Todos tenemos un monstruo.
Y no. No vive en el interior, no.
Le gusta ocultarse a la par de la sombra para que no notes que camina a tu lado y es capaz de transformar su forma a voluntad. Justo ahora está pegando sus fríos labios a la cálida oreja de la rubia, susurra desconfianza, el mejor de sus embustes.
Las palabras de Alec provocan una suave sonrisa, su espíritu descansa un poco al escucharlo y saber que una idea completamente erronea había acribillado su mente hace unos segundos. Ella escucha hasta que los labios del chico se sellan formando una ligera curva
“Le temo a muchas cosas Alec” trata de explicar “Temo dejar de ser útil y perder mi empleo si unas manos mejores se presentan. Los problemas escolares me crean un frío hueco en el estómago. Pero, no es el tipo de miedo que me eriza la piel.”
Sin pensarlo nota la tensión en su rostro, son sus cejas que están a punto de tocarse dejando en claro la confusión que la azota. “Todos tenemos problemas” al decirlo extiende su mano para alcanzar su brazo. Un leve apretón y una más de sus sonrisas le hacen compañía al inofensivo gesto “Pero no he escuchado de nadie que con el sólo hecho de hacerlos obvios pueda solucionarlos. Aunque, eso no indica que no sea válido que los hagas presentes. Mejor adentro que afuera” por su timbre de voz se nota que trata de aligerar las cosas, está hambrienta por ayudarle a quitar un peso de encima “¿Qué es? Eso a le temes…”
Algunas cosas suenan tan sencillas, eso él lo sabe y lo ha vivido en incontables ocasiones, pero ninguna que dejase un sabor agradable al paladar tatuándose en vida y que jamás se canse de recodar cuan débiles o insensatos se puede ser.
La mirada se tuerce de modo ceremonial, viendo desde su silencio el semblante de la muchacha que ha sabido calarle hondo y despojado de sus tantas barreras. Parte de él era consiente que justamente allí, en esa menuda figura y el rostro tallado por manos de ángeles, ha de encontrar su perdición. Quizá he venido temiendo en senderos inequívocos, ha pensado en más de una oportunidad, pero aún así aquello fuese real, tiene la certeza que cambiar de ello es simplemente imposible. Así que allí se queda, con una media sonrisa entre labios, descendiendo la mirada hasta la mano que yace sobre él y que en tantas oportunidades le ha situado en ese mundo aparte.
Insiste en tragar un par de veces, y sin atreverse a gesticular palabras todavía, es que da permiso a su índice para que recorra el dorso de la suave extremidad femenina con una calma única. Hay demasiados pensamientos que calmar, pero insistir en algo que será una pérdida de tiempo, no es lo suyo.
“Yo contrataría de tus manos si eso llegase a pasar.” Su tono sabe a broma, y por cómo le mira, no hay duda que en eso se ha enfocado. “Sin embargo, dudo que eso tenga oportunidad. Así que en tu lugar, no me haría ilusiones ni cedería sitio a temores.”
Pícaro le guiña un ojo, inhalando una bocanada de aire cuando ahora sus dedos roban lugar y se unen a los ajenos. ¿Cómo era posible que un acto que ata otorgue libertad?
“Hay algunas historias que sé y debo contarte, pero quiero hacerlo cuando encuentre la mejor vía y no por compromiso.” Le aseguro, habiendo regresado sus ojos a los suyos. “Jamás me ha gustado soltar palabras al aire, no cuando sé que tendrán relevancia y una vez salgan a la luz, no se podrá volver atrás. Eres importante para mí, Leila. Más de lo que imaginas, y hay instantes, como ahora, donde sólo me abrumo queriendo ser lo suficientemente bueno para esto.”