lo había planteado.
Nunca he considerado importante reparar viejos malos entendidos, arreglar relaciones; porque las que vinieron después no tuvieron el mismo impacto que otras que ya había dado por muertas. Me emociono de sólo pensar que es posible, reunirme con el pasado que tanto aparece en mis sueños.
Nunca pensé que valía la pena pedir perdón, parece un acto netamente egoísta. Soy egoísta. No le doy la atención que quiere o que necesitan a las personas que me rodean. Por no querer transmitir la idea de que las veo.
No me gusta ser así. Puedo dejar de ser así.
He sido una persona terrible. Y sólo yo sé que ha sido así. Me he convencido de que yo estuve bien, cuando en realidad yo era la pesadilla de los padres y madres que aman a sus hijos e hijas.
La obra toma prestados escenarios vacíos: fotografías de habitaciones inundadas con la luz del sol proveniente del exterior, escaleras y pasillos de espacios cotidianos que residen en la retina del recuerdo.
"Es por esto que [...] me dediqué exclusivamente a fabricar nuevos modelos, maquetas de lugares que recordaba vagamente, edificaciones que habría visitado en sueños de la infancia, réplicas parciales de los detalles que más me gustaban de sitios que recorría habitualmente. El propósito era únicamente seguir elaborando pequeños fragmentos de lugares desolados –espacios que perfectamente podrían pasar por ruinas— con la intención de lograr construir un pequeño relato a través de estas maquetas y así, lograr recorrer con la vista la metrópolis de mis sueños" (O. Ober 2024)
Con un interés por representar un espacio atemporal se utilizó luz focalizada para proyectar las sombras de los fragmentos arquitectónicos sobre sí mismos y sobre las estructuras en las que éstos se emplazaron.
Considerando la capacidad de reflexión de la luz sobre determinados materiales, se consideró la inclusión de superficies tales como el vidrio o el acrílico.
O. Ober, M. (2024). Desde Adentro Hacia Afuera: un Ensayo sobre las Imágenes Interiores y la Escultura. Chile: Universidad de Chile.